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Cuentos de Navidad 2017

Navidad 2017

-El "Incredulo" (Felix Puche)

-¡Meeek! ¡Meeek! ¡Meeek! (Alberto Saborido)

 

EL “INCREDULO”
La historia se sitúa en un pequeño pueblo de las estribaciones de la Sierra de la Demanda, que contaba con 8 vecinos de los cuales los varones no bajaba ninguno de los 75 años.
Se reunían todas las noches en la taberna del “tío Damián” situada en una placita rodeada por  las casas del pueblo. Cuando se acercaban ya las fiestas de Navidad se ponían de acuerdo para darse cita en la taberna y escribir todos la Carta a los Reyes Magos, pues todos seguían creyendo en los Reyes Magos, todos menos uno al que llamaban “El Incredulo” (sin acentuar), que se acodaba en la barra del bar mientras los demás sentados en las mesas con dificultad escribían sus cartas sacando sus lenguas para ayudarse.
Ese año los del pueblo acordaron que en sus cartas pedirían para el “Incredulo” un saco de castañas.
La casa del Incredulo era muy humilde: una planta donde hacía la vida con suelo de tierra apisonada, dormía en la cocina en un camastro de paja; tenía un desván y un tejado que era una ruina. Llegado la noche de Reyes Magos estos pusieron la escalera para entrar por el tejado en casa del Incredulo. Una vez en el tejado éste empezó a crujir y a continuación se hundió con los Reyes y su saco de castañas que cayeron sobre el desván que también cedió hasta impactar sobre el camastro en el que estaba durmiendo el Incredulo. Viendo los Reyes la que habían armado dijeron en arameo que era su idioma “!Vámonos rápido¡” y mientras corrían por piernas el Incredulo , también en “arameo” les soltó una interminable ristra de improperios. Tras el derrumbe, al día siguiente éste se marchó al pueblo de al lado donde vivía un hermano para que le diera techo.
El día de Reyes por la mañana mientras todos estaban en la taberna contándose qué tal se habían portado los Magos, entró un señor con unas vestimentas muy extrañas que les dijo: “Ahí afuera tenéis un remolque con todo el material necesario para reconstruir la casa del Incredulo”  y sin mediar más palabras desapareció. Los del bar salieron a la placita y no salieron de su asombro cuando descubrieron un camión lleno de ladrillos, tejas, traviesas de madera, sacos de cemento, cajas de Porcelanosa, ventanas, puertas, ….un sinfín de material de construcción.
Pasadas las fiestas los 7 vecinos se pusieron manos a la obra para levantar una nueva casa que al terminar quedó hecha una preciosidad. Una vecina le llevó una cama con mucho valor sentimental para ella, pues en ella habían nacido y fallecido cinco generaciones. Uno que había sido carpintero le montó una cocina estupenda y entre todos le fueron aportando diversos enseres hasta dejarle una casa que era una maravilla.
Terminado el trabajo de reconstrucción uno de los del pueblo se fue a avisar a El Incredulo para decirle que volviera a su pueblo pues tenían una sorpresa para él. Se montaron en la furgoneta del “Tío Mugía” y al llegar en cuanto vió la nueva casa emergida sobre las ruinas de la anterior se puso a llorar abrazándose con cada uno de los del pueblo.
Al año siguiente los Reyes Magos recibieron una sentida carta del llamado “Incredulo”.

Felix Puche

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¡MEEEK! ¡MEEEK! ¡MEEEK!
Eran días de crisis y Navidad. La música de la radio, suavemente,  llenaba la pequeña habitación de un también pequeño apartamento de las afueras, cuyas ventanas daban directamente a la acera de la calle. El reto de Pablo era encontrar un tema navideño para “su cuento”. De pronto:
-¡Meeeek!                                                                                                                                                            
Un terrible y estridente zumbador rompió el encanto del momento. Llamaban a la puerta. No se sabía dónde hacía más frío, si en el resto de la casa o fuera, en la calle. Con el brasero de la mesa camilla ya tenía suficiente. El caso era no tenerse que mover fuera de la habitación. Con gran pereza, se envolvió en la manta que tenía cerca para estas “urgencias” dirigiéndose hacia la puerta de entrada. Observó primero por la mirilla. Le pareció ver una persona de mediana estatura que cubría su cabeza con lo que pensó eran unos andrajos. Esperaba le atendiera.                              
-¿Quién es?
-¡Una limosna, por favor!                                                                                                                          
No se extrañó. En aquellos tiempos el limosnero que iba de casa en casa era muy corriente. Lo que le ofreció tampoco era para tirar cohetes: una pequeña moneda y un mendrugo.  Abrió y se lo entregó. Aquel hombre no hizo mayor caso, se quitó la especie de bufanda-turbante que llevaba apareciendo ante Pablo una cara nada desconocida, era la de Fede, el portero que la comunidad de vecinos tuvo que despedir por falta de recursos. ¡Tiempos muy difíciles para todos!
No obstante estaba tranquilo, hasta solemne, aunque se le adivinaba roto. Tomó lo que se le ofrecía y, sin hacer demasiado caso, volvió a murmurar. 
-Tengo que decirle algo, ¿puedo pasar? Soy Fede, el antiguo portero y quiero proponerle un asunto.
-¡Pase, pase…!                                                                                                                                                            
Vió que portaba un hatillo bastante abultado que trataba con sumo cuidado. Al momento estaban bien tapados con las faldas de la mesa, criando sabañones.
Quizás en otro tiempo no hubiera tenido tanta familiaridad con aquel hombre, pero vivía solo y tampoco esta vez le había tocado la lotería (¡dichoso 22 de diciembre!) Un poco frustrado estaba, la verdad. Le hacía falta compañía y, aunque inesperada, la de Fede le satisfizo.El antiguo portero iba entrando en calor gracias al brasero y al pan que el dueño de la casa había alegrado con un trozo de chorizo y un vaso de vino peleón que todavía le quedaba. 
-Le propongo que pongamos un belén en esta habitación.
Pablo no se esperaba esta especie de disparate.                                                                                                                                                                     
-–No estoy loco. Verá…De todo lo que tenía, jamás me quise desprender  de las figuras del belén de mi casa. Es lo único de valor que me queda. A cambio de calor y hogar unos días, haremos nuestro pesebre y seguro nos alegrará las horas que pase en su casa.
No se sabe por qué, aceptó el trato y, al rato, ambos estaban colocando las figuras sobre una antigua cómoda. Terminada la obra, se miraron complacidos,  aunque una cierta amargura había en su interior. La vida les había tratado muy mal. Fede dormía en la calle y él, separado de la familia de mala manera, sobrevivía de un subsidio de desempleo a punto de caducar.
¡Meeeek!                                                                                                                                                         
Pablo abre la puerta y ve ante sí a dos personas de aspecto extranjero. Se hacen entender por señas y un inglés sui géneris que, sorprendentemente, Fede entiende. Por él se entera que son migrantes sirios. No se sabe cómo, pero habían logrado llegar a España y precisamente a su domicilio.
-¡Pasad, pasad…!
Sin pensarlo, les invitó a la mesa. Parecían bien educados y con señales de haber sufrido los rigores de la guerra.
- Yo me llamo Nehmé Badaui  y este es mi hermano Bashir. El tejado de la catedral maronita de Alepo se derrumbó a causa de una lluvia de obuses. No sabemos cómo pudimos salir con vida y huir lo más lejos posible. Llegar hasta aquí ha sido un milagro. Desde fuera a través de la ventana  hemos visto el belén y nos hemos atrevido a reunir ramas de árboles para decorar el nacimiento. Mi hermano Bashir es pintor y sabe de estas cosas. Fede le impresionó por su habilidosa traducción simultánea.
Se quedaron también junto al belén en la mesa camilla. Les ofreció también pan y chorizo. Bebieron y comieron.
Pero se hizo el silencio. Atardecía y pronto vino el anochecer. Quedaron pensativos mirando el nacimiento que tomaba tonos verdes, amarillos o rojos debido al cambiante anuncio luminoso del comercio de al lado. Las caras eran de derrota e inseguridad.
De pronto, las voces juveniles de un coro navideño, les sacan del depresivo letargo. La habitación se llena de melodías que portan palabras como AMISTAD, ALEGRIA, SENCILLEZ, JOSÉ-MARÍA Y EL NIÑO,CONFIANZA, PASTORES, PAZ, SILENT NIGHT, AID MILAD MAYID…El momento era bellísimo. Se miraron hermanados Pero, mecidos por la música, uno tras otro cayeron dormidos sobre la mesa.
¡Meeeek! ¡Meeeek!                                                                                                                                
Pablo se levanta y abre. Esta vez era el paje de los Reyes Magos. Traía cartas para que los niños expusieran sus deseos. Fede les explicó a los sirios el caso. Invitaron al personaje a que compartiera mesa, pan y chorizo. Le pidieron lápices y los cuatro protagonistas plasmaron sus deseos sin dudar en absoluto. No era difícil adivinarlos. Pablo rogó nuevo contrato de trabajo. Fede, readmisión como portero y reconciliación familiar. Los sirios, el fin de la guerra y la vuelta a casa.
Pasado el tiempo se supo que todo se había cumplido. La fe mueve montañas y esta vez no iba a ser menos, máxime en un cuento de navidad y con repetidos ¡Meeek! ¡MeeeK!.

ALBERTO SABORIDO   

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