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0.-Paseando por "La Latina"

1.-El jinete justiciero

2.-De tropezón en tropezón. Parte I

3.-De tropezón en tropezón.-Parte II (final)

4.-Un tropezón teatral

5.-Un tropezón amoroso, o los amores de Quintín

6.-Un tropezón de escándalo

7.-Un tropezón en la gloria

8.-Cuerpos de segunda mano

 

0.-PASEANDO POR "LA LATINA".

Paseando por la Latina,  vimos en uno de los comercios, de las tiendas, tan singulares que por las calles de esta zona de Madrid todavía sobreviven, un cartel en el escaparate  con letras bien grandes y escrito a mano, que dice:   “SE NECESITAN CLIENTES, NO  ES NECESARIO EXPERIENCIA”.

Agradecimos la sonrisa  que provoca el ingenio y el humor con que capea el dueño de esta tienda de la Calle Duque de Alba la “crisis”, rememorando carteles donde se necesitaban no clientes, sino dependientes.

Al  día siguiente,  me ví  escribiendo, un cartel  para colgar en "esta tienda" que Angel regenta  con tanto cariño  para todos nosotros.   “ SE NECESITAN VOLUNTARIOS NO ES NECESARIO EXPERIENCIA”.

Fue al llegar a casa, después de dejar a mi madre  en la Residencia donde  vive  desde  hace diez años,  con las consecuencias anunciadas y previsibles del Alzheimer, y  también gracias a Dios, porque esto no era previsible, con la placidez, y  la sonrisa de paz y tranquilidad que transmite  a todo su entorno.

Siempre que nos despedimos hasta mañana,  después de haber cantado a plena potencia de voz el himno a Burgos, que memoriza igual ó mejor que yo, mi madre me da un montón de besos sonoros y “succionantes”, a los que yo correspondo con otro montón, no menos  sonoros y  succcionantes;  y en  medio de estos cariños,   reparo en  la mirada  de su  amiga , y compañera de manualidades, Pepita, que  sin Alzheimer, ni mas enfermedades, sólo con sus  91 años, nos miraba con carita de envidia  por el manjar de los besos.

Rauda y veloz, a la vez que repartía mas besos sonoros  entre mis dos “bebes”,  le pregunto a Pepita: " ¿no tiene Vd hijos?", "no hija, yo soy solterona", y con una carita triste, y los ojillos menguados  no sólo por los años sino también por la evidencia de la falta de toda esperanza, me dice : “Y además nunca lo he probado”,    

"Pepita, de eso me encargo yo , y mañana mismo organizo una juerga  con usted y  mi madre y solucionamos esto".

Pepita, no tiene Alzheimer,  sabe discernir las mentiras piadosas,  y las pequeñas bromas, pero  esto no evita que sus ojillos se aviven, se alegren ,y  se agranden , cuando me  dice: "vale hija, a ver si es verdad".

Antes de irme  comparto con Esther, la encargada de la Residencia,  la escena,  y la emoción y  ternura  vivida., y nos encontramos haciendo un  revival, de los tiempos en que las solteras eran solteronas, y …….¡qué os voy a contar burgaleses, y burgalesas  de los Maristas, de Saldaña, del Teresiano…….   

Esto ocurrió un  martes  del mes pasado. El  jueves siguiente, al entrar en la Residencia me aborda Esther,  como os he dicho la encargada de la Residencia,  y por tanto acostumbrada a que el  paso a la otra vida sea “algo natural”, en  su trabajo, y con la misma emoción y ternura con que nos despedimos el martes, me informa de que el miércoles,  (día intermedio),   Pepita se sintió mal al ir a levantarla, le dio un infarto, y en menos de media hora ya estaba en el otro mundo.

Pues como me emocionó y me inspiró mucha ternura, así os lo cuento.

Hasta la fiesta de mayo

Loli.Lázaro

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1.-El JINETE JUSTICIERO

La siguiente historia, absolutamente real, tuvo lugar a mediados de los años sesenta del pasado siglo,  en una provinciana ciudad de Castilla. Se inicia una Noche Vieja, poco antes de las doce campanadas y finaliza  el día de Año Nuevo, pasado el mediodía. Su conocimiento llegó hasta mí en forma de carta remitida por uno de los dos protagonistas principales de los hechos, ambos grandes amigos míos, y estoy seguro que, de no haberme impedido mis deberes militares para con la Patria estar presente, yo hubiese sido el tercero.  La transcripción, con los nombres de las personas y los sitios cambiados por resultar irrelevantes, va a ser prácticamente literal, tan sólo con algunos retoques a las expresiones demasiado salidas de tono o a algunas referencias solamente comprensibles para mí:

“Amigo Diego: sitúate unos cuantos días atrás y pásatelo en grande, lástima que no estuvieras, como puedes imaginarte te echamos de menos:

Hoy es nochevieja y cuando he salido de trabajar me encontraba verdaderamente extenuado. Cuando muere el año el Banco, en su ferviente deseo de vislumbrar en plenas facultades a sus paupérrimos esclavos, ofrece, generosamente, desorbitantes cantidades de trabajo a estos desventurados espíritus, que padecen la tiranía ejercida por las gentes deleznables, esas que, en la avaricia y el engaño, se recrean como el hombre en la mujer. Además, a la fatiga de tantas horas amarrado a la mesa de trabajo, se añadían los efectos, aun no superados, de la movida noche anterior. La suma de ambas circunstancias me inducían, lógicamente, a pensar que lo más sensato sería mitigar mi lamentable estado físico yéndome a la cama. Pero,.....era nochevieja. Además, nuestro amigo Narciso me esperaba. En realidad la noche anterior habíamos quedado en celebrarla juntos. De todas formas se lo planteé por teléfono:

-Me gustaría correrme una juerga contigo, pero estoy hecho polvo.

-Haz lo que quieras, me da igual, pero decídete pronto porque van a dar las once y hay que cenar. Me contestó el muy hipócrita. Por fin accedí claudicando, o al revés, no estoy muy seguro.

-Está bien. Nos vemos, pero verás que nochecita te espera.

Ni él, ni tampoco yo, a pesar de mi amenazador augurio, podíamos sospechar que, una vez consumados los hechos de la larga noche, se erigiría en el más fidedigno representante de la más cómica heroicidad, prácticamente en un ídolo.

Cenamos en “El Rimbo”-ya lo conoces-con champán, así nos evitábamos el cambiar de bebida para celebrar las campanadas de las doce. A continuación, dentro ya del nuevo año, empezamos con el coñac, dos, tres copas......Los cascos empezaban a estar calientes. Aparecieron Jaime y Vicente, ya sabes, dos chupatintas, dos borrachos,......dos filósofos. Continuamos con las copas: diez, doce, quince......, no sé, perdí la cuenta. Posteriormente, ya beodos, en un taxi nos dirigimos al “Casino Militar”, a bailar......, ¡a bailar la trompa!. Según Narciso, nuestra entrada fue majestuosa. Eramos-decía-los importantes, los mejores, los irresistibles. -¡Qué borracho está!- pensé. Transcurrieron los bailes, no te lo vas a creer, (yo casi tampoco), pero no me perdí ni uno, y sin dejar de beber. Por nuestros gaznates se iban derramando, incesantemente, toda clase de bebidas: whisky, más coñac, más champán, cerveza, cubalibres.......aquello era una auténtica sinfonía báquica, amigo Diego.

Bueno, también transcurrieron las horas y la Aurora empezaba a brindarnos su presencia, supongo que algo avergonzada por el espectáculo que ofrecíamos. La gente empezaba a abandonar el lugar del estiércol, en el que, con sus eventuales desmanes, tanto se habían asemejado a las bestias. Iban quedando los rezagados, los renuentes a abandonar su borrachera y regresar a la vulgaridad cotidiana, -¡Quedamos los grandes!- exclamó con alguna dificultad Narciso, mucho más borracho.

Uno de los rezagados, mejor dicho, uno de los grandes, añadía a su descomunal borrachera un enorme cabreo: Su abrigo había desaparecido, no lo encontraban, no estaba en la guardarropía. Él exhibía airado el resguardo, dando algún que otro  traspiés y clamando con voz cavernosa y vacilante: ¡Exijo que me devuelvan el abrigo!. ¡Yo quiero mi abrigo!-. Posiblemente, en la  alcohólica desbandada, algún devoto de Baco, y de lo ajeno, se había apropiado de la prenda.

Tanto Narciso como yo conocíamos de vista al perjudicado, (seguro que tú también), pero fue él, Narciso, quien tomó la iniciativa. Sumergido totalmente en su enorme borrachera, conmovido su justiciero espíritu, desatada su veta altruista, se erigió en defensor del perjudicado. Yo le observaba. Sus puños estaban rabiosamente cerrados, su mirada resplandecía, no por la fuerza de su ira, sino como la que se refleja en la jeta de un idiota, sus ojos achispados, más pequeños que de costumbre, bailaban sin rumbo. Eso sí,  sus labios se contraían en un rictus que ponía de manifiesto su desmedida aflicción. Por medio de gestos y de entrecortadas palabras, que cada vez salían de su boca con más dificultad, dio a entender al interfecto que allí estaba él para enmendar el entuerto. Iba a ser su paladín. El Jinete Justiciero en implacable lucha contra el Mal.

La causa estaba abierta y había que afrontarla de inmediato, in situ, o sea, en el lugar de los hechos. Los empleados del Casino, (todos soldados de reemplazo), que evidenciaban claramente que no eran abstemios, trataban de eludir el asunto declinando responsabilidades. La furia de Narciso aumentó; increíblemente sus pasos parecían firmes, pero cuando intentaba expresar su firmeza con palabras, estas se convertían en ininteligibles balbuceos; el despojado le seguía vacilante, gritando cada vez con menos fuerza: ¡Quiero mi abrigo, yo quiero mi abrigo!. Al fin, -hacía rato que lo estaba esperando- Narciso se volvió hacia mí y adiviné más que entendí, por la expresión de su congestionado rostro, la súplica que me lanzaba: ¡Quintín, tienes que ayudarme, no podemos consentir que se consume este hecho execrable!.

¡El Jinete Justiciero, incapacitado para expresar sus brillantes tesis, pero firme en su objetivo reparador, pedía ayuda!.

Ya conoces mi peculiar y temeraria facilidad para crear situaciones conflictivas, así que no desperdicié la ocasión, además, previsoramente, durante la actuación de Narciso había adquirido una botella de ginebra, a la que ya había tanteado, de modo que la fuente de inspiración la tenía asegurada. Me puse manos a la obra:

-¡Aquí no se mueve nadie hasta que aparezca el abrigo-. Grité con voz potente, pero serena y firme. Como puedes fácilmente imaginar-seguro que ya lo has hecho-yo también estaba completamente borracho, pero, -también lo sabes-, cuando esto ocurre, dentro de mí se dispara un extraño resorte que me hace caminar erguido y arrogante y hablar como un Demóstenes. 

-Esto se va a solucionar de inmediato-continué-requiero la presencia de la autoridad competente.

-Eso, eso, -aplaudió Narciso con entusiasmo-, que venga la autoridad,..... la autoridad. Yo tengo carnet militar y puedo hacer uso de él si las circunstancias lo requiriesen. (Como bien sabes hizo el servicio militar en las milicias universitarias y alcanzó el grado de sargento de complemento).

La comedia continuaba. Un numeroso grupo de rezagados beodos nos rodeaba expectante. Algunos exponían sus puntos de vista:

-¡Esto es un atropello!.

-¡Un abuso descarado!.

-¡Qué venga la Fuerza Pública!.

-¡Qué venga!.

-¡Un momento!-intervine para elevar un poco más la temperatura-Estamos en un recinto militar y por lo tanto este hecho delictivo está dentro de la jurisdicción militar. ¡Qué se presente el oficial de guardia!.

-Eso- ratificó Narciso enardecido, recuperando la iniciativa cual insigne corifeo-¡exijo que se presente el oficial de guardia!.

El color de los rostros de los “empleados-soldados” iba evolucionando rápidamente de un subido carmesí a un pálido ceniciento. La perspectiva de que apareciese un superior por el escenario del crimen no les resultaba muy halagüeña. Los dulces efluvios del vino empezaron a destilar gotas de amargo sudor. Nadie osó pronunciar palabra. Desconocían su paradero, argumentaron al fin.

-¡Yo sé donde está!-clamó uno del coro- ¡En el bar de la Bolera!.

Con Narciso al frente, la báquica comitiva se dirigió al mencionado bar. Al menos-pensé-podremos echar unos tragos. Esto empieza a ponerse pesado, la representación debe llegar a su término.

El militar requerido resultó ser un capitán de mediana edad y mediana estatura, con negro y poblado bigote y cara de pocos amigos. Estaba instalado en lo alto de un taburete, con el codo derecho apoyado sobre la barra; con el dedo pulgar y el índice de su mano izquierda hacia girar una copa de anís casi vacía; delante de sus narices se encontraba una botella bastante terciada de “Anís de las Cadenas”. ¡El  oficial de guardia había pescado una hermosa “merluza”!: La representación-pronostiqué-vuelve a cobrar interés. Va a merecer la pena presenciar el desenlace.

-¡Qué cojones es esto!-bramó, aulló, rebuznó el militar con voz aguardentosa que olía fuertemente a anís.

Narciso y su coral de borrachos se indignaron: -Venimos aquí en busca de justicia, este honrado ciudadano ha sido despojado de su prenda de abrigo impunemente en un recinto militar y exigimos una reparación. No nos iremos de aquí hasta que usted haga algo en ese sentido.- Era la voz de Narciso, medio inteligible, la que interpelaba a aquel militar ebrio y cabreado.- Se había puesto de puntillas para estar más cerca de su oponente, haciendo hincapié en sus argumentaciones con el dedo índice de su mano derecha en alto. ¡Aplausos!. ¡Jaleos!. ¡Bravo por Narciso!. El Jinete Justiciero dominaba la situación, la causa estaba ganada. Pero la reacción del capitán no fue la esperada:

-¡O se callan todos ustedes de una puta vez o llamo al cuerpo de guardia y los encierro a todos en el calabozo!. Bramó, aulló, rebuznó de nuevo el militar, dando un puñetazo sobre la barra que hizo tambalear la botella. Todos enmudecieron, algunos empezaron a recular; el propietario del abrigo perdido quedó inmóvil, con los ojos y la boca muy abiertos, aparentemente concentrado en un indeterminado punto del local. El Jinete Justiciero parecía desarmado, ¡pobre Narciso!, los brillantes  argumentos elaborados por su intelecto acababan de ser barridos por los de la fuerza bruta. Sus pies volvieron a posarse en el suelo, su dedo índice dejó de apuntar al cielo y su cabeza cayó abatida, como si aquél le hubiese abandonado. Estaba a punto de dar media vuelta y tirar la toalla. Yo lo impedí. Tenia que hacerlo, no cabía otra opción. Seguro que tú lo entiendes.

Durante la brillante exhortación de nuestro amigo Narciso me había perdido en el laberinto de mis pensamientos-¿qué hace aquí toda esta gente?-me preguntaba-¡Necios, somos todos unos necios!.

La actitud soberbia y agresiva de aquel militar ebrio me hizo regresar a aquella irreal situación. Volví  a colocarme en el centro de la comedia. Con mi característica sangre fría, mirándole fija y burlonamente a los ojos, me acerqué a él y le susurré:

-Me llamo Quintín de la Cámara y soy  cuñado del general Arconada, tal vez usted prefiera explicarse con él a atender las razones de estas buenas gentes, que vienen aquí a reclamar algo que fue sustraído en el Casino de Oficiales.

Acusó el impacto de mis palabras, su mano izquierda dejó de girar la copa y el codo se separó de la barra. Me miró, me sopesó-le seguí contemplando burlona y fijamente-apoyó su mentón sobre el puño-ya no me suelta la hostia-. Me volvió a mirar-ahora sí, ¡me acojoné!.- Pero no; debió reconsiderar la situación y esta vez ya no bramó, ni aulló ni rebuznó, tan sólo gritó dirigiéndose al grupo:

-Está bien, explíquense ustedes. ¿Qué es lo qué ha ocurrido?.

Volvieron las explicaciones, las conjeturas.....El dueño del abrigo exhibió su resguardo-Yo sólo quiero recuperar mi abrigo-afirmó. El ambiente estaba distendido, la comedia llegaba a su fin. Narciso rebosaba satisfacción, gracias a él se iba a hacer justicia.

-Les doy mi palabra de militar que si no aparece ese abrigo en dos días le será compensado en efectivo. Soy el capitán Galindo. Buenos días, señores.-Se volvió hacia mí y se despidió con un: Salude en mi nombre al general.

El Jinete Justiciero botaba de puro gozo. Su autoestima, mezclada con enormes cantidades de alcohol, le lanzaba a estados de euforia indescriptibles. ¡Era el más grande!, ¡era el mejor!.

Los apretones de manos, las felicitaciones, las enhorabuenas, le llovían. Se había convertido en un ídolo. El ídolo de un grupo de borrachos a quienes los efectos etílicos conferían el aspecto de vacilantes fantasmas, sorprendidos, ”in fragantis”, por la purificadora  luz del sol.

Porque, con todo este ajetreo, estábamos en pleno día y, más concretamente, en el día de “Año Nuevo”. Había que celebrarlo: Volver a vivir. Volver a beber........

Entramos en un bar, “El Mayoral”, creo: Todos están borrachos-pensé-pero parecen felices. Especialmente Narciso. Se sentía un héroe, un triunfador, contaba sin cesar el episodio del abrigo desaparecido. Aquello iba a hacer HISTORIA, así, con mayúsculas.

Volví a sentirme rodeado de extraños-¿Qué hacía yo allí, entre toda aquella gente?.

Repentinamente, como surgiendo de ocultos y etéreos mundos, a mi lado apareció un nuevo y misterioso personaje. Te confieso, amigo Diego, que me asustó. Percibí ese agudo cosquilleo que el miedo nos produce en la boca del estómago. Aquel personaje  empezó a llamarme poderosamente la atención: Era un hombre extremadamente delgado, de una altura muy similar a la mía, su rostro, duro y demacrado, estaba sombreado por una cerrada barba; sin duda hacia muchas horas que no se afeitaba. Iba enfundado en un grueso abrigo, bufanda al cuello y un sombrero de fieltro encasquetado en su cabeza, sus ojos reflejaban tristeza y hastío. Cuando pidió un coñac percibí claramente que estaba borracho, tan borracho como yo. No le quitaba ojo, me sentía hipnotizado, el tampoco apartaba de mí la vista. Me miraba constantemente, insistentemente, escudriñándome, metiéndose profundamente en mi interior. Quedé inerte, entregado, angustiado, dominado por el pánico. Sentí ganas de pedir auxilio, de llamar en mi ayuda al Jinete Justiciero, pero.....percibí algo extraño en el ambiente. Reinaba un silencio sepulcral, todos los presentes callaban y nos miraban expectantes. La tensión se hizo insostenible, algo iba a explotar dentro de mí, era inminente, inevitable. De repente, aquel siniestro personaje, sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, estalló en una sonora y aterradora  carcajada que hizo que, como por magia, se disiparan todos los vapores producidos por las grandes cantidades de bebidas injeridas:

¡Estaba delante de un espejo!. Era mi propia imagen la que me miraba. ¡Mi propia imagen la que casi me mata de miedo!.   

Seguimos tomando copas. A las doce del mediodía, es decir más de doce horas después de haber comenzado nuestro alcohólico deambular, el Jinete Justiciero tiró la toalla: No puedo más-confesó-estoy desarmado. El vino y la vanidad pudieron con él.

No creo necesario decirte que yo continué. Lástima que no estuvieras, seguro que tú también hubieses continuado. Tengo proyectada otra gran juerga para cuando regreses. Abrazos, Quintín.

Paco Blanco

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2.-DE TROPEZON EN TROPEZON.  Parte I

Nos llaman “la cuadrilla del tropezón” porque casi siempre que nos reunimos acabamos borrachos. Unos más que otros, ¡claro está!, pues hay quienes aguantan mejor la bebida, pero, en definitiva, todos bien colocaditos. Lógicamente, una vez alcanzado un determinado estado de euforia etílica, algún tropezón que otro es inevitable, pero sin mayor trascendencia, que no es lo mismo tropezar que caer.

Como nuestras correrías suelen discurrir por los bares y tabernas, (que son muchos), del pueblo y sus aledaños, sus gentes, especialmente las que no practican la ruta báquica, cuando nos ven pasar exclaman peyorativamente: -¡Mira!. Ahí van los del tropezón.- Como si un honesto bebedor no tuviera derecho a tropezar de vez en cuando. Además, a ninguno de nosotros se nos ha ocurrido señalar: -¡Mira!. Ahí van los de secano.- Y, puestos a enjuiciar, no sé cuál de las dos cosas es peor.....¡ó mejor!.

Entre todos sumamos más de quince, para ser exactos dieciséis, pues la última incorporación ha sido un viajante de comercio, de nombre Toño, que hace sus apariciones de forma intermitente e inesperada,  aunque en su honor ha de decirse que,  cuando esto ocurre, resultan sonadas. El tal Toño, incongruencias del Destino, es representante de un Laboratorio de Productos Dietéticos. Sus desplazamientos, para la distribución y venta de los mismos, los realiza a bordo de una destartalada furgoneta Citröen 2CV, conocida también como “la cuatro latas”, a la que, por mayoría absoluta,  hemos bautizado con el nombre de “La Provi”, pues resulta casi milagroso, a la vista del cochambroso estado en que se encuentran las cuatro latas, que dicho vehículo pueda llevar a buen término el más corto y sencillo de los trayectos. Pero como va y viene, transporta mercancías y se conoce al dedillo todos los abrevaderos de la ruta, llegamos a la conclusión de que todo esto no es posible sin la intervención de la Providencia, (no nos paramos a determinar sí se trata de la divina o de alguna otra).

Es evidente que no siempre andamos todos juntos pues, además de recorrer las innumerables tascas y ventorros que configuran nuestra famosa “senda de los elefantes”, sin excluir tan sólo una, cada cual tiene sus propias obligaciones que atender. Lo normal es que arranque un grupo de dos o tres desde el punto de partida, ya que la ruta está perfectamente señalizada, al que se van incorporando nuevos elementos, en la medida que sus obligaciones y sus horarios se lo permiten. Por las mañanas trasegamos vino blanco, de Rueda, por las tardes toca tinto, del país o de Rioja, y a partir de las once de la noche, si queda alguno en pie, cualquier tipo de bebida es bien recibida. Como mínimo ha de quedar una pareja de bebedores en pie, nuestro código, no escrito pero tácitamente consensuado, rechaza a los bebedores solitarios. Claro que una pareja de finos y consumados bebedores se puede montar una juerga tan descomunal como la que a continuación se va a  describir:

En mi actual obligado alejamiento de la cuadrilla, (digamos que me encuentro en estado de excedencia forzosa), las cartas de mi amigo Quintín se convierten en puertas por las que puedo escapar de la cotidianidad de mis insustanciales deberes militares y regresar al lugar que tuve que abandonar a la fuerza y al que espero volver pronto. Son tan minuciosas, tan claras y contundentes que puedo recrear los acontecimientos en ellas descritos paso a paso y minuto a minuto. Lo que a continuación sigue es su literal contenido:

“Amigo Diego: Te voy a contar mi última gran juerga porque creo que puede pasar a formar parte de una antología: Ocurrió hace una semana, no te he escrito antes porque es justo el tiempo que me ha durado la resaca. El pasado viernes, después del consabido “chiquiteo” y de haber cenado, me metí en la cama dispuesto a dormir a pierna suelta y sin ninguna intención de madrugar al día siguiente. ¿Qué crees qué ocurrió?. A eso de las dos de la mañana suena el teléfono. La voz de Toño: -Oye, estoy en “La Buena Sombra” tomando una copa, te espero- Como puedes imaginarte le solté todo mi repertorio de juramentos en todos los idiomas que para esos menesteres -tú lo sabes muy bien- manejo con inusitada habilidad. Pero, casi sin darme cuenta y sin cesar de soltarle improperios, comencé a vestirme y al cabo de un cuarto de hora me encontraba en el lugar de la cita. Sorprendentemente, a pesar de que eran más de las dos de la madrugada, no estaba borracho. Mientras apurábamos las consabidas copas me suelta su descabellada proposición:

-Oye, vente conmigo a Tudela. Tengo “la Provi” aparcada aquí delante.

Nueva retahíla de juramentos, insultos e imprecaciones.

-¡Joder, Toño, estás cómo una puta cabra!.

El caso es que, después de endosarnos un par de copas más para combatir el relentillo de la madrugada, nos encontramos a bordo de la Provi, enfilando la carretera de Logroño a la tenue luz de sus focos, que apenas amortiguaban ligeramente la oscuridad que nos rodeaba. Nosotros, piloto y copiloto, cantábamos a grito pelado aquello de:

-El vino que vende Asunción ni es blanco ni es tinto ni tiene coloor.......

Y vuelta a empezar. Bueno, en realidad, lo que acabábamos de empezar se iba a convertir en una verdadera odisea.

Hacia las cuatro de la madrugada llegamos a Logroño. Repostamos. La furgoneta y sus ocupantes, naturalmente. Nosotros dos veces; no se pueden dejar las cosas a medias. Nada más salir de Logroño la Provi se queda sin luces. La oscuridad se torna impresionante y absoluta. A pesar de que los dos íbamos bastante “alumbraos”, -yo no veía nada, y me temo que Toño tampoco-, la Provi siguió su camino como si lo conociera a ciegas. A eso de las siete, ya de amanecida, hacíamos nuestra entrada triunfal en Tudela. (Debo puntualizar, antes de seguir con la transcripción, que Tudela es la ciudad natal del amigo Toño). Había que llevar la Provi a un mecánico, pero lo primero era desayunar, reponer fuerzas; la jornada prometía ser larga y ajetreada. Como estaba en su tierra, se erigió en guía y me llevó a casa de un amigo suyo que abría temprano: “Casa Chomi-Comidas Caseras”. Truchas a la Navarra fue el menú. Finísimas truchas de río, capturadas, según nos aseguró el Chomi, en las frías aguas de la alta montaña, aderezadas con jamón serrano y patatas a la panadera, con una fuente de espárragos de Tudela como acompañante; para regarlas vino de la ribera, (del Ebro, por descontado). Finalizado el festín, para asegurarnos una buena digestión, después del café nos empapamos con unas cuantas copazas de pacharán, licor que se obtiene macerando las endrinas con anís o aguardiente, y que los antiguos navarros tomaban como medicina para combatir los dolores de tripas; los modernos, muy sabiamente, han generalizado su consumo, supongo que como tratamiento preventivo. Lo cierto es que nos sentaron muy bien, pues no sólo entonaron nuestros estómagos, sino también nuestros ánimos.

Lo de la Provi no tenía arreglo, al menos inmediato. El mecánico que la examinó, también amigo de Toño, dijo que se tenía que cambiar el alternador y hasta el lunes no lo podía conseguir. Mala suerte, la dejamos aparcada y nos dirigimos a casa de Toño: Abrazos, presentaciones, saludos efusivos, ducha y rasurado y otra vez en marcha.

Entre copa y copa estuvimos visitando Tudela. Me gustó, sobre todo por la casi infinitud de sus bares, tascas, tabernas, restaurantes, fondas, casas de comidas, figones, mesones, etc. etc. etc. un auténtico paraíso del comer y del beber. Bueno, también tiene una hermosa catedral gótica, muchas iglesias y palacios de diferentes épocas y estilos, una plaza porticada que la llaman la plaza de los Fueros......

Un poco antes del mediodía vino a buscarnos  el padre de Toño para hacer el aperitivo:  Bar “Los Arcos”, en la plaza porticada, alcachofas de la huerta tudelana con almejas del cantábrico, ¡exquisitas!, las regamos con una botella de blanco de viura, fresco y afrutado. Y después de tres o cuatro “espuelas” por los animados y repletos bares de la ciudad, a comer a casa de Toño. Su madre nos iba a hacer los honores ofreciéndonos una comida fastuosa, de canónigos para arriba, que por estas tierras hay unos cuantos.

Si se te hace la boca agua te aguantas, pero no me quedo sin contártela: Los entremeses ocupaban casi toda la mesa. Alrededor de una gran cesta con pan blanco, enharinado y crujiente, cocido recientemente en horno de leña, se agrupaban los  espárragos en vinagreta, las alcachofas rebozadas, la chistorra frita, la longaniza, el jamón serrano, los pimientos asados, morrones y del piquillo, aceitunas verdes, aceitunas negras y alguna otra cosa más  que ya no me cupo  en la memoria. (Ni en la barriga).

-Esto es para abrir boca -exclamó la señora ama de casa, feliz y risueña.

Para estimular el apetito y entonar el estómago, vino rosado joven, de la zona de Murchante creo, de color cereza picota, pero con cuerpo y graduación suficientes para entonarte no sólo el estómago, sino el resto del cuerpo. Bien diezmados los entremeses, como primer plato hace su aparición una enorme fuente de pochas de Sangüesa, acompañadas por trozos de chorizo de un rojo encendido, tiras de pimiento rojo y verde y tacos de jamón entreverado. ¡Delicioso!. Las alubias, blancas, tiernas y redondas, se fundían en el paladar como la mantequilla. Para el segundo plato necesito buscar un calificativo especial, ¿esplendoroso?, no, más todavía, ¡majestuoso!, eso es, ¡majestuoso!. Nada menos que cordero en chilindrón, que es, ni más ni menos, que cordero lechal troceado y guisado con verduras, especialmente tomates y pimientos choriceros. ¡De chuparse los dedos!. Además, hubo cambio de vino, el rosado aloque fue sustituido por un vino tinto, de color tirando a teja que, ya desde la nariz, anunciaba que había madurado en barrica y, en llegando a la boca, se mezclaba el roble con la vainilla. Un acompañante ideal para el suculento cordero. Ingerido con indiscutible éxito el cordero chilindrón, aparecen como postre, ¡no te lo vas a creer!, unas sopas, pero no las sopas de caldo que toman los gallegos después de haber engullido las tajadas, sino unas “sopas de niño”. Se trata, según me explica la anfitriona,  de una tarta muy tradicional en la Ribera Navarra, elaborada con leche, pan, mantequilla, azúcar, canela en polvo y almendra molida. Unas copitas de dulce moscatel de la tierra ayudaron a echarla al coleto. Como colofón, café humeante de puchero y una botella de pacharán que quedó bastante zarandeada.

Con muy buen criterio, -alguna vez habíamoslo de tener-, decidimos prescindir de la sobremesa, pues de hacerla, los vapores emanados de la digestión de semejante festín, seguro nos hubiesen sumido en un profundo e interminable sopor. Había que ponerse en movimiento. Próximo destino Peralta, pueblo cercano a Tudela, donde vive la novia de Toño. Cuando estuvimos a bordo de la Provi se me ocurrió preguntar a mi amigo:

-Oye, Toño, tú que eres un experto en dietética, ¿Cuántas kilocalorías crees qué llevamos consumidas?.

-¿Kilos?. ¡Querrás decir toneladas, animal!.

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3.-DE TROPEZON EN TROPEZON.  Parte II

La Provi, no sé muy bien cómo, se puso en marcha, sin luces, eso sí, pero nos llevó hasta Peralta, que era lo que pretendíamos. Allí nos esperaba Maite, la novia de Toño, la acompañaba una amiga, Arancha, que me habían escogido como pareja, supongo que por sugerencia de Toño y para  evitarme el hacer de “carabina”, cosa que, por otra parte, se me hubiese dado muy mal. Las dos chicas eran muy monas, ojos grandes y negros, morenazas, con contornos sugestivos y muy simpáticas. Para celebrar el encuentro nos fuimos de copas, (estos pueblos navarros están muy bien provistos de sitios donde apagar la sed, ¡cómo debe de ser!). Abandonamos el pacharán a secas para acompañarlo con agua y hielo. Muchísimo peor de sabor, pero bastante más refrescante. Las chicas tomaron refrescos a palo seco, es decir, sin nada de alcohol. Después, abandonamos la bebida y nos dimos un largo y agradable paseo por un soberbio arbolado que se yergue a las afueras del pueblo como un poderoso protector. Maite y Toño en cabeza, Arancha y el que suscribe unos metros por detrás. Te juro, amigo Diego, que no recuerdo absolutamente nada de la conversación que mantuve con Arancha durante el paseo. (Tú me diras-muy propio de ti, amigo Quintín-y yo te respondo-tienes razón, pues si recordara todas las tonterías que han salido de mi boca desde que te conozco, lo más probable es que decidiera no volverla a abrir en lo que me queda de vida. ¡Chúpate esa!). Pero si que recuerdo que me miraba encandilada y se partía de risa con mi charla, por lo que puedo deducir que estuve en mi brillante línea habitual.

Sobre las ocho nos fuimos a merendar a un ventorro cercano. (Este viaje se estaba convirtiendo en un auténtico festival gastronómico). Nos pusieron delante una sugestiva y brillante cazuela de magras con tomate. En realidad, para que te hagas una idea y te entre el gusanillo, se trata de unas enormes lonchas de jamón serrano, pasadas vuelta y vuelta por la sartén y depositadas sobre un sofrito de tomate y cebolletas, previamente triturado y  colado; sobre las lonchas, a modo de reclamo, sendos y excitantes huevos fritos. Pan blanco para acompañar y mojar, y vino ribereño joven para empujar. Seguro que si ponen un espejo ante mí traqueteada jeta, aparece tan sonrosada cono la yema del huevo frito que me estaba zampando. Después de echarnos al coleto unas cuantas rondas, para remojar bien las magras, nos fuimos al baile que se celebraba en la Plaza Mayor del pueblo. (Los navarros también son muy aficionados a la música y la danza). Tú conoces lo innato de mi torpeza como bailarin -muy semejante a la tuya, no te rías- pero esa noche, (empezaba a anochecer), me sentía como un Fred Astaire, un poco ebrio, eso sí, pero ligero y desinhibido, de modo que me lancé a la pista, con Arancha enlazada por la cintura y comenzamos a bailar. No sé si lo hice bien o mal, me inclino más por lo segundo, pero el caso es que bailamos sin parar, ni siquiera me entraron ganas de echar un trago; de vez en cuando sentía como su cuerpo ondulante se pegaba a mi esquelética anatomía, yo intentaba mantenernos así, pero al cabo de unos dulces segundos volvía a apartarse ligeramente. Maite y Toño habían desaparecido de nuestra vista, supongo que buscando algún lugar solitario donde contarse sus amorosas cuitas.

El baile duró una hora menos que aquel famoso de la Cenicienta, a las once las chicas  debían regresar a sus hogares para que la moral imperante y las buenas costumbres no sufrieran el menor desdoro. Arancha no perdió su zapatilla, pero quedamos en vernos al día siguiente. Toño y yo, después de visitar los bares del pueblo, decidimos regresar a Tudela. Tras unos cuantos intentos, la Provi decidió ponerse en marcha y en ese momento el piloto y su copiloto recordaron, con sorpresa y pavor, que sus faros  no lanzaban el más leve rayo de luz. Después  de sopesar la gravedad de nuestra situación, nos pusimos de acuerdo en que no quedaba otra solución, aunque mala, que lanzarnos de nuevo a la oscuridad de la carretera. Afortunadamente, por estas tierras los pueblos no están demasiado distanciados entre sí, por lo que los tramos de oscuridad no se hicieron ni demasiado largos ni demasiado angustiosos. Esta  angustia que la oscuridad nos provocaba la combatíamos, con bastante éxito, en los luminosos bares de la ruta, que nos sustraían de las tinieblas y nos ofrecían cobijo y bebida. Con este infalible sistema, a la segunda parada nos desgañitábamos cantando: Nos han dejao soolos a los de Tudela, por eso cantaamos de cualquier manera........ Por fin, aparecieron las luces de las afueras de Tudela. ¡Estabamos salvados!. (Bueno, eso pensé). A la entrada del puente que atraviesa el Ebro, (hermoso puente de diecisiete arcos construidos en diferentes épocas), el semáforo se pone en rojo. Parada. De repente, antes de que cambie al verde, suena una tremenda explosión. ¿Qué es esto?. La Provi se pone a dar explosiones, ¡plac!, ¡plac!, ¡plac!, y a cada explosión un bote, botaba como uno de esos juguetes mecánicos que comienzan a saltar sin parar hasta que se les agota la cuerda. Te aseguro que aquella “dos caballos” estaba totalmente desbocada. Justo cuando el semáforo cambia de color  se para. Se queda absolutamente inmóvil, como agotada después de su exhibición de saltos. Toño y yo nos miramos, se nos ha pasado la moña en unos segundos. Adivino, por la cara que se le ha quedado al piloto, que está acocojonado, el copiloto, desde luego, no lo está menos. Tras varios pero vanos intentos de ponerla de nuevo en marcha, mi buen amigo Toño se vuelve a mirarme, sus ojos casi se le caen, pero no abre la boca, no hace falta, su mensaje es diáfano. Me apeo y empiezo a empujar, noto que, después de las cantidades de comida y bebida injeridas, las fuerzas no me faltan pero, es inútil, la Provi se niega a arrancar.

-¿Tiene gasolina?. Grito más que pregunto.

-¡Hostias, tienes razón!

-¿Razón?. ¡Eres un animal, Toño, un auténtico animal!. Me desahogo.

Después de otro pequeño esfuerzo, (la gasolinera estaba cerca), abandonamos la Provi y nos metimos en el “Tubo”, barrio húmedo de Tudela, que a aquellas horas de la noche se hallaba en pleno apogeo. Pronto nos encontramos con la cuadrilla de Toño y, todos juntos, entre risas y canciones, emprendimos un largo y vinoso recorrido por sus numerosas tascas y tabernas.

Cuando todo estuvo cerrado y el silencio de las calles, cada vez más solitarias, sólo lo alteraba  nuestras intempestivas voces, conjuntamente volvimos a tomar una sensata decisión: ¡Irnos a la cama!. Si haces un pequeño cálculo, llegarás a la sencilla conclusión de que llevábamos más de veinticuatro horas sin dormir.

Soñaba que dormía, y que roncaba; la oscuridad era total, mis ojos se negaban a abrirse, quería dormir, dormir.....

-¡Venga, Quintín, gandul, despierta que ya es de día!. Era la voz de mi querido amigo Toño, pegada a mi oreja.

-¡Márchate al infierno, maricón....y no vuelvas!.

El domingo  comenzó con un desayuno suculento, ¡pero sin alcohol!. Volvimos a plantearnos nuestra situación, que nos dejaba poco margen de maniobra. Si queríamos llegar al pueblo de día, contando con que la Provi aguantase, había que ponerse en marcha, (¡lo siento, Arancha!). Podíamos comer tranquilamente en Logroño y a media tarde en casa.

Después de confortarnos con un par de pacharanes, el piloto puso en marcha la Provi y cogimos la carretera de Logroño. ¡Da gusto viajar de día!, puedes disfrutar del paisaje e informar al piloto de las incidencias del camino: -Mira, a doscientos metros “Mesón Los Molinos”, para que tengo sed.

No era la una cuando entrábamos en Logroño, la Provi había realizado el trayecto sin la menor incidencia. En vista del éxito, y de la hora, decidimos tomar unos vinos antes de comer; como Toño visitaba con frecuencia la ciudad y conocía sus puntos neurálgicos, nos dirigimos directamente a la “senda de los elefantes”. Debo reconocer que me impresionó, cuando vuelvas tenemos que ir alguna vez: Empieza en la calle del Laurel, pero se ramifica por una infinidad de callejuelas que se entrecruzan laberínticamente, pero que siempre van a parar a la arteria principal. No es posible perderse. Los bares, cantinas, tascas, mesones, tabernas, etc. etc. son como compartimentos estancos, no hay separación entre ellos, están uno detrás de otro, y por las dos aceras. ¡Así da gusto!. Lo que pasa es que si los quieres recorrer todos, como en el pueblo, tienes que empezar muy temprano, además de necesitar un estómago de rumiante. Después de media docena de vinos, acompañados por exquisitas tapas, nos metimos en un Mesón, que conocía Toño a que nos dieran, de comer. En la Rioja presumen de muchas cosas: de su huerta, de su vino, de su cocina...Y la verdad es que tienen sus motivos, de primero, no para hacer boca, sino para enfondar, pedimos unas patatas a la riojana, acompañadas de chorizo, costilla de cerdo adobada, pimientos rojos y pimientos verdes. Plato con autentica base alimenticia que exige, sin ambages, además del consabido pan blanco de hogaza, la presencia de un vino con cuerpo y solera, elegimos un Paternina banda azul con dos años de barrica. De chupa y moja estaban las patatas, te dejan el cuerpo muy reconfortado. Para segundo nos decidimos por un plato más ligerito, unas codornices escabechadas, volátiles cazadas en los campos recién segados, de finísimo sabor a especias y que no necesitan cambio de vino, así que seguimos con el Paternina.  Concluida la comida con excelente apetito y vacías las dos botellas de vino, decidimos saltarnos los postres y pasar directamente al café y los coñacs. Antes de embarcarnos de nuevo en la Provi, visitamos dos o tres cafeterías, muy elegantes, del Paseo del Espolón. Lástima que fuéramos con prisa, pues esta ciudad produce muy buenas sensaciones. La debemos una nueva y más pausada visita. (No podía imaginar lo rápido que ésta se iba a producir).

De nuevo en la carretera, la Provi, sin dificultad aparente, enfila la carretera de Burgos. No son las cinco de modo que vamos sobrados de tiempo, incluso podremos parar a merendar en algún ventorro del camino. ¡Vana esperanza!. A los pocos kilómetros, en la mitad de un pequeño repecho, que obligó al piloto a cambiar de marcha, la Provi, después de emitir un agónico estertor, se paró.

-¡Esta vez no es la gasolina!-aseguró el piloto mirándome un poco perplejo.

-¡No me jodas, Toño!. ¿Y que vamos a hacer ahora?.

-Parece cosa de la batería.

-¡Oye, no pretenderás que vuelva a empujar!.

-Si damos la vuelta y la ponemos cuesta abajo no hará falta.

-¡Bueno, pues vamos a ello!.

Entre los dos, yo empujando por detrás y Toño empujando por delante y manejando el volante por la ventanilla, conseguimos poner la Provi nuevamente en dirección a Logroño, arrimándola a la cuneta. Afortunadamente el trafico era muy escaso.

-¿Y ahora qué? -pregunto.

-Ahora, cuando me meta dentro, sólo tienes que empujar un poco hasta que coja velocidad, después ya es cosa mía.

No sé muy bien cómo ocurrió, supongo que la Providencia se cansó del abuso a que la estabamos sometiendo y nos abandonó. Lo cierto es que el Toño falló en su intento de saltar  al asiento y la Provi, sin conductor, invadió la carretera y empezó a coger velocidad, que la pendiente propiciaba, de nuevo en dirección a Logroño. Toño salió corriendo en su persecución, corriendo y gritando como un loco:

-¡Para, Provi, para, no me jodas!.

Todo inútil, la Provi era más rápida. Después de recorrer unos doscientos metros, al iniciar una suave curva a la derecha, donde acababa la bajada, la Provi derrapó y cayó en la cuneta sobre su lado derecho. Toño dejó de correr y se echó las manos a la cabeza.

-¡Se escacharró!- Fue su lamento.

El que suscribe, que contemplaba la escena desde unos metros más atrás, se fue acercando lentamente hasta donde estaba el inmóvil y desolado Toño, que seguía con las dos manos sobre la cabeza, puse cara de circunstancias pero reconozco que me estaba descojonando de risa por dentro:

-¡Ahora si que la hemos jodido!- Le animé.

Nos acercamos hasta donde estaba el vehículo volcado para examinar los desperfectos. Se le veía un poco más desencajado, pero con el mismo desvencijado aspecto que antes del topetazo.

-¡Bueno, no parece tan grave!- Se consoló mi amigo.

Un conductor bondadoso paró, ofreciéndose a llevarnos hasta Logroño, cosa que aceptamos de inmediato. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?. Mientras nos tomábamos unos vinos, para agradecerle el servicio, nos informó que por la noche pasaba un exprés en dirección a Burgos, aunque no estaba muy seguro de la hora. En la Estación, al tiempo que sacábamos los billetes, nos informaron que el tren pasaba sobre las doce y llegaba al pueblo unas dos horas más tarde.

Dentro de la desgracia de haber tenido que abandonar la Provi tirada en la carretera, nos quedaban unas cuantas horas por delante para intentar consolarnos. Nos volvimos a meter en la senda de los elefantes con la sana intención de explorarla más profundamente. Decidimos además, de común acuerdo, dos cosas, no mencionar la Provi hasta el lunes por la mañana y sustituir la cena a base de tapas y banderillas. De esta forma tendríamos tiempo para visitar más establecimientos.

Dicho y hecho. A cada ronda dos tapas, y si nos gustaban repetiamos. La animacion era enorme y los parroquianos cada vez iban en aumento, en algunos sitios teníamos que hacer cola antes de poder acercarnos a la barra. Toño  encontró a varios conocidos con los que intercambiamos los consabidos chiquitos. También  tropezamos con el conductor que nos devolvió a Logroño, quien mostró una gran alegría al encontrarnos, igual que nosotros; se llamaba Genaro e iba con una cuadrilla de otros cinco o seis; después de invitarnos e invitarles a unas cuantas rondas, nos animó a unirnos a su cuadrilla, cosa que aceptamos encantados y proseguimos el chiquiteo. La noche era hermosa. Todo era luz, movimiento y alegría......bueno, y también mucho humo en los techos de los bares. Alguien preguntó:

-¿A qué hora cogéis el tren?.

Eran las once y media y ni Toño ni yo nos habíamos apercibido. Tan a gusto nos encontrábamos.

-Yo os acompaño, -se ofreció Genaro- pero no os preocupéis porque siempre viene con retraso. Así que vamos a echar la espuela.

Cuando llegamos a la estación nos informaron que nuestro tren llegaba con media hora de retraso, por lo menos, ¡bonito panorama nos esperaba!. Menos mal que la cantina estaba abierta y podríamos mitigar la espera a base de cafés y alguna que otra copita. Genaro no quiso abandonarnos hasta que llegase el tren, de modo que nos acompañó con los cafés y las copas. También aprovechamos la espera para llamar por teléfono. Toño a su casa y a su novia, y yo a la mía. A Toño, después de hablar con su novia se le veía algo pálido. La bronca que me echaron a mí debió de ser monumental, pues a pesar de tener el auricular a una prudencial distancia de mi oreja, los gritos resonaban como los petardos en las verbenas. Iba por el segundo café y la tercera copa cuando Toño, con la cara un poco desencajada me espetó:

-Mira Quintín, me parece que lo mejor es que me quede esta noche en Logroño.

-¡Pero Toño, si ya tienes el billete!.

-Es igual, pero tengo que solucionar lo de la Provi y además he de volver a Tudela. Maite me ha puesto un ultimátum.

-¡Pero hombre, tu no tienes la culpa de lo que ha pasado!

-No, pero dice que ya está bien de farras, o me vuelvo formal o me planta.

-¡Bah!, las mujeres siempre exageran. No creo que tomar unos chatos de vez en cuando sea un crimen. Además, tú ya eres formal.

-¡Claro, como tú no tienes novia y además eres un viva la virgen!.

-¡No se hable más!- terció Genaro, que estaba pendiente de nuestra conversación -esta noche duermes en mi casa y mañana cuenta conmigo para lo que haga falta.

-Gracias, Genaro, eres un amigo.

-¡Te vamos a incluir en la cuadrilla!.

En ese momento el penetrante silbido de una locomotora anuncia la estrepitosa entrada del expreso en la estación. Nos despedimos, el semblante de Toño sigue sombrío, Genaro se lo lleva  cogiéndole amistosamente por el brazo.

Una vez en el tren busco el Vagon-Restaurant. Está cerrado, ¡maldita sea!, ¿qué hago yo ahora?. Fueron casi dos horas interminables. Para no dormirme me dediqué a revivir el trajín de este largo e inolvidable fin de semana, que ahora, una semana más tarde, te trasmito. Por cierto, Toño todavía no ha dado señales de vida.

Un abrazo, y a ver si acabas de una vez esa puta mili.

 Quintin.  

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4.-UN TROPEZÓN TEATRAL (Otra peripecia de "La cuadrilla del tropezón")

Las cartas de mi amigo Quintín siguen llegando periódicamente a los confines de mi actual residencia cuartelera, (todo por la patria), solazando mis largas y tediosas horas de militar inactividad. Algunas, como la que voy a transcribir seguidamente, tan llenas de enjundia, que las leo y las releo hasta tenerlas completamente grabadas en la memoria:

Amigo Diego: No sabes lo que te estás perdiendo con esa dichosa mili. Son tantas las novedades para contarte, con respecto a la cuadrilla, que me resulta difícil seleccionar la primera.

Bueno, tal vez lo más importante sea decirte que, por fin, reapareció el amigo Toño. Llegó el sábado pasado, (hoy es lunes), hacia el mediodía, justo a la hora del “chiquiteo”, y después comimos juntos, y después........., después, lo de siempre, que te voy a contar, unas cuantas copazas por las cafeterías de la Alameda, haciendo tiempo hasta la hora del “chiquiteo” de la tarde. A eso de las siete la cuadrilla estaba al completo, (menos tú, claro), de modo que nos lanzamos a hacer nuestro habitual recorrido sabatino por el pueblo, sus bares y tabernas, alegres y vociferantes, indiferentes a las conminadoras miradas de una parte de nuestros vecinos, (en algunas, pensándolo bien, también se apreciaba el ligero destello de un puntito de envidia, ¡peor para ellos!).

El recorrido fue completo y concienzudo. Ni un solo establecimiento en el que se escanciase vino dejó de recibir nuestra visita. ¡Un éxito rotundo, amigo Diego!.

Eran más de las tres de la madrugada, bastante fresquita, por cierto, cuando acompañé al hotel a Toño, que al día siguiente se iba para Tudela a ver a la novia, y me fui a dormir a mi casa, que falta me hacía.

El invierno, que ya llevaba varios días amenazando con entrar, parece que, definitivamente, se ha instalado en el pueblo, pues el domingo salió gris, ventoso y frío. El “carajillo” de las doce, en el “Candelas”, nos produjo una reconfortante reacción a los cinco que allí habíamos acudido. El día se presentaba de lo más propicio para continuar con las bebidas reconfortantes, pero existía un problema: Estábamos tan a final de mes que nuestros bolsillos andaban bastante esquilmados, de modo que, antes de establecer ningún plan y después de pagar los “carajillos”, decidimos hacer un arqueo general. El resultado nos dejó un numerario, entre los cinco, de 1.260 pesetas, modesta suma que limitaba muchísimo nuestras perspectivas domingueras.

-¿Dónde podemos ir con esto?-pregunté, lamentando no haberle pegado un sablazo al Toño cuando le dejé en el hotel.

-¡A ninguna parte!-fue la unánime respuesta.

Después de unos minutos sumidos en la pensativa contemplación del negro poso de nuestros vasos, al Emilio-no podía ser otro-se le encendió la bombilla.

-¿Qué os parece si hacemos una pequeña inversión para ampliar el capital?.

Todos nos quedamos mudos, pendientes, el resto de nuestros sentidos, de lo que saliera de su boquita. (¿Recuerdas lo pequeña que la tiene?).

Cómo bien sabes, el Emilio, a pesar de su diminuta boca, canta con mucho estilo el flamenco, especialmente por Angelillo; “La hija de Juan Simón”, por ejemplo, la borda.

Pues bien, la peregrina proposición de nuestro genio financiero consistía  en convertirnos en un grupo artístico, al menos por un día. Me explico: desde el pasado mes de octubre en el salón “La Flor de Castilla”, cada domingo se celebra una especie de festival folklórico, al que han bautizado con el altisonante nombre de “La Noria de la Fama”, que tiene el generoso objetivo de darnos a conocer nuestros artistas más destacados y prometedores, necesitados de una oportunidad para dar el salto hacia las estrellas. ¿Lo captas?-no te rías, que te conozco-Sorprendentemente, la idea ha resultado un éxito y el teatro se pone a rebosar, todas las mañanas de domingo, de un público ávido de conocer, admirar y aplaudir a nuestros ilustres y desconocidos genios. Por su escenario desfilan todo tipo de virtuosos intérpretes, solos o en grupos, cantando, bailando, recitando romances y poemas, tocando el violín, sacando conejos de la chistera o dando saltos acrobáticos, que de todo ha pasado por sus tablas. Unos cuantos miembros de la cuadrilla acudimos a la segunda o tercera representación, pero no pudimos acabarla pues, de forma repentina,  nos vimos afectados por unos fuertes pinchazos intestinales-otra vez te estás riendo-que nos obligaron a acudir al bar más próximo para aliviarlos. Pero lo que viene al asunto que hoy nos ocupa es que, antes del descanso, piden que salgan dos grupos de voluntarios dispuestos a cantar cada uno la misma canción, a los acordes de la orquesta. El público, cuando ambos conjuntos han concluido, premia con su aplauso cada interpretación, y el más fuerte proclama al ganador, que recibe como premio la bonita suma de cinco mil pesetitas. Y esa, precisamente, era la inversión a realizar: gastarnos los treinta duritos de la entrada, salir voluntarios al escenario, y ganarnos los mil duritos del premio.

-¿Qué os parece?-nos pregunta el genio, muy ufano, al finalizar su brillante proposición.

-¡Qué estás como una cabra, Emilio!-contesto, con la risueña aquiescencia de los otros tres.        

Nuevo lapso de meditación conjunta sobre nuestra desesperada situación. Por fin, Narciso, tan socrático como siempre, toma la palabra:

-Bueno, tampoco es tan mala la idea, vamos, digo yo, además, ¡de perdidos al río!.

-Pero, ¡si no hemos pisado un escenario en nuestra puta vida!-insisto.

-Bueno, alguna vez tenía que ser la primera.

Argumento irrebatible que nos lleva de inmediato a la taquilla de “La Flor de Castilla”. Sentados estratégicamente cerca del pasillo lateral, soportamos estoicamente, no sin soltar algún eructo, el empalagoso espectáculo, a la espera de que llegase el instante de lanzarnos hacia el escenario, en busca de nuestro momento de gloria. ¡Y lo conseguimos!. Llegamos los primeros y nos situamos delante del telón, en la parte derecha del escenario, Emilio y yo en cabeza, a nuestras espaldas Narciso, Félix y el Chema, muy serios y envarados. Sobre la parte izquierda el conjunto rival, formado por tan sólo tres elementos, conocidos del pueblo, igualmente muy circunspectos. En el centro el presentador, con un micrófono delante y la orquesta en el foso, atentos todos sus miembros a la batuta del director: 

-¡Señoras y señores!, ¡querido público!, ante ustedes, como cada domingo a esta hora, dos conjuntos de aficionados locales, dispuestos a competir con sus voces por el sustancioso premio de las cinco mil pesetas-suena la voz del locutor, potente y modulada a través del micro-En esta ocasión nos van a interpretar una copla española, que la extraordinaria voz de la popular Juanita Reina ha hecho famosa en toda España, se trata, como habrán podido ustedes adivinar, de ”Capote de grana y oro”. Al sonar el nombre de la canción el público estalla en estruendosos aplausos jaleados por numerosos bravos.

Nos acercan un papel en el que viene la letra:                   

"Capote de grana y oro

alegre como una rosa,

que te abrías ante el toro

igual que una mariposa.

Capote de valentía,

de su vergüenza torera

que a su cuerpo se ceñía

lo mismo que una bandera.

Como reliquia y tesoro

te llevo en el alma mía.

Capote de grana y oro”.

-En primer lugar-prosigue, señalándonos con la mano-respetando el orden de la llegada, hará su interpretación el conjunto situado a mi izquierda.

Un uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu in crescendo, como el zumbido de un enjambre de moscones que se va acercando, se extiende por toda la sala cuando el presentador nos señala.

-“Esto empieza mal”-pensé ante la cálida acogida de nuestros vecinos-pero, con todo mi desparpajo, haciendo de tripas corazón, doy un paso al frente y hago una profunda reverencia al respetable, cuyo efecto es el de multiplicar y alargar el zumbido.

Cuando, tras varios minutos, vuelve la calma, el presentador, con cara de guasa, se dirige a la orquesta: -Adelante con la copla, maestro.

Al mando de la batuta suenan los primeros acordes de la copla. El Emilio, que debía de llevar la voz cantante, en el primer capote, supongo que por culpa de los nervios, suelta un gallo tan sonoro y estridente, que provoca la hilaridad del respetable y una cascada de comentarios no muy favorables a nuestras personas, precisamente:

¡Vaya tropezón!-¡Fuera!-¡A la calle!-¡Gallo que no canta.....!. y algún que otro más de carácter tan escatológico, que ni yo mismo me atrevo a reflejar en estas líneas, lo dejo a tu imaginación.

El presentador, con la potencia de voz que le presta el micro, pide calma de nuevo. La orquesta, a un gesto del director, cesa de tocar..... El respetable vuelve a guardar silencio. El presentador, sin perder su tono de guasa, nos echa un “capote”:

-Señoras y señores, no perdamos la calma, al fin y al cabo un tropezón lo puede tener cualquiera-carcajada general y fuertes aplausos por parte del respetable-así que vamos a darles otra oportunidad empezando de nuevo-otra vez resuenan los gritos de ¡fuera, fuera, a la calle....!.

-¡Silencio, por favor!, a ver, maestro, cuando quiera.

El director de la orquesta, con los dos brazos en alto, el derecho sosteniendo la batuta, y con cara de pocos amigos, se dirige a nosotros:

-Contaré hasta tres antes de empezar-miro de reojo al Emilio, está rojo como una amapola, “aquí se va a armar una gorda”, pienso-uno.........dos............tres.

El director mueve la batuta y de nuevo la orquesta acomete los acordes de la copla. Esta vez los cinco arrancamos a la vez, pero a voz en grito, utilizando toda la potencia de nuestros pulmones. Nuestras voces, más bien alaridos, cada vez suenan más disonantes, perdido totalmente el ritmo de la música. El maestro, lanzándonos furibundas miradas, intenta acompasar la orquesta a nuestras voces, vano intento que tan sólo consigue que la música suene también distorsionada. En la sala los espectadores empiezan a organizar un descomunal estrépito: Gritan, ríen, aúllan, patalean, se levantan y golpean los asientos y los respaldos de las sillas con las manos y los pies. El espectáculo se ha convertido en una infernal algarabía. El locutor, perdida ya la guasa en la mirada y en la voz, intenta reconducir la situación gritando desesperadamente por el micro:

-¡Señoras y señores, calma por favor, esto es bochornoso!. El espectáculo ha finalizado.

Pero nadie le hace caso, el escándalo sigue aumentando imparablemente. El maestro manda parar la orquesta, abandona la batuta, se sienta y saca un pañuelo con el que empieza a enjuagarse el sudor que le corre por la cara, (seguramente frío). Los músicos comienzan a guardar sus instrumentos, algunos no pueden evitar que una sonrisa se dibuje en su rostro, otros, los más, permanecen serios y cabizbajos.

Pero yo no me doy por vencido-“aquí hemos venido a cantar y vamos a cantar-me digo-pase lo que pase”. Me doy la vuelta y me erijo en director del coro:

-Venga, cuadrilla, ¡qué no se diga, a cantar!-les animo. Y de nuevo, los cinco, esta vez mucho más relajados, olvidados del entorno hostil, comenzamos a cantar:

"Capote de grana y oro

alegre como una rosa....

El locutor, perdida ya la compostura y enfurecido como el resto del público, que continuaba con el barullo, gritaba:

-¡Cállense!, la función ha terminado. Silencio o hago llamar a las fuerzas del orden.

Pero nosotros, impávidos y desafiantes, no nos detuvimos hasta finalizar la última estrofa:

Te llevo en el alma mía.

Capote de grana y oro.”

A continuación, vueltos hacia el público, que puesto en pie gritaba: ¡fuera, fuera, fuera.....!, nos inclinamos en reverente saludo.

Un acomodador, con la mirada enfebrecida y al borde del ataque de nervios, nos “invitó” a salir por la puerta trasera. A modo de despedida, una vez en la calle, le espeté: “Oiga, nos tienen que devolver la mitad de la entrada”.

-¡Cabrón, hijo de....., cuatro hostias es lo que te voy a dar!.

No sé porqué se puso de aquella manera, al fin y al cabo, al suspenderse el concurso se habían ahorrado el premio de los mil duros y tampoco podían quejarse del “espectáculo” que les habíamos ofrecido. (No creo que se vuelva a repetir nada igual, por lo que se le puede considerar como único). En todo caso, los únicos que podían sentirse perjudicados eran los del conjunto rival, que ni siquiera tuvieron oportunidad de cantar.

Sentados en la barandilla del río, con la ayuda del cierzo reinante, fuimos recuperando el resuello y el color y acabamos riéndonos a carcajada limpia.

Decidimos tomar nuestra fracasada inversión con buen humor y tomarnos unas cuantas rondas de Rueda para celebrarlo, hasta que el resto de los fondos se agotase, cosa que ocurrió con inusitada rapidez. Con los bolsillos vacíos nos fuimos a pasear por la Alameda, pero pronto fuimos el objetivo de curiosas miradas de reojo, acompañadas de sarcásticas risitas mal disimuladas y  todo tipo de comentarios jocosos, por lo que decidimos irnos cada uno a su casa.

Cuando llegué a la mía te confieso, amigo Diego, que no las tenía todas conmigo-como se hayan enterado se va a armar una buena-pensé. Abrí la puerta con cuidado y entré lo más lenta y sigilosamente que pude. Todo se veía dentro de la normalidad habitual, por lo que deduje que la noticia de nuestra “triunfal actuación” aún no había traspasado las puertas de mi casa. Comí tranquilamente, con muy buen apetito por cierto, hice una buena siesta y pasé la tarde, ante la incredulidad y el asombro de mi familia, escuchando “Carrusel Deportivo”.

Estoy seguro, amigo Diego, que el asunto traerá cola, pero lo que tenga que sonar, sonará.

Por cierto, a ver cuando acabas esa puta mili, o coges algún permiso, ¡qué ya está bien!.

Abrazos, Quintín.

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UN TROPEZON AMOROSO O LOS AMORES DE QUINTIN

Creo, Amor, que tú eres

Cuidado dó placer yace,

Que fases a quien te place

Rescebidor de placeres. 

¡Quintín enamorado!. No me lo puedo creer. El, tan cínico, tan desaprensivo con el sexo opuesto, tan impermeable al sentimentalismo, mira por dónde ha caído en las redes del amor, ¡cómo un “pavo” inexperto y tímido!. Vamos, que la Puri le ha sorbido el seso, (y tal vez lo otro), cómo a un colegial. Y encima la interfecta se llama Puri. No tiene guasa la cosa, rayando los cuarenta y con tres hijos, además del Fede claro, su marido, capitán de caballería, al que todos conocemos, pues en ocasiones se toma unos vinos con nosotros. Porque, para mayor oprobio, otro que alterna con  la cuadrilla, Paulino, el hermano de la Puri, comandante de Ingenieros y, por lo tanto, superior del Fede, está casado con Irenea, o sea, la hermana de Quintín. ¡Menudo embrollo has montado, amigo mío!. Tú, que te creías tan listo.

-Pero, ¿es qué te has vuelto loco, o no eres capaz de comportarte como una persona normal?.

No pude por menos de soltarle cuando finalizó su confesión tras una larga noche de copas.

-Un poco “tocao” si que estoy, ya lo sabes de sobra. Pero, qué quieres que te diga, no era mi intención llegar tan lejos,.......yo pensaba, bueno, lo de siempre......un par de “polvos” y adiós muy buenas, pero estas cosas cuando pasan, son como son, no las puedes evitar, te agarran y se te meten dentro sin saber por donde. ¡Créeme, Diego!.

-¿Te estás refiriendo al amor o al sexo?.

-Me estoy refiriendo a un sentimiento especial que no había sentido antes por ninguna otra mujer.

-Vamos, ni que fueras un Barba Azul. ¡Qué tampoco has tenido tantas!.

-Puri es especial, Diego, te lo digo yo. Y deja de burlarte de mí, que la cosa va en serio.

-Tan especial como lo debe de ser para el Fede, o para sus tres hijos, ¿has pensado en eso, pedazo de animal?.

-He dejado de pensar con la cabeza, Diego, sólo me ronda una idea, estar a solas con Puri, lo demás no me importa.

-A solas y a escondidas, naturalmente. ¿Qué ocurrirá cuando, tarde o temprano, os pesque su marido?. Lo más probable es que os pegue un tiro. ¿Porqué no piensas también en eso?.

-¡Joder, Diego!, no dramatices, los del cuerpo de veterinarios no llevan pistola. Además, deja de atormentarme, que yo lo que necesito es que me ayudes.

-Eso es lo que estoy intentando hacer, cabeza de chorlito. Aunque, de momento, lo único que se me ocurre es que te apuntes cuanto antes a la legión, y si es la extranjera mejor que mejor.

Esta malhadada historia de amor comenzó hace algún tiempo, justamente cuando estaba a punto de finalizar, tras varias prórrogas por estudios, mi servicio militar obligatorio y mi estancia en uno de los residuos de nuestro imperio, (me estoy refiriendo, naturalmente, al africano, pues el otro hace tiempo que desapareció), se estaba acabando, aunque los últimos días se hacían interminables. Las cartas de mi amigo Quintín, tan extensas y  frecuentes hasta entonces, dejaron de menudear y se convirtieron en escuetos formularios de cortesía. Naturalmente, un cambio tan brusco no podía pasarme desapercibido, ni tampoco Quintín debía de pretenderlo, por lo que entendí que tal vez se trataba de  un aviso para navegantes, de modo que, un tanto intrigado, decidí no hacer mención del cambio y esperar que llegase el día de mi vuelta.

Mi regreso al pueblo, después de quince meses de ausencia, casi se puede calificar de triunfal. La cuadrilla al pleno se encontraba en el andén de la estación esperando mi salida del tren y portando una pancarta que decía: “DIEGO, CON LA CUADRILLA DE NUEVO”, y cuando descendí y empecé a repartir abrazos, se pusieron a corear: “Luego con el Diego nos vamos de chateo”.

Lo cierto es que si no hubiese vuelto convertido en un aguerrido e impasible militar, con los nervios bien templados, no habría dudado mucho en derramar alguna conmovida lágrima de agradecimiento.

Como mi equipaje resultaba bastante exiguo, y hacía un hermoso día de primavera, decidimos emprender a pie el camino del pueblo, no sin dejar de visitar todas las tascas que lo jalonan.

El regreso a lo “civil” resultó de lo más sencillo, sin traumas, ni síndromes, ni nada parecido. Sin duda lo más fácil fue recuperar mi sólida costumbre de levantarme lo más tarde posible y trasnochar hasta las tantas. En resumen, a los pocos días  volvía a hacer mi anterior vida cómo si aquellos malditos quince meses de “mili” no hubieran transcurrido, o tan sólo se trataran de un pequeño lapsus en mí particular contador del tiempo. Me encontraba, de nuevo, como pez en el agua rodeado de mi cuadrilla, recorriendo las tascas del pueblo, (qué, por cierto, han aumentado para mayor gloria de Baco), hablando de lo divino y de lo humano y recibiendo la bienvenida de mis vecinos, (no de todos, desde luego).

Pero mi amigo Quintín seguía teniéndome preocupado. Varios de la cuadrilla ya me lo habían advertido:

-Lleva una temporada que está muy raro, anda como ensimismado, casi no habla con nadie y aparece y desaparece cuando menos te lo esperas. Algo le pasa pero no nos atrevemos a preguntarle, ¡ya sabes como es!. A ver si tú consigues que te lo cuente.

-Sí, ya sé que es muy suyo. Pero ya le cogeré un día de estos por mi cuenta.

Y, efectivamente, así ocurrió. Un sábado, a la salida de la oficina, le estaba esperando:

-Oye, ya es hora de que celebremos mi vuelta, así que te invito a comer.

No se pudo negar. Me lo llevé al “Asador del Conde” y nos dimos un auténtico festín, en consonancia con la ocasión: Comenzamos por los cangrejos de río, para continuar con la morcilla frita, los callos, la asadurilla, las patitas de cordero rebozadas, el chorizo cocido...., todo ello con la inapreciable ayuda de un clarete de la Ribera que se deslizaba por el gaznate haciéndote cosquillas, desatascando todos los conductos para seguir con la manduca......, por fin, tras una pausa en la que sólo bebimos vino acompañado de pan blanco, apareció el “lechazo”. Medio corderito churro, dorado y crujiente, que nos  dejó hipnotizados. Un cuarto para cada uno repartido en cuatro tajadas, bien regadas con el jugo que las tiernas carnes del animal fueron desprendiendo mientras estuvo en el horno. Las jarras de clarete marchaban vacías y volvían rebosantes de un líquido de color ligeramente anaranjado, que cuando se vierte en el vaso chisporrotea de alegría, mientras los trozos de lechal iban desapareciendo en dirección a nuestros colmados estómagos. Finalmente, para relajo de nuestros ajetreados bandullos, una enorme fuente de natillas y una bandeja de canutillos de barquillos, puso el colofón al ágape. Naturalmente, después de semejante atracón, la sobremesa, entre cafés, copas y humo de puros, fue larga y coloquial, pero teníamos tantas cosas que contarnos después de tanto tiempo, que el tema que me tenía preocupado no salió a colación, pero tiempo habría, pues se avecinaba una larga noche tabernaria.

Respetando costumbres que ya se habían convertido en normas, no de obligado, sino de agradable cumplimiento, alrededor de las siete el grueso de la cuadrilla estaba reunido y dispuesto a iniciar el habitual recorrido por los bares, tascas y tabernas del pueblo, dejando que los efluvios del vino invadieran nuestras cabezas y llegaran a nuestros corazones y, por unas horas, nos hicieran olvidar la cotidiana sordidez de nuestro habitual quehacer.

Entre ronda y ronda, charlando, riendo y alguna que otra canción, la noche fue avanzando sin que apenas nos diéramos cuenta. Además al día siguiente era domingo, no había que madrugar y, por lo tanto, no había prisa, motivo por el que cada cual abandonaba la ruta báquica cuando, a su vez, le abandonaban las fuerzas, o las piernas se negaban a mantenerle en pie, o su voz se volvía demasiado estropajosa y la vista demasiado turbia. Nadie se sentía abandonado ni se pedían explicaciones. Cuando se pesca una buena cogorza, lo mejor es dormirla.

Como siempre solía ocurrir, al final tan sólo quedamos Quintín y yo, mano a mano y frente a frente. Llegaba la hora de los filósofos y del hiperbólico debate sobre la eterna cuestión: ¿Porqué?.

Creo que fue Herodoto quien hizo la siguiente afirmación sobre los persas:  “Después de bien bebidos suelen deliberar acerca de los negocios de mayor importancia”. No es que yo esté de acuerdo con semejante práctica, (tampoco soy persa), pero,......si lo dijo Herodoto de Halicarnaso sus razones tendría, ¡vamos, digo yo!. En todo caso no es mi intención enmendarle la plana.

Lo cierto es que aquella noche primaveral, que presagiaba un cercano verano, sentados en un banco de la Alameda, a la luz que nos proporcionaba un farol lejano, que las entrelazadas ramas de los árboles atenuaba, y con un inmenso firmamento estrellado sobre nuestras cabezas, la historia de sus amores con la Puri comenzó a salir de sus labios. Tan sólo bastaron unas pocas palabras:

-¡Bueno, Diego, al fin todo vuelve a ser como antes!.

-¡Eso lo dirás tú!

-¿Qué quieres decir?.

-¡Tú lo sabes muy bien!.

-¡Bueno!, está bien, verás..........Yo creo que nuestro Destino es como un libreto, está ya todo escrito y tan sólo nos queda interpretar el personaje que nos han asignado, de acuerdo con nuestra capacidad teatral, pero sin variar el texto. O tal vez se trate de un misterioso e incansable tejedor, que se dedica a tejer nuestras vidas y entretejerlas con las de los demás. Sino no se explica. Hace años que conozco a Puri y jamás mantuve una conversación con ella, nos limitábamos a saludarnos educadamente, cómo personas conocidas que somos, ya sabes, me refiero a nuestras familias. Si me hubiesen preguntado, la hubiese catalogado como una más de las muchas chicas estiradas del pueblo, que a los tíos cómo tú y cómo yo nos miran por encima del hombro-eso si nos miran-, además, era de las mayores, o sea que, aparte de vivir en el mismo pueblo, nuestros caminos transcurrían muy distantes. ¿Cómo llegaron a encontrarse?. Sólo se me ocurre una cosa, ¡estaba escrito, Diego, estaba escrito!.

Además, lo que se podría definir como nuestro primer tropiezo resultó de lo más esperpéntico, cuando lo oigas te vas a descojonar: Daba yo uno de mis solitarios paseos por la Alameda, cavilando sobre lo estúpido que resultaba ponerse a cavilar rodeado de tanta gente, cuando sentí que me llamaban: -“¡Quintín, Quintín!”-Era la voz de mi hermana Irenea, sentada a una mesa de la terraza del Casino, en compañía de su amiga Puri, haciéndome gestos con la mano para que me acercara-¿qué tripa se le habrá roto a la cursi de mi hermana?-pensé para mí, pues, como tú sabes, no es muy aficionada a exhibirse en público con el calavera de su hermano, pero, como también soy un caballero, me acerqué y las saludé cortésmente:

-¡Hola, chicas!, estoy encantado de veros con ese aspecto tan magnífico.

-Siéntate con nosotras que queremos preguntarte una cosa.

Tomé una silla y me dispuse a sentarme a su lado cuando un desesperado, pero corto, ladrido, que precedió a un lacerante dolor en mi tobillo derecho, me hizo dar un salto, al tiempo que soltaba un grito de dolor:

-¡Qué hostias.........!

Pude reprimir la segunda parte del denuesto al darme cuenta que en la acción de sentarme junto a las damas, de forma totalmente involuntaria-te lo puedo jurar-, pisé al perro faldero de la Puri, que estaba acurrucado debajo de la mesa. Era un perro pequeño, de esos que llaman de aguas, muy peripuesto, como recién salido de la peluquería, luciendo un collar al cuello y un ridículo lacito prendido entre las dos orejas, que mantenía muy tiesas, mientras me miraba con rencor y gruñía amenazadoramente enseñando los dientes, al tiempo que movía nerviosamente la cola, esmeradamente esquilada hasta el borde, con un blanco penacho como remate, semejante a la  de los leones, lo que le hacía aún más ridículo.

-¡Quieto, Cuco!, ¡estáte quieto!-. Le gritó su dueña, amenazándole con la mano abierta, sin que el chucho la hiciera el menor caso. Yo también miraba al perro, aguantando a duras penas los enormes deseos que me acometían de soltarle una patada con mi pierna sana y mandar al otro lado del paseo al susodicho Cuco.

-No te preocupes, Puri, no ha sido nada, creo que le he pisado sin querer.

Me disculpé, tratando de acariciar al perro, que casi me muerde también la mano en una clara demostración de la simpatía que le inspiraba.

-¡Ay, Quintín, no sabes cuanto lo siento. ¿Te ha hecho mucho daño?.......¡Recibirás una paliza, perro malo!-. Se lamentó la Puri, muy acongojada, interesándose por la mordedura.

Y así, con este ridículo episodio, empezó todo; aquellos dos colmillos clavados en mi enclenque canilla fueron el motivo por el que, a partir de aquel día, nos poníamos a charlar cada vez que nos encontrábamos. Por cierto, te quería preguntar una cosa.

-Tú dirás.

-Cuando vas por ahí tu solo, conmigo o con la cuadrilla, ¿te apercibes de la gente que pasa a tu alrededor?.

-Más bien me trae sin cuidado. ¿Porqué me lo preguntas?.

-Porque no puedes hacerte ni idea de la de veces que, desde aquel tropiezo, nos encontramos por la calle la Puri y yo.

-Vamos, que con el roce vino el goce. ¿Es eso lo qué me quieres decir?.

-Llámalo como quieras, ya sé que te estás burlando, pero lo cierto es que enseguida se estableció entre nosotros una corriente de afinidad sensitiva que nos impulsaba el uno hacía el otro. Primero fueron charlas insustanciales en encuentros aparentemente casuales por la Alameda, en el Casino o en alguna cafetería, pero, al poco, nos buscábamos y acabamos necesitando estar a solas.

-¡Claro!, cómo dos tortolitos. ¿Y dónde habéis montado vuestro nidito?, pues los dos vivís con la familia y tú ni siquiera tienes coche.

-Yo no, pero ella sí, de modo que yo cojo un autobús hacia las afueras y ella me recoge al final y nos vamos lo más lejos posible. Bueno, a veces también subo a su casa, pues el Fede viaja con frecuencia y los niños están en el colegio.

-Bonito montaje, Quintín, digno de la Corín Tellado, pero, dime, ¿tú crees que este tinglado puede mantenerse mucho tiempo en pie?. ¿Te has preguntado qué pasará cuando todo salga a la luz, que no tardará mucho?.

No, no se lo había preguntado, vivía en plena locura de amor o en plena borrachera de sus sentidos. Pero, ¿y ella?. ¿Porqué una chica como la Puri, de buena familia y en buena posición social, se había lanzado a una pasión tan desenfrenada, que podía dar al traste con toda su vida en un momento?. Era preciso averiguarlo, me daba en la nariz que ahí estaba el quid de la cuestión. De todas formas, nunca pensé que mí amigo Quintín fuese capaz de despertar pasiones tan tempestuosas entre nuestras vecinas.

Pero después la pureza

De la su fulgente cara

Se me demostró tan clara

Como fuente de belleza 

La verdad es que la Puri, físicamente, no estaba nada mal, lo que más destacaba en ella era una tez muy blanca y cuidada, unos ojos azul claro, que miraban con dulzura, y un cabello castaño claro, muy satinado y largo, que refulgía a la luz del sol. Además su figura, a pesar de haber sido madre por tres veces, seguía siendo esbelta y de buena estatura, algo superior a la de la mayoría del grupo en el que se movía. Porque, ya se sabe, en los pueblos como el nuestro sus habitantes se mueven en grupos: de niños, de jóvenes, de mozos, de adultos, de viejos; más o menos heterogéneos, pero, eso sí, los sexos siempre separados. Socialmente pertenecía a la clase media alta, y su familia era conocida y bien considerada. Educada con las monjas teresianas, yo la recuerdo ya veinteañera, siempre sentada en las terrazas de la Alameda en compañía de sus amigas, entre las que se encontraba la hermana de mi amigo Quintín. Después la vimos saliendo con el Fede, recién salido de la Academia de Zaragoza, luciendo su uniforme y su dorada estrella de alférez, con el que acabó casándose al cabo de  unos años y quien la hizo madre de tres hijos. ¿Quién sino?.

O sea, una biografía plana y monocolor, sin subidas ni bajadas, ni grandes sobresaltos. Como corresponde vivir a las gentes de la  buena sociedad y de buenas costumbres, que cumplen respetuosamente con las reglas que la rigen. Y ahora, de repente, aparece Quintín, un rebelde, un iconoclasta que no acepta las reglas del juego y se lía con ella, lanzándose a un mundo marginal de pasión, muy sublime, tal vez, pero completamente contrario a lo que la sociedad considera  correcto. No tenían ningún porvenir, o volvían a la normalidad, acabando con esa relación tan inadecuada, o lo pasarían muy mal cuando saliera a la luz y se convirtieran en el objetivo de la ira y la incomprensión de todo el círculo social en el que, hasta el momento, se habían desarrollado sus vidas. Estas debían de volver a separarse, tanto él como ella debían entenderlo así.

Todo esto discurría por mi cabeza mientras me disponía a iniciar mi dominguera jornada. Aunque no pasé de soldado raso, había diseñado una estrategia digna de un general. Era preciso atacar de frente y por sorpresa, sin dar tiempo al enemigo a darse cuenta de lo que se le echaba encima. Si lo conseguía, su resistencia quedaría desarbolada a la primer embestida.

Me puse a pasear por las inmediaciones del domicilio de la Puri, oculto por las páginas desplegadas de nuestro diario local, más parecido, ciertamente, a una hoja parroquial, pero no leía, acechaba.

Tuve suerte, a eso de la una, la Puri, esmeradamente endomingada, salía sola de su portal. Sin duda, por lo concentrado de su semblante y su paso apresurado, acudía a una de sus amorosas citas. Esperé que doblara una esquina y la abordé:

-Un momento, Puri, ¡espera!-. Se detuvo en seco y me miró asustada.

-¿Qué haces tú aquí?.

-Escucha, Puri-arremetí sin rodeos-no sé que clase de locura os ha acometido a Quintín y a ti, pero tiene que acabar.

¡Había vencido!, en su rostro se reflejó una sorpresa que apenas la dejaba hablar, mientras un subido color púrpura invadía sus blancas mejillas, confiriendo a su cara un aspecto mucho más juvenil.

-Pero-balbució-cómo sabes.....

-Lo sé todo, anoche me lo contó, ya sabes que entre nosotros no hay ningún secreto, ni siquiera el vuestro. Pero no te preocupes, es un secreto entre los tres, al menos de momento.

-Pero, ¿Quintín te ha mandado.........?.

-No, Quintín no sabe que he venido a verte. Mira, Puri, he sido yo quien ha decidido pensar por los dos, y si es necesario por los tres, e intentar poner fin a este desatino, porque, dime, ¿eres consciente del follón que vuestro amoroso enredo puede provocar y de las consecuencias que puede tener?.

-¡No me hables así, Diego!. Tú no conoces mis sentimientos.

-Pues mira, a eso he venido, a hablar contigo, a que me lo expliques, a ver si consigo entender como has podido liarte de esa manera con Quintín.

-El también me quiere-. Protestó con la voz quebrada, casi a punto de echarse a llorar.

-Te quiere o está encoñado, que es lo más probable, aunque en estos momentos le tengas tan deslumbrado que no sepa diferenciarlo. ¡Tú sabrás lo que le has dado!.

-¡Ay!, Diego, tú ya me has declarado culpable. Pero no puedes hacerte idea de las sensaciones que me han ido embargando desde que conozco a Quintín, bueno, quiero decir desde que estamos juntos. Mira, yo he sido una hija sumisa, una novia honesta, una esposa complaciente y una madre abnegada, y lo sigo siendo, no pienses, pero ahora, con Quintín, me siento mujer y amante. Por primera vez en mi vida, puedes creerlo.

Su semblante seguía sofocado, pero ahora su voz sonaba apasionada, sus ojos chispeaban y la luz del sol arrancaba brillantes destellos a sus sedosos cabellos. Realmente su imagen era la de una mujer hermosa dominada por la pasión. No pude por menos que pensar en lo afortunado que debía de sentirse el objeto de aquella pasión, o sea, mi amigo Quintín. Pero yo volví a la carga.

-¿Me estás diciendo qué lo tuyo con Fede no funciona?.

-¡No es eso, no es eso!. Funciona, pero es otra cosa muy distinta. ¿Cómo te lo explicaría?. Fede, bueno mi marido, es una persona muy considerada en todo, siempre tan correcto, tan digno, tan....tan distante y disciplinado. Nunca se altera, ni siquiera con los niños. Siempre es lo mismo, como el tic-tac del reloj, que acaba poniéndote de los nervios. Todo lo contrario que Quintín, tan sensible y tan imprevisible al mismo tiempo.......

-Vamos, que el circunspecto de tu marido es un coñazo y con Quintín vives la vida, si a lo que hacéis a escondidas de todo el mundo se le puede llamar vida. Yo más bien lo llamaría gozo clandestino o de contrabando, y, ya sabes, a los contrabandistas cuando los pescan los meten entre rejas, ¡ah!, y separados, no te vayas a creer. Y, yo te pregunto, ¿entonces, qué?. Vamos, Puri, confórmate con esta experiencia y vuelve a tu antigua forma de vida antes de que sea tarde para los dos. Yo me voy, no vaya a ser que llamemos demasiado la atención. Piénsatelo. ¡Hasta la vista!.

Me di media vuelta y me alejé, sintiendo como su mirada, llena de dudas, me perseguía hasta que doblé  por la primera bocacalle. Aquella fuga formaba parte de la estrategia, no fuera a ser que ella se lanzara al contraataque.

Confiemos

en que no será verdad

nada de lo que sabemos.

¿Será cierto, cómo dice mi amigo, que el Destino está escrito?. ¿Qué sólo somos unos simples figurantes sin ninguna capacidad para alterar lo que va a acontecer y tan sólo nos es dado  contemplarlo?. Reconozco que  mi estúpido orgullo me ha llevado, en ocasiones, a creerme el eje de todo lo que ocurría a mi alrededor. No sé sí, por suerte o por desgracia, he tardado poco tiempo en darme cuenta de mi error. Ahora soy un escéptico, o sea, lo que tenga que sonar sonará.

¡Y sonó!. Al poco tiempo de mi charla con la Puri el Destino intervino en el desenlace de esta historia. En realidad, fue el Alto Mando Militar quien ascendió a comandante al capitán D. Federico Güemes-esposo de la Puri- y lo destinó a una de nuestras colonias africanas. Justamente la misma en la que acababa de pasar quince meses de mi vida. No le quedó más remedio, al nuevo y flamante comandante, que empaquetar todas sus pertenencias, esposa e hijos incluidos, y largarse a su nuevo destino. ¿O debiera decir Destino?.

Otra noche de sábado, ya en pleno verano, después de nuestro habitual tasqueo con la cuadrilla, Quintín y yo, tal vez sentados en el mismo banco de la Alameda donde me confesó sus amorosas cuitas, reanudábamos nuestras filosóficas meditaciones. De mis labios salió la siguiente reflexión:

-Si Amor aún te tiene encadenado, en Melilla tienes el Tercio Gran Capitán, 1º de la Legión, puedes ir a alistarte.

-¡Y tú a perderte en el Averno!.

La claridad de la aurora comenzaba a anunciarse por donde siempre lo hace cuando sale el sol.

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6.-UN TROPEZÓN DE ESCÁNDALO

Amigo Diego: ¡Qué escándalo!. Supongo que el calor del verano, que está en su pleno apogeo, algo ha intervenido en el desarrollo de los hechos; sea cual fuere la causa, estos han dado lugar a una encadenada sucesión de estrepitosos escándalos, que han llegado a alterar la alertagada conciencia de nuestros conciudadanos, que ahora nos miran indignados-a mí y a Félix, que hemos sido los protagonistas- (bueno, y a toda la cuadrilla en general), y nos

llaman de todo -desde maleantes hasta pervertidos, pasando por desvergonzados, descreídos, irresponsables y otras cuantas lindezas por el estilo-, claro que en algunas de esas miradas tan indignadas con las que intentan fulminarnos,  no deja de brillar un puntito de envidia o de admiración -¿tal vez de las dos cosas?-. Lo cual, dependiendo de cómo se mire, no deja de ser un motivo de satisfacción.

Pero, pasemos a los hechos:

Como ya bien sabes, desde hace algunos años, a principios de agosto llega a nuestra ciudad una oleada de franceses y francesas-todos jóvenes-con dos  objetivos principales, estudiar nuestro idioma y divertirse (no se ha llegado a determinar en cual de las dos cosas ponen mayor entusiasmo). Además,  con ellos también entra una brisa, fresca y ligera, que alegra y transforma el anodino ambiente, monótono y aburrido, tan característico de nuestro querido pueblo, aunque muchos de nuestros vecinos vean en la llegada de esta bulliciosa y desinhibida tropa una auténtica piedra de escándalo. En especial, como te puedes imaginar, en las chicas, que fuman y beben con total descaro y casi van medio desnudas. ¿A dónde vamos a ir a parar?, se preguntan  escandalizados, particularmente, como también te puedes imaginar, las mujeres.

Claro que para nosotros, los de la “Cuadrilla del Tropezón”, esta juvenil invasión nos ofrece impensadas alternativas, como por ejemplo ir de chateo en compañía femenina, pues la mayoría de estas francesas no tienen inconveniente en recorrer con nosotros “la senda de los elefantes”, e incluso se pagan su correspondiente ronda. Tal como mandan los cánones.

Naturalmente, en este mes de agosto la cuadrilla no está al completo, pues todo el mundo tiene derecho a hacer vacaciones, pero los que quedamos hacemos lo que podemos, ¡qué no es poco!. ¿Te imaginas, amigo Diego, la cuadrilla al completo, o sea, los catorce miembros, incluyéndote a ti, naturalmente, recorriendo los bares, tascas, tabernas, ventas, ventillas y ventorros de la senda de los elefantes, acompañados de catorce alocadas francesitas, bebiendo vino a destajo delante de las narices de nuestros escandalizados vecinos?. Acabaríamos todos en la hoguera, ¡seguro!. 

A Félix y a mí nos faltó poco. Pero vayamos por partes, Félix, el ”Ferroviario” (apodo que le viene de cuando su padre era Jefe de Estación de la RENFE, pues él sigue siendo el eterno estudiante que todavía no ha pegado un palo al agua), está pasando en el pueblo los meses de vacaciones, como siempre, y se ha convertido en una especie de mi “alter ego”, o sea que lo tengo pegado a mí persona día y noche, más de noche que de día.

El pasado viernes, por la tarde, ante nosotros se abría el amplio y prometedor horizonte de un largo fin de semana que estábamos dispuestos a aprovechar, de modo que iniciamos la ruta en la confianza de que, más tarde o más temprano, alguien se nos uniría. Pronto tuvimos compañía, pero no la que esperábamos. Ibamos por la tercera ronda cuando, al salir del bar “Flor”, casi tropezamos con dos francesitas muy peripuestas y acicaladas; Félix, con su habitual desparpajo y ese gracejo que tan bien ha adquirido en no sé cual universidad de la capital, les soltó una guarrería:

-¡Vaya par de tías con tetas!.

Pensando-imagino-que no le iban a entender. Pero le entendieron, ¡vaya si le entendieron!.

-¡Español grosero! ¡Bocazas!.

Le soltó la más alta de las dos, encarándosele y mirándole con muy mala leche. Félix, durante unos instantes, se quedó cortado, la otra francesa y yo permanecíamos mudos como estatuas de piedra. Por fin el “Ferroviario”, haciendo gala de sus recursos dialécticos reaccionó.

-¡Bueno, mamoiselle, no te pongas así!, donde dije tetas quería decir poitrines y ¡vive le France!.

El rostro de la francesa se distendió, la que había permanecido muda soltó una carcajada. Entonces se me ocurrió intervenir a mí:

-¿Porqué no tomamos unas copas para firmar la paz?.

Entramos en el siguiente bar, el “Ideal”; la más alta permaneció al lado de Félix, se llamaba Clotilde, aunque afirmó que todo el mundo la llama Clot, la que había soltado la carcajada se quedó a mi lado, se llamaba Margot.

Seguimos con el “chateo” y el “tapeo”. Tapa tras tapa y copa tras copa fuimos avanzando por la “senda de los elefantes” cada vez más eufóricos, cada vez más borrachos. Félix, ligeramente más bajo que Clot, la llevaba cogida por la cintura, yo a Margot casi le sacaba la cabeza, por lo que pronto descansé mi brazo derecho sobre su hombro. ¡Ah!, y cada ronda la sellábamos con un espectacular beso en.......¡la boca!.

Te lo puedes imaginar, la gente se nos quedaba mirando escandalizada, las mujeres mayores se santiguaban y hasta nos soltaban algún que otro epíteto muy poco edificante, pero ni las miradas, ni los gestos, ni los adjetivos consiguieron alterarnos lo más mínimo. Nosotros a lo nuestro, que la vida es como una copa que hay que apurar hasta el fondo, ¡sin dejar ni gota!.

Tampoco dejamos de visitar alguna de nuestras elegantes cafeterías de la Alameda; en la terraza de una de ellas, como de costumbre, se encontraba mi hermana, que se hizo la sueca, con su grupo de amigas, que nos miraban como si fuéramos unos aparecidos. Yo también me hice el sueco, pero tuve que realizar grandes esfuerzos para ahogar  la gran carcajada que me subía por la garganta; Félix, mucho más guasón que yo, les dedicó una gentil reverencia, llevándose su mano libre a la frente.

Por cierto que en el “Oro del Rhin”, Leoncio, el maître, tan cortés y respetuoso, también como de costumbre, nos sugirió, casi en un susurro, que fuéramos más comedidos, pues estábamos dando un escándalo.

-¡Se lo digo por su bien!-afirmó muy convencido.

Pasadas las diez, con los estómagos bastante ahítos, los ánimos muy exaltados y la pasión muy encendida, hicimos nuestra aparición en el “Patillas”, bar flamenco por antonomasia (y también por ser el único), de nuestro austero pueblo castellano.

El local estaba a tope y el ambiente también, la acogedora noche veraniega invitaba a la fiesta. Franceses y españolas, españoles y francesas, confraternizaban abarrotando el local, repartidos por las mesas, agrupados en la barra o en torno al guitarrista, que rasgueaba delicadamente las cuerdas de su guitarra, sentado en un taburete, delante de una fotografía bastante grande de Andrés Segovia (su maestro, según aseguraba el propio guitarrista), aunque, de momento, el bullicio de las voces y las risas apenas permitía captar el sonido de las notas.

Decidimos abandonar el vino tinto y pasarnos a la manzanilla-de Sanlúcar, por supuesto-. Una botella para empezar. Unos amigos franceses de Clot y Margot nos hicieron sitio, de modo que Félix se apretó contra Clot y yo contra Margot, para ocupar el menor posible. La botella de manzanilla se vació con una rapidez inusitada, por lo que tuvimos que pedir otra. Santos, el guitarrista-viejo conocido, y creo que  pariente tuyo-, nos divisó, mandándonos un saludo con la mano. Le correspondimos y aproveché para gritarle:

-Arráncate por seguidillas, a ver si se anima esto un poco.

El rasgueo de la guitarra, con el micrófono conectado, inició unas animadas seguidillas, que la concurrencia se puso a acompañar con un desacompasado batir de palmas, capaz de destrozar el más delicado de los tímpanos. Félix, desprendiéndose de Clot, se quitó la chaqueta y se puso a taconear en el centro de un pequeño tablao, con una mano en la cintura y la otra levantada, haciendo juego con la muñeca y moviendo los dedos. Todos le jaleaban entusiasmados, gritándole ¡olé, olé!, batiendo las palmas aun con más fuerza si cabe. El guitarrista, imperturbable, seguía rasgueando las cuerdas de su guitarra como si allí no pasara nada.

Ibamos por la tercera botella cuando me entraron unos irrefrenables deseos de cantar:

-Santos, vámonos por Angelillo- y, levantándome, agarré el micro colocándome en el centro del tablao. -“Por el camino verde”- pedí, volviéndome hacia la concurrencia, que me dedicó una cerrada ovación. Como a los toreros cuando saludan desde el centro de la plaza.

Santos, imperturbable, me dio la entrada. Yo, con el micrófono agarrado con la mano derecha y la izquierda a la altura de la boca, con el pulgar y el índice juntos, comencé:

Por el camino verde,

camino verde,

que va a la ermita,

las flores se han secado,

lloran de pena

las margaritas.. etc. etc. etc.

Félix me jaleaba: -¡Ele el cante jondo! ¡qué grande eres, Quintín!-. Margot, puesta en pie, gritó enardecida: -¡Viva la madre qué te parió!-.

Cuando acabé hice una profunda reverencia. El auditorio, entusiasmado y puesto en pie, aplaudía y gritaba: -¡Bravo! ¡Bravo! ¡Otra! ¡Otra!.........

Yo, sin soltar el micro, señalé al guitarrista, que seguía imperturbable:

-Pido otra ovación para el maestro.

Los aplausos y el bureo que se armó fueron ensordecedores, Santos dibujó una torcida sonrisa en su imperturbable rostro, al tiempo que me lanzaba una mirada asesina y me soltaba por lo bajines: ¡Esta me la pagas, Quintín!.

A partir de este momento el jaleo fue imparable, todo el mundo quería bailar y cantar flamenco. La manzanilla corría a raudales. Clot, sentada sobre las rodillas de Félix, le daba de beber directamente de la botella, como si fuera un biberón. Margot, colgada de mi cuello, no dejaba de besarme y repetirme: -¡Viva la madre qué te parió!- aunque en realidad sonaba “paguió”, lo que le daba cierta gracia. ¡Todo el mundo estaba borracho!.

La embriagadora noche veraniega debía estar disfrutando de lo lindo, a la vista de la que se había armado, pero le quedaban las horas contadas. A eso de las cuatro, cuando la concurrencia había disminuido mucho, hizo su aparición el sereno, con su gorra de plato, su manojo de llaves y su chuzo, y se puso a hablar muy en secreto con el dueño. Este no dejaba de asentir con la cabeza a cuanto le decía, hasta que, finalmente, metió la mano en el cajón y le alargó algo muy disimuladamente al vigilante, quien, después de metérselo en el bolsillo, abandonó el local sin decir ni pío. El dueño se dirigió a los supervivientes, bastante apaciguados a estas alturas de la noche:

-Lo siento mucho, pero tenemos que cerrar, sino me va a caer una multa gubernativa de cinco mil pelas.

La fiesta había terminado, de modo que abandonamos el “Patillas” más o menos como habíamos llegado. ¡Muy abrazados!. ¿A dónde podíamos ir a semejantes horas?. El “Ferroviario” sugirió la cantina de la estación, pero quedó descartada por quedar un poco alejada y, posiblemente, estar cerrada. –¡La Churrería!-exclamé-, abren a las cinco-. Faltaba poco, además quedaba cerca de la pensión de nuestras compañeras de fatigas. Hacia ella nos dirigimos, bien abrazados y un tanto tambaleantes. Afortunadamente a esas horas sólo circulaban por las calles noctámbulos en condiciones bastante parecidas a las nuestras, por lo que pasamos bastante desapercibidos.

Los churros y el chocolate obraron el milagro de reponer parte de las energías que tan alegremente habíamos despilfarrado durante la noche; nuestros rostros, bastante lívidos después del alcohol trasegado, volvieron a encenderse ligeramente. El milagro se completó con las copitas de “sol y sombra” que siguieron al chocolate y los churros (a las francesas esta mezcla de coñac y anís dulce-que por cierto no conocían-les encantó).

Abandonamos la churrería con los cuerpos muy recuperados, dispuestos a apurar hasta el último segundo de aquella sorprendente noche de verano. Estaba amaneciendo; el sol, naciente y poderoso, expulsaba a toda velocidad las sombras que habían dominado la noche. Nos miramos, supongo que para reconocernos a la luz del nuevo día. Nos volvimos a abrazar, riendo a carcajadas.

Lentamente, de nuevo entrelazados nuestros cuerpos, atravesando el Arco de San Damián, por la Subida de los Peregrinos, encaminamos nuestros pasos hacia la pensión donde se hospedaban Clot y Margot. Los numerosos bares de la zona permanecían con las puertas descortésmente cerradas.

A su pensión no podíamos subir, de modo que había llegado el momento de la despedida. Para alargarla un poco más nos fuimos a sentar en las escalinatas del cercano atrio exterior de la iglesia de San Damián, cuyas puertas permanecían cerradas. Félix y yo recostados sobre la dura pared de secular piedra sillar, Clot y Margot sentadas sobre nuestras respectivas rodillas, abrazadas a nuestros respectivos cuellos. Estábamos como en la gloria. Tal vez por eso no nos apercibimos de que por la calle empezaba a pasar gente que se nos quedaba mirando con los ojos muy abiertos, ni tampoco de que uno  de los postigos de las puertas del templo se entreabrió y una figura con sotana nos estuvo observando unos instantes, volviendo a cerrarlo precipitadamente. Nosotros estábamos a lo nuestro.

De lo nuestro nos sacó, repentina e inesperadamente, el aullar de una sirena. Un “jeep” de la Policía Armada se detuvo delante de la iglesia, descendieron dos “grises”, metralleta en mano y nos echaron el alto, apuntándonos:

-¡Manos arriba, quedan todos detenidos!.

Esta vez el que reaccionó-como casi siempre ocurre en situaciones extremas-fui yo. Sin perder la calma ni hacer un solo movimiento, contesté:

-Detenidos nosotros, ¿porqué, de qué se nos acusa?.

-Escándalo público, conducta inmoral y profanación de un recinto sagrado. Vamos, en pie y arriba las manos!-nos conminó uno de los números, haciendo un gesto amenazador con su arma.

-No estamos haciendo nada malo, además éste no es un recinto sagrado, es un espacio público,........además, estas dos señoritas son ciudadanas francesas y están invitadas por nuestra ciudad.

El número que nos apuntaba pareció dudar un poco, pero su  compañero, con los galones de cabo sobre la manga, intervino gritando:

-Basta de historias. Todo eso se lo cuentan ustedes al comisario, suban a la furgoneta sino quieren que les subamos nosotros a la fuerza.

-¡Está bien, está bien!-me rendí-pero les advierto que soy cuñado del general Arconada.

A pesar de mi último y fallido argumento, ante tan escasa alternativa no tuvimos más remedio que acomodarnos los cuatro en los asientos traseros de la furgoneta; al menos tuvieron la delicadeza de no ponernos las esposas.

Durante el tiempo que duró esta escena, un grupo de curiosos-no muy numeroso, pues aun era muy temprano-se había ido congregando en el lugar del suceso, manteniendo una prudente distancia por lo que pudiera ocurrir. Pero aun siendo pequeño el grupo, siempre se encuentra alguna cara conocida que se te queda mirando entre curiosa y complacida. ¡Es el tributo que tenemos que pagar los personajes célebres como nosotros, amigo Diego!. 

El comisario de guardia, naturalmente, nos conocía; tanto a Félix como a mí, pero más a mí y más todavía a mi cuñado el general. “Estamos salvados-pensé-este tío no creo que se atreva a hacernos nada”. Nos tuvieron un buen rato sentados en los bancos de la entrada, siempre en presencia de un número, pero ya sin metralleta. Por fin el comisario nos hizo entrar a su despacho a Félix y a mí:

-Quintín, tienes una rara habilidad para meterte en los peores berenjenales; en cuanto a ti, Félix, cuando se entere tu padre, se va a llevar uno de los peores disgustos de su vida. ¡Parece mentira!, sois la vergüenza de vuestras familias y de la ciudad entera.

-Pero si no......-me atreví a intervenir.

-No hay peros que valgan, Quintín. Aquí están los hechos-señalando con el dedo unos cuantos folios escritos a máquina-. Os han denunciado varios vecinos y, por si fuera poco, el coadjutor de la parroquia, que os vio con sus propios ojos: Realizar actos obscenos dentro de un recinto sagrado. Os tendría que meter a los cuatro en la cárcel, pero en atención a la amistad que me une con vuestras familias,  en especial con tu cuñado, el general, y como tampoco quiero montar un incidente diplomático con nuestros vecinos los gabachos, voy a tratar de que el asunto alcance la menor trascendencia posible. A vosotros dos os impongo una multa gubernativa de quinientas pesetas y vuestros nombres serán hechos públicos en la próxima “Hoja del Lunes”. Firmad aquí los dos y desapareced los cuatro de mí vista. ¡Si os vuelvo a ver por aquí os juro que os empapelo de verdad!.

“¡Joder, cómo se las gasta este comisario!-pensé-, lo malo no son las quinientas pesetas, lo malo es lo de la “Hoja del Lunes”, que todo el mundo la compra para enterarse de los resultados de los partidos y la lista de los gamberros que ha multado el Gobernador Civil. ¡Menuda se va a armar!”.

¡Ya ves, amigo Diego, los que luchamos por romper los corsés que nos oprimen padecemos persecución de la justicia!.

En la próxima te contaré las andanzas de los cuatro durante el sábado y el domingo.

¡A ver cuando acabas esa puta mili!. Quintín.

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7.-UN TROPEZON EN LA GLORIA

Antes de comenzar el relato de aquella ajetreada noche de juerga, a mis hipotéticos, aunque muy queridos lectores, debo aclarar que el pueblo donde han ido transcurriendo las peripecias de los integrantes de “La Cuadrilla del Tropezón” no es tal pueblo-seguro que más de uno ya lo ha adivinado-sino la capital de una de las provincias del norte de la meseta castellana, famosa especialmente por su catedral, la estación de la RENFE y la estación invernal.

Una pequeña ciudad provinciana, donde la vida de sus ciudadanos transcurre tranquila y transparente, más o menos como las aguas del río que la atraviesa. Claro que, como las aguas de los ríos, a veces los sentimientos de las personas se desbordan y la aparente calma se va al garete, dando violentamente paso a las más desatadas pasiones. Naturalmente, como suele ocurrir en los desbordamientos, las aguas acaban volviendo a su cauce, y los desatados sentimientos recuperan su anterior tranquilidad.

Todo lo que a continuación se relata, bastante parecido a un desbordamiento, ocurrió en las postrimerías de un día del loco febrero y los comienzos del siguiente, tan fríos como sólo pueden serlo en Burgos; de aquellos en que se te congela hasta el aliento sino llevas una buena bufanda tapándote la boca. Días en los que se puede afirmar solemnemente que “caen chuzos de punta”. No es de extrañar, por lo tanto, que algunos burgaleses-los de “La Cuadrilla del Tropezón” concretamente, no quiero generalizar ni que nadie se dé por aludido-para combatir tan gélidas temperaturas se metan entre pecho y espalda unas cuantas rondas de vino, ya sea el “churrillo” de la Ribera, el blanco de Rueda, el tinto de Rioja o la manzanilla de Sanlúcar. (Aunque lo ideal sería compartirlos todos). Pero, claro, al final pasa lo que pasa:

El bar “La Gloria” lo anunciaba un farolillo rojo que permanecía encendido gran parte de la noche, lanzando tenues y anaranjados destellos y se encontraba en el número 13 de la calle de “Los Condes de Castilla”. Estaba situado casi al mismo nivel que el afiligranado cimborrio de la catedral, aunque desde dentro no se le podía ver, pues la puerta de entrada, de madera oscura y maciza,  permanecía siempre cerrada, y la única ventana del local, con los cristales emplomados, sólo se abría para que se ventilase por las mañanas, mucho antes de que se abriese a la clientela, que empezaba a aparecer con la caída de la tarde. El bar “La Gloria”, como el avispado lector habrá podido adivinar fácilmente, era un local de alterne; allí se iba a beber y a charlar con la Gloria, su dueña, o con alguna de las chicas que frecuentaban el local, a la espera de que  algún lanzado paisano, entre copas, risas y algún que otro magreo, les solicitara servicios todavía más íntimos, naturalmente mediante acuerdo comercial previo, aunque las tarifas, sin ser públicas, eran bastante conocidas por la mayoría de los parroquianos.

En realidad, en el barrio del Castillo, situado en la parte antigua y alta de nuestra vieja ciudad castellana, en el que se encontraba la calle de “Los Condes de Castilla”, estaban ubicados los cinco o seis bares de alterne que la autoridad competente permitía funcionar sin que la estricta moral imperante se resintiera en exceso, ni nuestros conspicuos conciudadanos se escandalizasen en demasía. Para mayor comodidad de su habitual parroquia se hallaban todos muy próximos, alguno más en la misma calle y el resto en las callejuelas que ascendían hacia los restos de la muralla del derruido castillo medieval.

Normalmente, los clientes que atravesaban la maciza puerta del bar “La Gloria”, tanto al entrar como al salir, no se sentían atraídos ni impresionados por la monumental imagen que les ofrecían las góticas torres de la  catedral y su cimborrio, que casi estaban al alcance de la mano. Iban en busca de otros alicientes más palpables todavía. Al menos, eso era lo que nos pasaba a los miembros de la “Cuadrilla del Tropezón” que, ocasionalmente, abandonábamos la tradicional ruta de los elefantes y nos aventurábamos por los bares del barrio de “El Castillo”, dejando el de la Gloria para el final. (Si tuviera que explicar la razón de esa preferencia, no sabría como hacerlo, aunque haberla la hay, como pronto se verá).

La Gloria, era una mujer más cercana a los cincuenta que a los cuarenta, muy voluminosa en sus redondeadas formas, con el pelo teñido de rubio pajizo y la cara siempre cuidadosa y excesivamente maquillada; en sus rollizos brazos, dedos y cuello lucía una indescriptible profusión de brazaletes, aros, sortijas y collares que le conferían un aspecto casi mitológico, de faraona o algo así. La Gloria llevaba ya muchos años en el negocio del sexo; como ella misma decía: “había empezado desde abajo como en los bancos, de botones y haciendo de todo. Pero había sabido labrarse una posicioncita, no como otras.....”, concluía, lanzando una desdeñosa mirada hacia alguna de sus antiguas pupilas, sentadas al otro lado de la barra intentando currarse algún cliente. En realidad, hasta tiempos muy recientes, todo aquel  viejo edificio donde ahora está el bar había sido un burdel, conocido como “El trece”, en el que la Gloria había ejercido de “madama”, teniendo bajo su tutela a alguna de las que ahora acudían a su bar para seguir practicando su viejo oficio.

Los tiempos habían cambiado mucho. En el nuevo amanecer de España no había cabida para el vicio ni la relajación, por eso, la prostitución fue prohibida por  decreto pero, ¡claro!, el hombre es débil y el cuerpo, a veces, se vuelve muy exigente....Por esa razón seguían funcionando el bar de la Gloria y unos cuantos más, para que el cuerpo, de vez en cuando, se tomase un respiro.

Era un 11 de febrero y yo cumplía 20 años. Además, hacía un frío asesino y el cuerpo me pedía jarana. Estuve celebrándolo con la cuadrilla, tomando nuestros acostumbrados vinos por la tradicional ruta de los elefantes, hasta que, a eso de las ocho, ya muy oscuro todo, acompañado del inevitable Quintín y del imprescindible Valentín, más conocido como el Jabato, encaminamos nuestros alegres, pero todavía firmes pasos, hacia el barrio del Castillo, en busca de algo que nos hiciera sentir más realizados.

En estos bares del Castillo  acostumbran a servir vinos blancos, finos o amontillados, principalmente los cordobeses de Moriles y Montilla, o la manzanilla de Sanlúcar, servidos, eso sí, en las típicas “cañas catavinos”, que dejan apreciar su olor y su color antes de echárselos uno al coleto; los tintos y claretes que la cuadrilla trasiega habitualmente están considerados peleones y de poca clase; claro que junto con la copa te sirven un platito de almendras, gambas saladas, aceitunas rellenas, o morro de cerdo muy frito, que vienen muy bien para acompañar el fino e, incluso, ayudan a matar un poco el gusanillo y, si la cosa se tercia, te animan a repetir la ronda.

El ambiente de estos bares se presta fácilmente no sólo a entablar palique con las chicas que ejercen en ellos su carrera (algunas no tan chicas), también, con la inestimable ayuda de los finos, por la más mínima se monta una pequeña fiesta flamenca, pero por todo lo alto, a base de “cante jondo der  gueno”, jaleado con palmas y olés y, en algún caso, acompañado con guitarra.

Si anteriormente me refería al imprescindible Valentín, se debe a que el Jabato (apenas si le llamábamos por su nombre de pila) era, dentro de la cuadrilla, el cantante oficial de flamenco (Quintín también, como ya se vio en alguna de sus peripecias, pero su especialidad es Angelillo). Al Jabato, cuando le pega al fino no hay quien le pare; cuando menos te lo esperas (en realidad lo estamos esperando todos desde la primera copa), se arranca por el Porrina de Badajoz, el Caracol, Pepe Pinto, la Niña la Puebla o Rafael Farina y le da a los fandangos, fandanguillos, milongas, soleares, malagueñas seguiriyas y lo que haga falta. De Farina, su canción favorita es “Vino Amargo”, aunque se la reserva para el final de la fiesta en casa la Gloria, en donde acostumbra a estar el Curro, un castellano reconvertido en flamenco, que rasguea la guitarra al más puro estilo andaluz. También, si no “está ocupada” con algún cliente, encontramos a la Socorrito, una morena menuda, nerviosa y con buen tipo, que habla con un marcado acento del sur, eso que llaman “gracejo andaluz”, aunque ella, en momentos un tanto íntimos, reconoce haberse criado en el Hospicio Provincial de nuestra ciudad hasta los trece años, en que la pusieron a servir en casa de unos señores muy estirados y exigentes, que la tuvieron como sirvienta doméstica, a cambio de la comida, la cama y algo de ropa que le pasaba la señora, hasta que, a los diecisiete, cuando la pérdida de su virginidad se hizo demasiado patente, la pusieron de patitas en la calle, lanzándola toda clase de improperios, junto con su exiguo bagaje y su incipiente barriga. Abandonada por segunda vez a su destino, casi, de nuevo, como la primera, se encontró en la calle sin saber muy bien donde ir, pero con la firme determinación de no volver al hospicio. Como un puerto de salvación encontró el trece de la calle “Los Condes de Castilla”, donde se puso a servir, ahora bajo la tutela de la Gloria, hasta que, después del parto, recuperada su esbelta y juvenil figura,  la inició en los secretos del sexo, pasando de criada a pupila y haciéndose pronto con una clientela adicta y numerosa que, una vez descontada la parte que le correspondía a la Gloria como propietaria del negocio, comenzó a percibir unos emolumentos que la permitieron atender a la crianza y educación de su hija, a la que acabó metiendo interna en un colegio de monjas. Esta Socorrito, que por aquellas fechas pasaba de los treinta y ya trabajaba por libre, como se ha podido fácilmente deducir, metida en juerga es un auténtico terremoto que baila, taconea, jalea, se contonea y da palmas con el entusiasmo y el salero de una auténtica “bailaora”, cualidades estas que, a falta de conocer sus orígenes, la han hecho suponer que le vienen de Andalucía, suposición que la ha llevado a hablar con aquel acento tan marcado de las tierras del Sur, que ella, además, exagera ostensible y deliberadamente.

La noche de marras, cuando bajo la luz del farol que iluminaba nuestros ya encendidos rostros, atravesamos la puerta de madera oscura y maciza del bar “La Gloria”, entre la parroquia, ya no muy numerosa a aquellas horas avanzadas de la noche, se encontraban el Curro y la Socorrito ¡cómo si nos estuvieran esperando!.
No es que nos recibieran como a los tres Reyes Magos, pero la Gloria, en cuanto nos vio entrar, colocó sobre la barra una botella de manzanilla y tres copas. -¡Saca otra botella y copas para todos, esta noche invito yo!-, fue mi saludo triunfal. La noche de mi vigésimo cumpleaños iba a recibir un digno remate.

Todos los presentes, después de felicitarme  efusivamente y brindar a mi salud, se apresuraron a formar corro en torno a nosotros tres. El Curro, a caballo sobre uno de los altos taburetes de la barra, con la guitarra apoyada sobre su mullida barriga y su cara pegada a la caja, empezó a rasguearla delicadamente. La Socorrito, metida en el centro del corro, dio un rápido taconeo, al tiempo que batía palmas con sus dos brazos en alto, empezó animar:
-¡Venga, compadres, jaleo, jaleo,......qué no decaiga, qué no decaiga....!-, y seguía taconeando y dándole a las palmas, acompañada por varios de los presentes, mientras el Curro incrementaba el ritmo de su guitarra. Empezaron a sonar algunos olés; el Curro, viendo a nuestro amigo a punto de lanzarse, cambió el pulso de sus afilados dedos sobre las cuerdas de su guitarra,  arrancándolas el clásico lamento de las   “soleares”, al tiempo que le animaba: -Venga, maestro, que no se diga, vámonos por soleares”-. También la Socorrito, con la cara muy seria y las manos juntas a la altura de la frente, le rogaba con cara compungida:
-Vamo, mi arma, a ver ese arte que tú tienes-.

El Jabato, dando un paso hacia delante, las manos alzadas enmarcándole el encendido rostro, con el dedo pulgar y el índice de su derecha juntos y los de la izquierda abiertos, el cuerpo un poco inclinado y la mirada perdida, empezó a cantar por soleares: “A la Virgen de los Reyes/de rodillas le pedí/serrana que me quisieras/o yo te olvidara a tí”. Estallan las palmas y el jaleo de los parroquianos, la Socorrito palmea, taconea levantándose la falda que deja ver unas cortas pero bien torneadas piernas, al tiempo que anima al “cantaor”: -¡Qué grande eres, mi arma!, vales tú má que tol tesoro der Alibabá junto-.

El Jabato, sin inmutarse, con los ojos semi-cerrados y las venas de su cuello hinchadas y teñidas de intenso azul, continúa con su copla: “No quiero desirte ná……./no quiero que te se ponga/la carita colorá…../yo te tengo que queré/como quiere un sevillano/al Cristo del Gran Poder……”.

Otra vez los olés y las palmas jalean al “cantaor”, y éste, encarando a la Socorrito, casi juntas sus caras, remata la copla: ”meresía esta serrana/que la fundieran de nuevo/como funden las campanas/con el fuego de mis besos”. La fiesta estaba en pleno apogeo, alguien del grupo pidió otra botella, la Gloria, con voz aguardentosa, añadió: -La casa invita a otra-.

El Jabato, casi sin resuello, aprovecha la pausa para vaciar lentamente su copa que, inmediatamente, vuelve a estar llena. Toda la concurrencia bebe; el humo de los fumadores se cierne sobre nuestras cabezas, envolviéndolas como una aureola; algún parroquiano tose o se frota los ojos enrojecidos. Pero nada de esto tiene importancia, la juerga continua. El Curro, después de tomarse su tiempo para apurar la copa, vuelve a rasguear su guitarra arrancándola lentamente las notas de la copla favorita del Jabato: ”Vino amargo”. Se acerca la apoteosis final de nuestro amigo: enrojecido el rostro por la pasión del cante y las numerosas libaciones, con los ojos brillantes, la copa en la mano y un poco tambaleante, da unos pasos en torno al expectante  corro que, ahora en total silencio, aguarda su actuación; las notas de la guitarra le dan la entrada y el Jabato se arranca:  

Vino amargo el que yo beeebo……(pausa)
vino amargo el que beebo..
por culpa de una mujeer.
Porque dentro de mi llevo
porque dentro de mi lleevoo...
la amargura de un quereer......(pausa)

Suenan algunas palmas y algunos olés, que el cantaor detiene con un gesto de la mano, para continuar, muy enfrascado en sí mismo:

Quiere reír la guitarraa......
pero........................(pausa)
a mí a llanto me suena......
cada nota me desgarra
cada nota me desgarra.....
ayyy, el alma con una peena…..(pausa)
Vino amargo
que no da alegriia...
aunque me emborrache
no la podré olvidar…….(pausa)
Por que la recuerdo....
dame vino amaargo
que amargue..
y que amargueeee.......(pausa final)
pa quereeeeeerla mucho más.....

-¡Grande, grande, Farina!- grita entusiasmada la Socorrito, mientras el resto rompemos en un enardecido aplauso, jaleándole con ardor: -¡Bravo maestro!- -¡Olé tus cojones!- y otras lindezas por el estilo. El Jabato, con la copa llena en alto, como si fuera un trofeo taurino, corresponde a los saludos antes de apurarla, esta vez de un trago.

El bullicio continúa y la parroquia vuelve a beber, a picar de las tapas que la Gloria va depositando sobre la barra y las voces de las animadas conversaciones van subiendo de tono, seguramente de un modo totalmente inconsciente, propulsadas por la fuerza expansiva de los finos. El único que permanece silencioso, con la copa en la mano y la cabeza echada para atrás, en un gesto un tanto despectivo, muy característico de él, es Quintín. Siempre le pasa lo mismo, cuando al Jabato le sale su vena flamenca, se siente eclipsado y desplazado  a un segundo plano, muy difícil de soportar para él, siempre tan ávido de protagonismo. Yo, que le conozco muy bien, le estaba observando, atento a su reacción, que siempre se produce y que casi siempre resulta inesperada. Y así fue, acercándose al Jabato con la copa alzada como para un brindis, declamó muy solemnemente:

Y al aplaudirle la embriagada tropa,
se le rodó una lágrima de fuego,
que fue a caer al vaso cristalino.
Después, tomó su copa
¡y se bebió la lágrima y el vino!

El Jabato, que con toda seguridad era la primera vez que escuchaba un poema de Rubén Darío, se lo tomó con mucha flema, levantando también su copa, haciéndola chocar con la de Quintín, al tiempo que le soltaba: -¡Quintín, ni se te ocurra echarle agua al vino, no vaya a ser que en  vez de emborracharme, me ahogue!. Ambos chocaron sus copas riendo, se las echaron al coleto, y la paz quedó sellada: -¡Saca otra botella!- pidió Quintín a la Gloria.

Algunos parroquianos empezaron a desfilar hacia la fría noche: -No tardéis mucho en volver por aquí- fue la despedida más repetida.

Cada vez que la puerta se abría para dejar paso a los desertores de Baco, el cálido ambiente del bar  recibía una helada puñalada que,  a los recalcitrantes  que quedábamos, nos animaba a continuar la juerga, aunque, finalmente, tan sólo quedamos seis: nosotros tres, el Curro, la Socorrito, que parecía encontrarse en la gloria, y la propiamente dicha Gloria, que nos contemplaba desde detrás de la barra con su cara de diosa oriental bastante congestionada y su copa al alcance de sus enjoyadas manos. Sobre la barra todavía quedaban varias botellas a medio vaciar y varias bandejas de tapas sin consumir, de modo que decidimos acabar la tarea de vaciarlas.

El Curro decidió dar por terminada su actuación y entregó su guitarra a la Gloria, que la guardó detrás de la barra, pero no dejó de beber, pues, apoltronado sobre su taburete, se puso a paladear su copa, al tiempo que se metía una gamba en la boca. La Socorrito, bastante sofocada por el fino ingerido, estaba desmelenada, revoloteando alrededor de nosotros tres con provocativa marcha, moviendo la parte superior de su cuerpo con ritmo frenético:
-¡A ver quien de ustedes tres quiere gosar esta noche con mi menda, que está que se sale, digo!.
-¡Pues aquí tienes a un hombre dispuesto a subirte a la gloria!..........Bueno, con permiso de la jefa-.
-La jefa, si os interesa, os proporciona la llave del Paraíso- responde la Gloria, alargando una llave a la Socorrito, que se apresura a guardársela en el escote, agarrándose con fuerza a Quintín, que es quien ha respondido a su requerimiento amoroso. Quintín quería acabar la noche en brazos de la Socorrito.

Ambos, escoltados por nuestras turbias y lascivas miradas, desaparecieron tras unas cortinas que daban paso a una zona del local donde se hallan los escusados y también un par de habitaciones donde se llevaban a cabo las transacciones amorosas que se cerraban en el bar de la Gloria. (En las templadas noches veraniegas, para reducir el coste económico de la operación, los amantes también se aprovechaban del amparo que ofrece el bosque que rodea las viejas y derruidas murallas de nuestro medieval castillo)

Apuré mi copa y salí a la calle. El frío de aquella helada noche se abalanzó sobre mí intentando convertirme en una estatua de hielo, pero el calor del fino albergado en mi estómago pudo más y resistí el envite. Acodado sobre la barandilla, con la pétrea mole de la catedral como gigantesco y mudo testigo, me puse a reflexionar sobre lo inconsistente y efímero que resulta todo lo humano, mientras de dentro del bar me llegaban los ecos de la voz de mi amigo Valentín, que seguía cantando, aunque ahora sin guitarra. Si no conseguía despejarme, por la mañana estaría de un pésimo humor como consecuencia de  una tremenda resaca. Empezaba a sentir como se congelaban mis orejas, cuando noté que alguien, a mí lado, se apoyaba también sobre la barandilla: era mi otro amigo, Quintín, que, por cierto, hacía muy mala cara.
-Los brazos de Eros te han soltado pronto-, le dije sin mirarle, pero con muy mala intención.
-¡No te burles, Diego, soy un hombre acabado!-.

Con el semblante congestionado y abatido, la mirada perdida en un punto indeterminado del cimborrio, ribeteado de blanco por la escarcha que estaba cayendo, sin necesidad de que yo inquiriera por la causa de su hundimiento, me confesó la desastrosa experiencia amorosa que acababa de sufrir con la Socorrito.
-¡Nada, Diego, nada!, como un pingajo……lo siento por la Socorrito, que ha hecho lo que ha podido, pero no ha habido nada que hacer!…….estoy acabado, Diego, acabado!-concluyó mi amigo su lamento, casi a punto de romper en desconsolado llanto.
-¡Hombre!, tampoco es para tomárselo tan a lo trágico, eso le puede pasar a cualquiera, en especial teniendo en cuenta las circunstancias atenuantes que concurren…..-.
-¿De qué circunstancias hablas?, si puede saberse-.
-¡Hombre!, te parece poco lo que hemos “soplao”……y además con este frío…..yo que tú no le daría demasiada importancia a este tropezón……..-.
-¡Sí, sí….! tú ríete, pero es la primera vez que me pasa una cosa así-.
-Bueno, alguna vez tenía que ser la primera, además estas cosas del amor con la práctica mejoran…..Oye, qué te parece si entramos a echar la penúltima y ver que le pasa al Jabato, que hace rato que no se le oye cantar-.

Volvimos a entrar de nuevo, empujados por el cierzo de aquella noche de febrero. Dentro, el humo de los cigarrillos se había hecho más denso, pero pudimos divisar a la Gloria y al Curro, cada uno a un lado de la barra, unidos por dos copas y una botella a punto de acabarse. No había nadie más.
-Vuestro amigo está ocupado con la Socorrito-nos aclara la Gloria, con una voz profunda que desprendía alcohólicos alientos-Venga, vamos a echar la espuela mientras se desocupa-.
Quintín y yo nos miramos algo sorprendidos, pero aceptamos las copas.

La noche avanzaba y nuestro amigo Valentín parecía que la estaba aprovechando, pues no daba señales de vida. A la tercera espuela tomé una decisión: Pagué la cuenta de la Gloria, le metí cuarenta duros al Curro en el bolsillo, que me los agradeció con un:-¡Olé tus cojones, tío rumboso!-. Y saludando con la mano me despedí:
-¡Señoras y señores!, se acabó la juerga, mañana será otro día-.

Me dirigí a la puerta seguido de Quintín. En la calle nos recibió una cruel cellisca de fina nieve que  flageló cruelmente nuestros macilentos rostros. Esta vez el fino no nos protegió, tuvimos que subirnos los cuellos de nuestros abrigos para defendernos del frío glacial de la noche. Quintín caminaba a mi lado algo cabizbajo; finalmente, alzando su vista hacia la oscuridad del cielo, exclamó alzando los brazos:

“El fuego de mi amor ya se ha apagado.
 Sólo queda un rescoldo en el desierto,
 en el frío desierto de mi alma,
 y un humo fugaz que huye en la noche”.

Para acabar dejando la retórica y filosofando:
-¡Espero que el Jabato haya cumplido por los dos!-.

Quintín había sufrido un tropezón, lamentable e inesperado, pero el espíritu solidario de la cuadrilla acabó saliendo vencedor.

Paco Blanco

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CUERPOS DE SEGUNDA MANO

Sentados en la terraza del bar y ante dos frescas y espléndidas copas de vino blanco de Rueda, los amigos conversaban reposadamente.  Cualquier tema les llevaba a otro, sin forzar, fluidamente. Uno comentó que tenía proyectado cambiar de coche y dudaba   entre comprarlo nuevo o bien de segunda mano. Analizaron los pros y contras de una u otra elección y sea por el vino o no, su imaginación se fué desbordando hasta el punto que uno de ellos dijo: ¿Y si existieran los “cuerpos de segunda mano?. Nacer más allá de los treinta podría tener sus ventajas…Y sin pensárselo mucho, comenzó a desgranar las ventajas, que a su entender, tendría tal disparate.
   
Con los tiempos que corren, dijo,  los padres tienen ajustados presupuestos y verían aliviados los gastos que conlleva el tener un niño (¡o niña!) “nuevo”.  Los padres con posibles, también se apuntarían (los ricos, ya se sabe, suelen ser los primeros en ir a las rebajas). Debemos tener en cuenta que un coche nuevo se devalúa nada más salir del concesionario y que lo primero que tienes hacer, antes de ponerlo en circulación, es pagar el impuesto de matriculación y el IVA. Los pañales, las colonias y untes diversos, la cuna, la leche maternizada (si es el caso), el bautizo, etc, etc, todo esto, significa un gasto comparable a las tasas del coche a estrenar. Siendo ya mayorcito al nacer, este gasto desaparecería.

El coche de segunda mano puede tener más riesgos, pero lo normal es que lo adquieras con garantía. A los treinta años, afirmaba, y si llegas en condiciones aceptables, estás vacunado, te vales por ti mismo, has pasado las enfermedades “propias de la infancia” (con suerte te han operado de apendicitis lo que supone un riesgo menos), has pasado la pubertad  (hay alguno que no…), tienes un “rollo” normal con el otro sexo (el primer amor y la edad del pavo, hace tiempo que pasaron). Vamos, que con un “cuerpo de segunda mano” tu vida empezaría bastante garantizada. Satisfecho con su teoría, sorbió un buen trago de vino y respiró profundamente.

Su amigo le escuchaba sorprendido, pero parecía gustarle el juego y también quiso poner su granito de arena en el jardín en donde  le habían metido, llamando la atención sobre la importancia que debían dar al estado de las ruedas, frenos, motor, amortiguadores, pérdida de líquidos y cargas del coche-cuerpo de segunda mano.  ¡Un cuerpo que debería  durar muchos años y lo de las reparaciones sanitarias están caras!.

Los ojos del compañero, redondos como platos, denotaban incredulidad ante lo que escuchaba. ¿A qué se refería con lo de las ruedas, frenos, etc, del maduro hombre recien nacido?. Estaba claro que el Rueda hacía tiempo que les había hecho sus esperados
efectos.

El otro lo tenía claro y continuó su exposición: en el cuerpo, las ruedas serían la vida familiar y social y la formación ( que no hayan grietas ni roces, profundidad del dibujo: tener seguridad y una personalidad bien definida). Los frenos, la voluntad y el respeto por los demás.
Del motor: mirar ralentí y ruidos anormales (equilibrio psicofísico). El estado de los “amortiguadores humanos” sería  la vida interior y sentimiento de lo trascendente. En cuanto a la pérdida de líquidos (frenos, anticongelante, etc) se refería a la salud (física, psíquica y emocional) que daba por sentado tendría que ser buena, sin tóxicos ni fanatismos políticos ni religiosos  y a la salud económica (sin deudas ni gastos superfluos). Las cargas (multas, embargo, leasing) del adulto neonato serían cargas familiares, sentimentales o de otro tipo.

El camarero les bajó a la tierra con la nota y un “tengo que cerrar…”.                           

En un suspiro ya “era tarde”. Se fueron con sus cuerpos de primera mano pero convencidos de lo mucho que tendrían que hacer en sus vidas para lograr un “cuerpo de segunda mano”.

Alberto Saborido

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