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Navidad 2016

-ARCÁNGELES SIN ALAS (Alberto Saborido)

-EL ÁNGEL TEODORO MOVILIZA A LA CORTE CELESTIAL (Felix Puche)

Navidad 2015

-EL  ÁNGEL TEODORO Y  EL PORTAL DE BELÉM (Felix Puche).

-POR DOS VELAS (Alberto Saborido)

-UNA PANDERETA VUELA (Angel Daroca)

Navidad 2014

-El Belén de mi hermano (Alberto Saborido)

-Teodoro en África (Felix Puche)

-¡Navidad, Navidad¡ (Paco Blanco)

Navidad 2013

-La estrella de Belén (Alberto Saborido)

-Teodoro cuenta cuentos (Felix Puche)

-Todo es posible en Navidad (Angel Daroca)

Navidad 2012

El cochecito (Felix Puche)

San José (Alberto Saborido)

Dimas, el buen banquero (Angel Daroca)

Navidad 2011

La crisis celestial (Felix Puche)

Lo siento Lope......¡Es Navidad¡ (Alberto Saborido)

Una Navidad de Luisito (Antonio Pérez)

Navidad 2010

El Carrillón (Alberto Saborido)

El muñeco de nieve (Antonio Pérez)

La hipoteca (Felix Puche)

Navidad 2009

India: inestinguible Navidad (Alberto Saborido)

La Navidad de Basilio (Antonio Pérez)

Carta de Reyes (Felix Puche)

U237 (Felix Puche)

Villancico "24 de Diciembre" (Paco Blanco)

Navidad 2008

El Clavel (Alberto Saborido)

NADA (Antonio Pérez)

Milagro en la Catedral (Felix Puche)

La mendiga (Felix Puche)

Cuento burgales erótico navideño (Felix Puche)

Navidad 2007                              

Golpe de Suerte (Alberto Saborido)

¿Navidad? (Antonio Pérez)

El Guardabosques (Felix Puche)

El Cuarto Rey Mago.-1ª Parte (Julio Baca)

El Cuarto Rey Mago.-2ª Parte (Julio Baca)

El Cuarto Rey Mago.-3ª Parte y Final (Julio Baca)

GOLPE DE SUERTE

El hombre no parecía tener mucha prisa. Momentáneamente se detenía ante un escaparate. No demostraba  interesarle nada en concreto. La lluvia había cesado y los charcos impertinentes le sobresaltaban haciéndole zigzaguear.                               

¡Cuándo arreglarán las aceras! Se dijo. Pero hoy estaba de buen humor y casi deseó que nunca lo hicieran, al fin y al cabo su andar, obligadamente saltarín, le hacía retrotraerse a sus años de colegio cuando, lloviera o no, su regreso a casa después de acabada la jornada, se convertía en un serpentear constante y alegre hasta el portal.

“Ha tropezado, y al caer, debe de haberse golpeado en la cabeza con esa columna”. Presumió la portera.

“Sufre una conmoción cerebral. Tendrá que estar en observación unas horas…” Denunció el médico vecino.

“¡Papá!”  Gritó su hija alarmada arrastrando a su niño hacia el interior del portal.

El hombre, echado sobre el sofá de la entrada, permanecía con los ojos cerrados. Un intenso bienestar y sosiego le embargaba. Una sensación placentera desconocida para él. Intentó levantar la cabeza pero un fuerte dolor le hizo desistir. Y se dejó caer; se sentía abandonadamente cómodo.                                                                                               

El golpe había sido seco pero, sin saber por qué, el justo para abrir en su duermevela, una gran palmera de fuegos de artificio de cuyas brillantes linternas pendían escenas colegiales que él solía rememorar con cariño. Allí aparecieron el Marino, el Picaza, el Faroles, el Colores…La Rondalla Marista en las entrañables “Fiestas del Colegio” con su intenso olor a pólvora. El “paseo de émulos”… La capilla iluminada hasta el paroxismo el Jueves Santo… Y hasta su amigo Martín González con sus bromas, coreadas de una manera cómplice por sus compañeros.                                                                                                                      

Todo fue en un instante.

Una pequeña mano que le acariciaba el brazo interrumpió su sueño. Era su nieto que le susurraba la tonadilla que el día anterior él le intentó enseñar: “¡Que ueva e ueva, la igen e la ueva….! “…Que caiga un aparón con aucar y turón…”

¡Y turrón! Pensó.

Y pensó en su vida y en su muerte. Y pensó en su familia: se sintió querido. Y pensó en sus compañeros del colegio, les mandó un abrazo. Y en los profesores.

Apareció un paraguas moteado de blanco. Ya no llovía. ¡Era nieve!. La Navidad estaba cerca.

Mientras le subían a casa, el hombre, seguía jugueteando con los charcos de la calle. Se sentía feliz. Jamás podrá olvidar aquel golpe seco que le introdujo de bruces en la familia, en el colegio, en su vida y en su muerte.  

Alberto Saborido Cursach                                              Navidad 2007

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¿NAVIDAD? 

Abrahim es un pueblo costero de Senegal y en el vive Abdulhá; su trabajo como el de la mayoría de sus convecinos es la pesca con pequeñas barcas artesanales que no pueden adentrarse mucho en el mar. Abdulhá ha oído y ha visto por la televisión cómo es la vida en otros lugares del mundo, particularmente en Europa. En su pueblo algunos vecinos viven desahogadamente gracias al dinero que les envía algún familiar que ha logrado venir a trabajar a Europa. También a Abdulhá le ronda en la cabeza  la idea de marchar a Europa para conseguir una vida mejor para él y para los suyos, con su pequeña barca podría ir tirando pero sería mejor para él , para la que sus padres han escogido como mujer y para los hijos que Dios les diera, abrir nuevos horizontes para sus vidas.

Ha  tomado una decisión; con la colaboración de un primo que tiene en la capital y con algunos pequeños ahorros tratará de conseguir un permiso de trabajo de los que con algún soborno se pueden conseguir de algunos funcionarios de la administración pública.

Abdulhá vive ya en Madrid, trabaja en una gran superficie comercial, su trabajo consiste en ordenar los carros de la compra, llevarlos de un sitio para otro y mantener limpios y abastecidos los lugares de recogida de los carros; no es un trabajo difícil y aunque un poco rutinario lo cumple con dedicación, sin embargo desde hace unos días ha notado un cambio. Corre el mes de diciembre y en el aparcamiento suena constantemente una música de fondo que se repite una y mil veces, él no entiende la letra , suena algo a sí como fun,fun... y brincan y bailan.....brincan y bailan......,a él le parece una música un poco estúpida, para no ser excesivo quizá un poco... infantil, tonta. Se han llenado las calles de la ciudad y todos los locales de la gran superficie comercial de papelitos de colores; de luces , también de colores; de estrellitas, también de colorines. Han aparecido productos nuevos en las estanterías, la mayoría de ellos también envueltos en papeles de colores muy llamativos que llaman la atención y la gente compra y compra , y llena los carros hasta el borde; y su trabajo de mover carros de un sitio para otro exige una mayor actividad y dedicación. Con todas estas cosas Abdulhá está un poco aturdido y no entiende bien a qué se debe todo eso.

En la habitación que comparte con otros inmigrantes ha preguntado  y le han dicho que es que va a llegar la fiesta de la Navidad , una gran fiesta para los cristianos. Abdulhá que es un hombre curioso, ha querido saber qué celebran los cristianos, cuál es el motivo de esas cancioncillas que oye en su trabajo, la razón de tantos colorines, de tantas luces, de tantas compras, y no se lo han sabido decir. Abdulhá está muy extrañado, tiene en muy buen concepto a los europeos y no entiende esta costumbre de La Navidad.

Un día, avanzado ya diciembre, Abdulhá es requerido por la empresa  para hacer un trabajo distinto de lo habitual , fuera del horario laboral; se trata de llevar productos que están a punto de caducar en su fecha de uso o artículos que tienen alguna deficiencia a un lugar, ha oído decir parroquia, para que sean distribuídos entre personas necesitadas. Al llegar al lugar, la parroquia,  ha visto a la entrada algo que le ha llamado la atención, pequeñas casas parecidas a las de su pueblo, pastores, distintos personajes, ovejas y cabras todo muy parecido a lo que él siempre había visto en su tierra , y en una casa semiderruida ha visto un hombre y una mujer con un niño recién nacido acostado en un pesebre y acompañados de un buey y una mula. Todo le ha parecido tan familiar, tan entrañable, tan cálido, tan acogedor; hasta la música le sonaba distinta de la que le aturdía a todas las horas en el trabajo. No pudo reprimir su  curiosidad  y preguntó allí mismo, donde había ido a dejar aquellos alimentos, y aunque con dificultad, pudo entender que aquello representaba la Navidad, que la Navidad era la celebración de que Dios quisiera compartir con los hombres todo menos el pecado, que Dios se había hecho presente en el seno de una mujer llamada María, que Dios había nacido en un pesebre y que a todos los hombres de buena voluntad les traía un mensaje de salvación. A Abdulhá aquello le llenó de alegría, se sentía muy feliz , se enteró  de  que como aquella representación había más en diversos lugares y Abdulhá se dedicó en los pocos ratos libres que tenía a visitar los nacimientos, aprendió que así se llamaban, y disfrutaba porque le recordaban a su tierra y sobre todo el niño en el pesebre que le hablaba de Dios le confirmaba que los europeos a quienes él admiraba no eran tan tontos como a primera vista pudiera parecer al ver el modo como muchos celebraban la Navidad.

Abdulhá siguió visitando nacimientos, casi siempre acompañado de niños que iban con personas mayores, y al final, en los últimos nacimientos que visitó le pareció, pero no, estaba seguro , no había sido una ilusión, realmente el niño que estaba en la cuna, el niño a quien llamaban Jesús le sonreía y Abdulhá oyó en su corazón el canto de los ángeles a los pastores  “Gloria a Dios en los cielos y paz a los hombres que ama el Señor”

Antonio Pérez                                                             Navidad 2007

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 EL GUARDABOSQUE.

Aquel 24 de diciembre, Matías Neila estaba sentado en el suelo de aquel bosque, que tan bien conocía, con la espalda apoyada en un viejo pino de destartaladas ramas, repasando lo que habían sido sus 34 años de vida.

La madre de Matías murió como consecuencia de no poder  contar con asistencia médica en un complicado parto en el que él vino al mundo, Su padre, un recio hombrote que a duras penas podía leer y cuyos conocimientos matemáticos no pasaban de las tres reglas, ya que a dividir nunca había llegado, desempeñaba el cargo de guardabosque de aquella parte de la sierra de Lara, y hubo de hacerse cargo de su cuidado.

 Roque, que así se llamaba el padre de Matías, nunca se prodigó en muestras de cariño hacia su hijo, si bien es cierto que nunca tuvo el menor maltrato hacia el niño.

Roque y Matías vivían en una confortable cabaña, sobre el cortafuegos de “La Ahumada” distante de Terradillos de Lara unos cinco kilómetros monte a través. En el pueblo  llamaban a Roque “el tío callado”, ya que no hablaba con nadie cuando bajaba a comprar víveres o a repostar gasolina.

Cuando Roque murió, Matías que había heredado el carácter de su padre,  sucedió a este como guardabosque, ya que nadie presentó solicitud de la plaza. Matías allí recostado sobre el pino, pensaba que nunca había necesitado nada de sus vecinos ni ellos de él a quien sin duda ignoraban. El por su parte, nunca había abrigado ningún sentimiento de solidaridad ni generosidad  con semejantes. Su vida en la cabaña transcurría en la más absoluta soledad. Esta soledad era para él una capa que le protegía del resto de la humanidad. Cuando por la radio oía alguna de las catástrofes que periódicamente sacudían al mundo con cientos de víctimas, no le merecían ni la más mínima atención.

Todavía dando vueltas a estos pensamientos Matías se acercó al pueblo en su vehículo para hacer acopio de combustible, cuando don Román, el viejo médico de Terradillos que pronto cumpliría los 70 años, le abordó en la gasolinera y le pidió que le llevase a casa de Eduardo, el maderero, ya que su mujer se había puesto de parto. Eduardo vivía pasando Las Mambrillas y le habían dicho que estaban llenas de nieve, razón por la cual el no podría llegar con su viejo 1400.

El todo terreno que la Diputación había asignado a Matías estaba dotado de tracción a las cuatro ruedas y trócola delantera de cable.

Matías con un gesto le indicó a don Román que se acomodase en el coche,

En efecto, el paso de Las Mambrillas estaba cubierto de nieve sobre hielo  lo que hacía el paso sobre aquel desfiladero sumamente peligroso, no obstante lo cual pudieron llegar a la casa del maderero. Don Román tuvo que emplearse a fondo pues el parto de Antonia, que era primeriza, presentaba serias complicaciones que de no ser por la intervención de don Román sin duda hubieran acabado con la vida de la madre y el niño.

Cuando a Matías le mostraron al recién nacido y le depositaron en sus brazos mientras le preparaba su padre la cuna, sintió una extraña sensación de ternura que le invadió por completo. Matías pensó que aquél recién nacido sí que le había necesitado para venir al mundo.

Durante la vuelta a Terradillos sorprendió a Matías y a don Román una gran nevada que dificultaba enormemente el paso por Las Mambrillas. En un momento determinado el cuatro por cuatro se empezó a deslizar hacia el precipicio sin lograr Matías el control del vehículo lo que originó que este se despeñase hasta una plataforma en la que había varios pinos.

Matías como pudo, ya que tenía una pierna rota, sacó del coche el cuerpo inconsciente de don Román tendiéndolo  bajo un saliente de roca en que no había nieve. Acto seguido se despojó de su recio capote de guardabosque y cubrió el cuerpo de don Román. Con gran esfuerzo se sentó en el suelo con la espalda apoyada en un pino pensando que la vida de don Román era más importante que la suya. Le vino a la memoria la carita sonrosada del recién nacido lo que le hizo esbozar una luminosa sonrisa.

Al   anochecer la patrulla de rescate que había salido de Terradillos al no haber vuelto don Román, encontró a este malherido pero con vida y el cadáver  de Matías sentado en el suelo la espalda en el pino, en mangas de camisa y con una sonrisa de gran ternura  en los labios que sorprendió sobremanera a todos.

Cuando en el pueblo se conoció el accidente, todos se alegraron de que don Román hubiera salvado la vida.

Felix Puche                                                                 Navidad 2007

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EL CUARTO REY MAGO (Primera parte)

En los días en que César Augusto era señor de muchos reyes y Herodes reinaba en Jerusalén, en la ciudad de Ecbatana, entre las montañas de Persia, vivía un tal Artabán el Medo. Desde el terrado de su casa se divisaba, por encima de las altas murallas almenadas que rodeaban la tesorería real, la colina en la que el palacio de verano de los emperadores partos relucía como las gemas de una corona. 

Alrededor de la vivienda de Artabán, se extendía un bello jardín en el que macizos de flores y árboles frutales bebían el agua de los arroyos que bajaban por las laderas del monte Orantes donde se escuchaba la música de innumerables pájaros. En la suave y fragante oscuridad de una noche de finales de septiembre, se acallaron todos los sonidos excepto el del rumor del agua. Por encima de los árboles, un tenue resplandor de luz se hizo visible a través de los arcos encortinados del aposento superior, en el que el dueño de la casa celebraba una especie de consejo con sus amigos.

Era un hombre alto, de tez oscura y unos cuarenta años de edad; tenía ojos brillantes, muy juntos bajo las cejas, y acusadas arrugas alrededor de los finos y delgados labios; su frente era la de un soñador y su boca la de un soldado. Se diría que no carecía de sentimientos, pero su voluntad parecía inflexible. Llevaba una toga blanca de pura lana sobre una túnica de seda; un blanco casquete puntiagudo descansaba sobre su ondulado pelo negro. Se trataba de la vestimenta del antiguo sacerdocio de los Magos, llamados “adoradores del fuego”.

“¡Sed bienvenidos!”, dijo con voz baja y agradable conforme iban entrando uno tras otro. “Esta casa resplandece con el gozo de vuestra presencia”.

Eran nueve hombres en total, de distintas edades pero semejantes en cuanto a la riqueza de su ropaje; un collar dorado les distinguía como nobles partos, y el círculo alado de oro que descansaba sobre sus pechos era el distintivo de los seguidores de Zoroastro. Los presentes ocuparon sus puestos alrededor de un pequeño altar negro situado en el extremo de la sala, en el que ardía una pequeña llama. Artabán  permanecía en pie junto al altar y mientras agitaba unas delgadas ramas de taray por encima del fuego, lo alimentaba con ramitas secas de pino y fragantes esencias. Inició el bello himno a Ahura Mazda, y las voces de sus compañeros se unieron ala suya en el antiguo canto:

        “Adoramos al Espíritu Divino,

         Que posee la sabiduría y la Bondad…”

El fuego se avivaba con el canto. Parecía formado por llamaradas musicales. Llegó un momento en que iluminó toda la estancia.

Una vez finalizada la canción, Artabán invitó a sus amigos a tomar asiento y dijo: “Habéis acudido esta noche a mi llamada, como fieles discípulos de Zoroastro, para renovar vuestra adoración y fe en el Dios de Pureza, avivando el fuego del altar. No adoramos el fuego sino a Aquél del que éste es el símbolo elegido, ya que representa la más pura de todas las formas creadas. El fuego nos habla de quien es Luz y Verdad. ¿No es así, amigos míos.?”

“Has dicho bien”, contestó el venerable Abgarus. “Los iluminados no son nunca idólatras. Ellos levantan el velo de la forma y penetran en el templo de la realidad”.

“Escuchadme entonces, amigos míos”, dijo Artabán. “Hemos buscado juntos los secretos de la naturaleza y estudiado las virtudes curativas del agua, del fuego y de la plantas. También hemos leído los libros en los que se predice el futuro. Sin embargo, la más sublime de todas las ciencias es el conocimiento de las estrellas. Seguir sus cursos es desenmarañar los hilos del misterio de la vida desde el comienzo hasta el final. Pero ¿no son aún incompletos nuestros conocimientos de ellas? ¿No existen aún muchas estrellas más allá de nuestro horizonte, luces sólo conocidas por los habitantes de los lejanos países del sur?”.

Hubo un murmullo de general asentimiento. 

“Las estrellas”, dijo Tigranes, “son los pensamientos del Eterno. Son innumerables. La sabiduría de los Magos es la mayor de todas las sabidurías de la Tierra porque conoce su propia ignorancia. Y ese es el secreto del poder. Mantenemos a los hombres a la espera de un nuevo amanecer, pero nosotros sabemos que la oscuridad es igual a la luz y que nunca finalizará el conflicto entre ellas”.

“Eso no me satisface”, contestó Artabán, “ya que, si la espera debe ser interminable e infecunda, no sería juicioso limitarnos a mirar y esperar. Creo que el nuevo amanecer surgirá a la hora señalada. ¿No nos dicen nuestros propios libros que los hombres verán el brillo de una gran luz?”.

“Así es”, intervino Abgarus; “todo discípulo de Zoroastro conoce la profecía: Ese día, Sosiosh el Victorioso surgirá de entre los profetas. A su alrededor lucirá un gran resplandor, hará que la vida sea eterna, incorruptible e inmortal y los muertos resucitarán”.

“Amigos míos”, dijo Artabán con un brillo en la mirada, “he llevado esta profecía en mi corazón. La religión sin una gran esperanza, sería como un altar sin un fuego vivo. Y ahora a la luz de la llama, he leído otras palabras que hablan aún más claramente de esto”. De su túnica extrajo dos pequeños rollos de lino que contenían ciertos escritos. “Mucho antes de que nuestros padres se establecieran en tierras de Babilonia, ya había sabios en Caldea de quienes el primero de los Magos aprendió el secreto de los cielos. Escuchad las palabras de su profecía : ¡Álzase de Jacob una estrella, surge de Israel un cetro!. Sabe y entiende que desde la salida del oráculo sobre la restauración y edificación de Jerusalén, hasta un ungido príncipe habrá siete semanas. En sesenta y dos semanas se reedificarán plazas y muros”.

“Pero Artabán”, dijo Abgarus , “estos números son místicos. ¿Quién puede desentrañar lo que significan?”.

Artabán contestó: “Mis tres compañeros Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar y yo hemos examinado las antiguas tablas de Caldea y calculado el tiempo. Tendrá lugar este año. Hemos estudiado el cielo y en la primavera de este año vimos dos de las más grandes estrellas acercarse una a la otra en el signo de Piscis, que es la morada de los hebreos. También vimos una nueva estrella que después de brillar una noche se desvaneció. Ahora se están reuniendo de nuevo estos dos astros. Su conjunción será esta noche. Mis tres hermanos están observando desde el antiguo templo de las Tres Esferas, en Borsippa y yo observaré desde aquí. Si la estrella brilla de nuevo, dentro de diez días saldremos juntos en dirección a Jerusalén para ver y adorar al que nos han prometido que será desde su nacimiento, rey de Israel. He vendido mi casa y mis pertenencias  y comprado estas gemas,- un zafiro, un rubí y una perla- para llevárselas como tributo. Y yo os pido que vengáis conmigo en la peregrinación que nos llevará hasta el Príncipe”.

Del pliegue interior de su cíngulo sacó tres grandes gemas: una azul como un fragmento de cielo, una más roja que un rayo de sol al amanecer y una tan pura como el pico de una montaña nevada iluminado por el crepúsculo.

Sin embargo, sus amigos le miraron con ojos de extrañeza y perplejidad, como aquellos que han escuchado una historia increíble o la proposición de una empresa imposible.

Por fin, Tigranes dijo: “Artabán, este es un sueño inútil, que te vino por mirar demasiado a las estrellas y albergar pensamientos sublimes. Ningún rey surgirá de la deshecha raza de Israel. Y nunca dará fin la eterna lucha entre la luz y las tinieblas. El que lo busque es un cazador de sombras. Adiós”.

Todos los demás dijeron que esa búsqueda no era para ellos y le desearon suerte.

Así fueron saliendo, uno tras otro, dejando solo a Artabán. Durante largo rato, se quedó observando la llama que flameaba y decaía sobre el altar. Entonces, corrió la cortina y penetró en el terrado.

A lo lejos, sobre la llanura oriental, una blanca neblina se extendía como un lago. Sin embargo, en el lugar donde los distantes picos de Zagros recortaban el horizonte, el cielo estaba claro.

Dos astros se desplazaban juntos como diminutas y radiantes llamaradas a punto de fundirse en una sola.

Y he aquí que mientras Artabán observaba, una chispa azulada nació de la oscuridad y fue redondeándose con esplendores purpúreos hasta formar una esfera carmesí, la cual se convirtió, tras desprender una serie de rayos azafranados en una radiante estrella blanca.

Artabán inclinó la cabeza. “Esta es la señal “ dijo. “El Rey viene. Y yo iré a su encuentro”. 

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EL CUARTO REY MAGO (Segunda parte)

 Antes de que los pájaros hubieran iniciado su potente y gozoso canto a la mañana y antes de que la neblina hubiese comenzado a disiparse, el otro Rey Mago ya estaba a caballo cabalgando hacia occidente por la senda que bordeaba el pie del monte Orontes.

Artabán debía cabalgar bien y juiciosamente para reunirse con los otros Magos a la hora señalada, tenía que recorrer unas 150 parasangas y quince era lo máximo que podía avanzar en un día. Sin embargo cubría la ruta sin ansiedad, a pesar de que debía cabalgar hasta muy tarde por la noche y desde muy pronto por la mañana.

Al anochecer del décimo día llegó al pie de las murallas de Babilonia. Le hubiera gustado entrar en la ciudad en busca de descanso y alimento para él y para su caballo. Pero aún estaba a tres horas de camino del Templo de las Siete Esferas, y debía llegar al lugar antes de medianoche si quería encontrar a sus camaradas esperándole, por lo que siguió cabalgando con firmeza.

Un bosquecillo de palmeras formaba una isla de sombras en el mar pálido y amarillo de los rastrojales; el caballo redujo el paso al atravesarlo. El bosquecillo era espeso y silencioso como una tumba, no se oía ni el crujido de una hoja ni el canto de un pájaro. Presintiendo algún tipo de peligro o dificultad, el caballo elegía el camino con cuidado, mientras mantenía baja la cabeza. De repente, dio una rápida aspiración de ansiedad y miedo, y se quedó totalmente inmóvil, temblándole todo el cuerpo, delante de un objeto oscuro al pie de una palmera.

Artabán desmontó. La débil luz de las estrellas revelaba la forma de un hombre que yacía en el camino, uno de los exiliados hebreos que aún habitaban en gran número en la vecindad.

Su piel, seca y amarilla, llevaba la marca de las mortíferas fiebres que asolaban los pantanos en otoño. El frío de la muerte estaba en su delgada mano y cuando Artabán le soltó el brazo, éste cayó inerte. De repente un suspiro fantasmal surgió de los labios de aquel hombre y sus huesudos dedos se aferraron convulsivamente al borde de la toga del Mago.

El espíritu de Artabán se agitó de mudo resentimiento por lo inoportuno de la situación. ¿Qué derecho tenía ese desconocido, casi sin vida, a reclamar sus servicios? Si se entretenía difícilmente podría llegar a tiempo para la cita; sus compañeros partirían sin él. ¿Debería dejar de seguir a la estrella, arriesgándose a perder la gran recompensa de su fe divina, por un trago de agua  a un pobre hebreo moribundo?

 “Dios de verdad”, imploró Artabán, “dirígeme por el camino sagrado, el camino de la sabiduría que sólo Tú conoces”.

Entonces, se volvió hacia el hombre enfermo. Tras llevarle al pie de una palmera, soltó su turbante y le desabrochó la ropa por encima del hundido pecho. Trajo agua de uno de los pequeños canales cercanos para humedecer la frente y los labios del hebreo. Mezcló agua con una pequeña cantidad de uno de los enérgicos remedios que siempre llevaba en el cíngulo y la vertió lentamente entre los descoloridos labios. Después de varias horas de cuidados, el hombre fue por fin recuperando las fuerzas, hasta que se incorporó y miró a su alrededor.

“¿Quién eres?”, preguntó. “Soy Artabán el Mago y voy a Jerusalén en busca de aquél que va a nacer Príncipe y Salvador de todos los hombres. No me atrevo a retrasarme más. Pero mira, aquí tienes todo el pan y el vino que me quedan, así como un brebaje de hierbas curativas. Cuando hayas recuperado las fuerzas, podrás encontrar las moradas de los hebreos entre las casas de Babilonia”.

El judío alzó su mano temblorosa hacia el cielo. “Que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob bendiga y favorezca el viaje de los misericordiosos. No tengo nada que darte a cambio, solamente esto: nuestros profetas han dicho que el Mesías no nacerá en Jerusalén, sino en Belén de Judea. Que el Señor te lleve a salvo y en paz a ese lugar”.

Ya había pasado con mucho la medianoche. Artabán cabalgó apresuradamente, su caballo, restablecido por el descanso parecía volar sobre el terreno. Pero los primeros rayos del sol proyectaban la sombra de la montura delante de ésta conforme iniciaban el último estadio de su viaje. Los ojos de Artabán otearon ansiosamente el gran montículo de Nemrod y el Templo de las Siete Esferas, sin que distinguiera rastro alguno de sus amigos. Desmontó, se encaramó a la terraza más alta y dirigió la mirada hacia el oeste. La inmensa desolación del desierto se extendía hasta el horizonte. No había señal alguna de la caravana de los Magos.

Al borde de la terraza vio un montículo de ladrillos rotos que parecía una señal y debajo encontró un pergamino. En él se leía: “No podemos retrasarnos más. Vamos en busca del Rey. Síguenos a través del desierto”.

Artabán se sentó en el suelo y se llevó las manos a la cabeza desesperado. “¿Cómo podré cruzar el desierto sin comida y con un caballo agotado?  Debo regresar a Babilonia, comprar camellos, provisiones y unirme a una caravana. Tendré que vender mi zafiro. Solamente Dios Misericordioso sabe si no me perderé ver al Rey por detenerme y dar muestras de compasión”.

Después de una penosa travesía del desierto, Artabán pudo contemplar los jardines y huertos de Damasco, la larga cordillera nevada de Hermon, los oscuros bosques de cedros, el valle del Jordán, las azules aguas del mar de Galilea y las tierras altas de Judea. Por fin llegó a Belén, fatigado pero lleno de esperanza, portando la perla y el rubí que iba a ofrecer al Rey. “Ya ha llegado la hora”, dijo; “ciertamente le encontraré, aunque llegue más tarde que mis hermanos y vaya sólo”.

Las calles de la aldea parecían desiertas. Desde la puerta abierta de una pequeña casa de piedra, Artabán oyó el sonido de una voz de mujer que cantaba suavemente. Entró y halló a una joven madre arrullando a su hijo. Ella le habló de los forasteros del lejano Oriente que habían aparecido en la aldea tres días antes, guiados, según decían, por una estrella hasta el lugar en el que se alojaba José de Nazaret con su esposa, María, y su hijo recién nacido. Le contó también cómo habían rendido pleitesía al niño y ofrecido  presentes de oro, incienso y mirra, que depositaron a sus pies.

 “Pero los viajeros desaparecieron de nuevo, tan repentinamente como habían venido. Nos dio miedo lo extraño de su visita. La familia de Nazaret huyó en secreto aquella misma noche y se comentó que partieron hacia las lejanas tierras de Egipto. Desde entonces, algo maléfico flota sobre la aldea. Se dice que los soldados vienen de Jerusalén a cargarnos con un nuevo impuesto, y los hombres han conducido sus rebaños hasta las colinas y se han ocultado para escapar de dicho impuesto”.

El niño de aquella mujer miró el rostro de Artabán y sonrió mientras extendía sus rosadas manos hacia él. El corazón del Mago se conmovió al contacto de sus manitas. “¿No podría haber sido este niño el Príncipe prometido?”, se preguntó en tanto acariciaba la suave mejilla del pequeño. “Algunos reyes han nacido en casa más humildes que ésta. El favorito de las estrellas puede surgir incluso de una cabaña. Pero no, al Dios de la Sabiduría no le ha parecido bien recompensar mi búsqueda tan fácilmente. El que busco se ha marchado delante de mí, y ahora debo seguirle a Egipto”.

La joven madre dejó al niño en su cuna y puso un plato de comida ante el extraño invitado que el destino había traído a su casa. Conforme Artabán comía, el niño se quedó dulcemente dormido y comenzó a murmurar entre sueños.

Pero repentinamente, llegó ruido de alboroto en las calles, chillidos y lamentos de mujeres, estruendo de trompetas y un grito desesperado: “¡Soldados!  ¡Los soldados de Herodes están matando a nuestros hijos!”.

Pálida de terror, la joven madre se acurrucó inmóvil en el rincón más oscuro de la habitación, cubriendo a su hijo con los pliegues de su túnica, no fuera a despertarse y comenzara a llorar. Pero Artabán se colocó en el umbral de la puerta de la casa, cerrando el paso con sus anchas espaldas.

A la vista de aquel desconocido ataviado de forma tan imponente los soldados titubearon. El capitán se acercó para echarle a un lado. El rostro de Artabán estaba tan tranquilo como si estuviera observando las estrellas y en sus ojos ardía ese fuego capaz de hacer retroceder a un leopardo a medio amansar. Retuvo al soldado en silencio durante unos instantes, y entonces le dijo en voz baja: “Estoy solo en este lugar, esperando para dar esta joya al prudente capitán que me deje en paz”.

Artabán le mostró el rubí, que relucía en el hueco de su mano como una gran gota de sangre. El capitán quedó maravillado por el esplendor de la gema. Las pupilas se le dilataron de deseo mientras alargaba la mano para coger el rubí.

 “¡Vámonos ¡”, dijo a sus hombres. “Aquí no hay ningún niño”.

Conforme el estrépito y el ruido metálico de las armas se alejaban, Artabán volvió el rostro hacia el este e imploró así. “¡Dios de la Verdad, perdona mi pecado!. He dicho una mentira y me he quedado sin dos de mis presentes. He gastado con el hombre lo que estaba destinado a Dios. ¿Llegaré a ser digno de ver el rostro del Rey?”.

Pero la mujer, llorando, dijo suavemente: “Que Yavé te bendiga y te guarde. Que haga resplandecer su faz sobre ti y te otorgue su gracia. Que vuelva a ti su rostro y te dé la paz”.

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EL CUARTO REY MAGO  (Tercera parte y final)

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Entonces, reinó de nuevo el silencio en la Sala de los Sueños del palacio del Corazón del Hombre y comprendí que, bajo esa profunda y misteriosa quietud, los años de Artabán transcurrirían muy velozmente. Percibí ligeras visiones del río de su vida brillando a través de las sombras que lo ocultaban.

Le vi entre las multitudes del populoso Egipto, buscando algún rastro de la familia que había venido de Belén, y encontrando señales de ella bajo los sicomoros de Heliópolis y al pie de las murallas de Nueva Babilonia, junto al Nilo. Pero las señales eran tan débiles y confusas, que se desvanecían continuamente a su paso, al igual que sucede con las huellas de pisadas en la dura arena de un río, las cuales brillan un momento y luego desaparecen.

Le vi  otra vez en una oscura casa de Alejandría, recibiendo consejo de un rabino. Este hombre venerable, le leyó en voz alta profecías que predecían los sufrimientos del Mesías prometido: despreciado, perseguido por los hombres, varón de dolores.

 “Y recuerda, hijo mío”, dijo, fijando en Artabán sus profundos ojos: “El Rey que estás buscando no lo encontrarás en un palacio, rodeado de esplendor terrenal. La luz que el mundo está esperando es una nueva luz, la gloria que surgirá del sufrimiento paciente y triunfante. Y el reino es un nuevo reino, la realeza del amor perfecto e inconquistable. No sé cómo esto llegará a suceder, ni tampoco cómo los turbulentos reyes y pueblos de la Tierra llegarán a conocer al Mesías. Pero sí sé esto. Aquellos que le buscan harán bien en mirar entre los pobres y los humildes, los que sufren, los tristes y los oprimidos”.

Y así vi al otro Rey Mago una y otra vez, viajando y buscando entre la gente de la diáspora, entre la cual podría haber encontrado refugio la familia de Belén. Atravesó países en cuyas tierras reinaba el hambre. Se alojó en ciudades asoladas por las plagas. Visitó a los oprimidos en las tinieblas de las mazmorras, a los desgraciados de los mercados de esclavos, y a aquéllos que remaban en galeras. En todo este populoso e intrincado mundo de aflicción, no encontró a nadie al que adorar, pero sí halló a muchos a los que ayudar. Alimentaba al hambriento, curaba al enfermo y confortaba al cautivo; y así fueron transcurriendo los años.

Casi parecía que hubiera olvidado su búsqueda. Pero en una ocasión, mientras estaba solo al amanecer, esperando a la puerta de una prisión, del lugar secreto de su pecho en el que la guardaba, sacó la perla, la última de sus joyas. Conforme la miraba, temblaba en su superficie un meloso lustre, una luz iridiscente y suave, llena de fugaces brillos azul y rosa. Parecía haber absorbido parte del zafiro y del rubí, que ya no le pertenecían.             

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Habían transcurrido treinta y tres años de la vida de Artabán, y su pelo, en otro tiempo más negro que los acantilados de Zagros, era blanco como la nieve del invierno. Sus ojos, que antiguamente brillaban como llamaradas de fuego, eran ahora latentes rescoldos entre las cenizas. Consumido, cansado y preparado para morir, aunque aún peregrino en busca del Rey, Artabán había venido a Jerusalén por última vez. Había visitado a menudo la ciudad y buscado por callejuelas, chozas y prisiones sin encontrar señal alguna de la familia que había huido de Belén tanto tiempo atrás.

Los hijos de Israel se reunían para celebrar la gran festividad de la Pascua. La ciudad estaba atestada de forasteros y en ese día se percibía una singular agitación. El cielo aparecía cubierto por una gran oscuridad y había una enorme excitación entre las multitudes.

Al ver a un grupo de judíos partos, de su propio país, Artabán les preguntó adónde iban.

“A un lugar llamado el Gólgota, fuera de las murallas de la ciudad”, le contestaron.

”¿No te has enterado? Van a crucificar a dos famosos ladrones y con ellos un hombre llamado Jesús de Nazaret, el cual ha hecho muchas maravillas entre el pueblo. Pero dicen los sacerdotes que debe morir, ya que se proclamó a sí mismo Hijo de Dios”.

¡Qué extrañeza le causaron estas palabras al corazón cansado de Artabán!. ¿Podría ser el mismo en cuyo nacimiento apareció una estrella en el firmamento y de cuya llegada habían hablado los profetas?. El corazón de Artabán se agitó de emoción.

“Los caminos de Dios son más extraños que los pensamientos de los hombres”, se dijo a sí mismo. “Puede que encuentre por fin al Rey, aunque sea en manos de sus enemigos y quizá llegue a tiempo de ofrecer mi perla como rescate”.

Y así, el anciano siguió a la muchedumbre hacia la puerta de Damasco. Justamente al lado de la entrada del puesto de guardia, venía calle abajo una patrulla de soldados, que arrastraba a una joven cuya ropa estaba hecha jirones. Al detenerse el Mago, ella vio su casquete blanco y el círculo alado sobre el pecho, y desembarazándose de las manos de los soldados, se arrojó a sus pies y se abrazó a sus rodillas.

“Ten compasión”, exclamó, “y sálvame, por el amor del Dios de la pureza!. Mi padre era un mercader parto, pero está muerto, y a mí me han capturado por sus deudas para ser vendida como esclava. ¡Sálvame!”.

Artabán se echó a temblar. Era el viejo conflicto de su alma entre las esperanzas de su fe y el impulso de su amor. Por dos veces, los presentes que él había consagrado al Rey habían ido a parar al servicio de la humanidad: en el bosquecillo de palmeras de Babilonia y en la casa de Belén. Esta era la tercera prueba, su última elección. ¿Sería su gran oportunidad o su última tentación? No podía decirlo. Sólo de una cosa estaba seguro: rescatar a esta muchacha indefensa constituía un verdadero acto de amor. ¿Y no es amor la luz del alma?

Sacó la perla de su pecho. Nunca le había parecido tan luminosa, tan llena de delicado y vivo lustre. La depositó en la mano de la muchacha. “Este es tu rescate, hija, el último de los tesoros que guardaba para el Rey”.

Mientras hablaba, la oscuridad se hizo más espesa y la tierra fue sacudida por terribles temblores que la agitaban convulsivamente, como si fuera el pecho de alguien que lucha con una poderosa aflicción. Las paredes de las casa se tambaleaban, caían piedras estrepitosamente en la calle y nubes de polvo inundaban el aire. Los soldados huyeron despavoridos. Artabán y la muchacha a la que había rescatado se acurrucaron junto a los muros del Pretorio.

¿Qué tenía que temer, o que motivo por el que vivir? Se había quedado sin la última esperanza de encontrar al Rey. La búsqueda terminaba en el fracaso. Pero, incluso albergando y aceptando ese pensamiento, se sentía en paz. No era resignación. No se lamentaba de nada, ya que día tras día se había esforzado lo mejor que pudo. Había sido sincero con la luz que le fue dada. Había buscado algo más. Y si no lo encontró, si al final todo terminó en fracaso, indudablemente era eso lo mejor que había podido hacer. Si llegara a vivir la vida otra vez no podría ser de otro modo.

Se produjo otro prolongado estremecimiento y una pesada teja, desprendida del tejado, cayó y golpeó al anciano en la sien. Artabán quedó tendido, con la nívea cabeza descansando sobre el hombro de la joven, mientras la sangre le goteaba de la herida. Al inclinarse sobre él,  temerosa de que estuviera muerto, surgió, a través del crepúsculo, una voz como la música que suena en la distancia, en la que se distinguen las notas pero no la letra.

Los labios del anciano se movieron y ella le oyó decir en lengua parta: “Señor, ¿cuándo te vi hambriento y te alimenté, sediento y te di de beber?. ¿Cuándo te vi enfermo o en la cárcel y fui a verte?. Te he estado buscando tres y treinta años; pero nunca he visto tu rostro ni te he servido, Rey mío”.

Artabán se calló, y de nuevo surgió la voz, muy débil y lejana. Pero, ahora, la doncella creyó entender las palabras también:

“  , a mí me lo hicisteis”.

Un tranquilo resplandor de asombro y gozo iluminó el pálido rostro de Artabán . Sus labios exhalaron suavemente un largo suspiro de alivio. Su viaje había concluido. Sus tesoros habían sido aceptados. El otro Rey Mago había encontrado al Rey.

FIN

Autor: HENRY VAN  DYKE . ( 1852-1933). Predicador, poeta, ensayista, autor de relatos breves y profesor de literatura inglesa. La idea de este relato se le ocurrió una noche, como un regalo, después de un año de enfermedad y tristeza.     

          Julio Baca                                                                Navidad 2007  

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EL CLAVEL

-¿Dónde habré puesto el buey y la mula?.

Año tras año,una semana antes de Noche Buena, Manuel montaba su belén, guardado pieza a pieza y año tras año, en el estante superior de un armario que siempre le acompañó. Las figuras eran frágiles y de buena calidad. Las tenía al abrigo de golpes, en una caja de madera, inconfundible para él.

El primer día de aquella semana previa a la Navidad, lo dedicaba a coger musgo en la montaña. Asegurado el musgo, el serrín se lo proporcionaba el carpintero amigo. Y… ¡Manos a la obra!. En dos días, hecho.

Pero en esta ocasión, no encontraba estas dos piezas fundamentales del portal: el buey y la mula.

-¡Alguien ha trasteado aquí!. Pensó molesto.

La ubicación de “sus belenes” se correspondía perfectamente con las etapas económico-laborables de la vida de Manuel.  Recién casado lo colocó sobre una caja grande de cartón que le dieron en el estanco. Fueron dos años duros, en busca de un trabajo más o menos estable, con ingresos sufientes pero siempre  ajustados.  Pasando el tiempo , de la caja de cartón pasó a  un  taburete-escalera de formica (pieza importante de su primera vivienda y que formaba parte del “mobiliario del salón”: el taburete, una mesa y tres sillas). Y de allí, a  una mesa camilla heredada y a una estantería. Finalmente su belen, se  extendía precioso, sobre la chimenea-hogar del cómodo y amplio salón de su última y, seguramente, definitiva vivienda.

Jubilado desde hacía dos años, la vida de Manuel y la de su mujer, Carmen, había cambiado y, aunque tranquila, no era en absoluto monótona y gris. Tras el accidente mortal de su hijo de 28 años. y sobreponiéndose a todo, lograron asumir la desgracia y se prometieron no desfallecer.  Lo habían logrado pero no olvidado. Fue un 15 de Diciembre…

Estaba seguro de haber guardado las figuras en su sitio y siguió separando  y desempolvando objetos en aquel dichoso cajón.

Cansado, hizo una pausa. Se sentó  en lo alto de la escalera  y encedió un cigarrillo.

-Lo del hijo estaba asumido sí, pero no podía olvidar aquel 15 de Diciembre  en que tuvo que reconocer el cadáver . Todo él era sudor. Temblaba.

-Sí, lo es, dijo Manuel al forense. Es mi hijo. Y se retiró, dejando su alma en aquel lugar frío y absolutamente vacío para él.

El dictamen policial dejaba claro que el exceso de velocidad del motorista había sido la causa del tremendo y mortal golpe.

La investigación sospechó indicios de huida… o de suicidio…Pero jamás se lo insinuaron al padre. La investigación no llegó más lejos.

-¿Tan al fondo las coloqué?. Pensaba escamado. Una gran colección de revistas  y periódicos amarillentos del período de la Transición, le separaban del fondo del armario.

Hizo un último esfuerzo, los logró arrinconar y…¡Ahí estaba su anhelada caja de madera!.

Con  cierto mimo la tomó en sus manos. De nuevo se sentó triunfante sobre la escalera, sin querer bajar y, ansioso, abrió su tesoro…¡Sus figuritas tan deseadas!. ¡Otro año habría belén en casa!.

Levantó despacio la pestaña dorada que cerraba la tapa y…

-¡Qué es esto!. ¿Qué ha pasado?.

Las figuras no estaban y su lugar lo ocupaba un sobre abultado con unas palabras escritas en rojo y fáciles de leer. “Entregar al Clavel el día 15 de Diciembre”.

Sudoroso y temblándole las manos, a puras penas pudo rasgar el sobre. Un polvo blanco y fino  resbaló sobre su pantalón.

Recordó alguna película, y tomó una minúscula muestra con su dedo índice. Se lo acercó a la boca notando un sabor amargo y cierta pérdida de sensibilidad en la lengua.

-¡Esto es cocaína!. Afirmó confundido.

Fue atando cabos entre escalofríos. -Sobre el terrible paquete, estaba escrita la fecha del día fatal!¡15 de Diciembre... ¡El mismo día del accidente de Juan, su hijo!.

Las ideas se agolpaban desatadas.

Pasados los minutos pudo reflexionar.                                                                              Juan huía de algo o de alguien,estoy seguro. ¿Se suicidó quizás? ¿Por qué no me dijo nada…? Tan alejado he estado de mis hijos?. Jamás tendría respuesta.

………………………………

-¡Vaya siestecita te has hechado esta tarde sobre la escalera!. Le dijo Carmen con cariño. – Te quité la caja del buey y la mula. A punto estuvo de caérsete al suelo. ¡Con lo que cuidas estas figuras…!.

Manuel se quedó petrificado, sintiendo, al mismo tiempo, un alivio inexplicable.

¡Todo ha sido un sueño! ¡Un sueño!. Pensó. –Lo de Juanito fue una gran pérdida y una tremenda mala suerte…, pero ya estaba asumido.

Todos los sueños tienen un por qué, y Manuel lo sabía. Se dió cuenta de que le preocupaban y mucho las costumbres de sus hijos, muchas veces tan alejadas de las suyas y de las de Carmen. Prefería no hablar de religión ni de política por no acabar en una discusión inútil. Pero lo más llamativo era que se sentía culpable, más que de las ideas de sus hijos (bastante alejadas de las suyas con frecuencia), de no haber compartido su evolución hasta llegar a ellas. Los hijos eran como eran, pero con poca participación suya. Esto le preocupaba.

Miró la divina Cueva y ahí estaban…también…su buey y su mula. Su mujer las había colocado con gran cariño. Eufórico, fue a darla un beso.

En la Noche Buena vinieron a casa de Manuel sus hijos y nietos. Estuvieron entusiasmados con las luces y el nuevo molino cuyas aspas giraban…”¡Como los de verdad!”. ¡Ah!.Y se embobaron con el Arbol…y se exclamaron con los regalos de Papá Noel…

La Cueva, con José, María y el Niño, pasó desapercibida. -¿Pero qué celebran?. Se dijo. Manuel se sintió, de nuevo, fracasado y desolado.

Estaba serio y pensativo. De repente una gran euforia le invadió. Un villancico cantado a voz en grito por toda la familia, le sacó de su ensimismamiento. Cogió al más pequeño de sus nietos y lo besó con gran ternura, envolviéndose en abrazos con todos.

El espíritu de la  Navidad lo llenó todo.

¡Nada estaba perdido!. ¡Compartiría!.

Alberto Saborido Cursach                                                                         Navidad-08

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 NADA  

Era una noche de diciembre relativamente templada, soplaba viento húmedo del suroeste que suavizaba la temperatura y hacía que la nieve que había caído en los días anteriores se deshiciera rápidamente. Luis, un muchachito de once años, entró en casa cariacontecido.

- ¿Qué pasa? -le preguntó su padre que se había separado recientemente de su mujer y tenía a su cargo al niño en aquel fin de semana. Luis explicó a su padre que el muñeco de nieve que había hecho en la calle se estaba deshaciendo y era un muñeco simpático, con la nariz puntiaguda de zanahoria, la bufanda, la escoba y unos ojos hechos con dos mitades de mandarina y que resaltaban con el blanco de la nieve, una gran barriga y una amplia sonrisa que le daban un aspecto bonachón.

Su padre trató de consolarle: aquel muñeco no era nada, sólo un trozo de zanahoria, unos desechos cualquiera y agua, agua congelada, ya un poco de agua sucia derritiéndose, total Nada.

Al día siguiente Luis y su padre fueron al centro de la ciudad a dar un paseo. Estaban viendo escaparates y Luis se paraba en algunos que exponían al público algún nacimiento; no sabía muy bien lo que significaban, nunca se lo habían enseñado pero le atraían aquellas figuritas, aquel niño con sus padres, y el buey y la mula. Luis se paraba demasiado viendo aquellas escenificaciones y estaba resultando un poco pesado.

-Mira Luis, le dijo su padre algo serio, -no des demasiada importancia a esas cosas, son restos de antiguas creencias que para sustituir a supersticiones religiosas anteriores inventaron unos jerarcas pertenecientes a la Iglesia Católica. Hasta los relatos en los que se cuenta esa historia de Belén no son mas que unas recreaciones de unos escritores llamados Mateo y Lucas y que no tienen ningún fundamento histórico. No te dejes impresionar por esa aparente ternura y bondad, al fin y al cabo no son más que fantasías, nada real. Nada.

Su padre, por si acaso la cosa no había quedado suficientemente clara prosiguió con su discurso:

-y ya sabes que eso que llaman Dios no es sino una creación de los hombres para dulcificar su situación miserable, nada real, Nada.

Iban caminando hacia la estación del tren de cercanías cuando se cruzaron con un chico joven que iba empujando un carrito en el que llevaba a un anciano inválido. Luis se fijó atentamente en aquel joven.

-Papá , ese chico si que tiene que ser bueno, dijo Luis con admiración a su padre. Este asintió pero se creyó obligado a hacer a su hijo una aclaración.

-Luis,  ya te habrán hablado en la escuela de los cromosomas, son como los planos según los cuales funciona el ser vivo, pues bien hay unos genes, que los científicos llaman el gen altruista, que poseen algunos humanos, y que les empuja a sacrificarse por los demás. Es un mecanismo muy sofisticado para asegurar la supervivencia de la especie. Ya ves ese chico obedece a las órdenes de la bioquímica, eso es todo, sólo eso Nada más.

Luis miró al cielo, no sintió ninguna emoción, era simplemente una gran mancha negra, sin estrellas. Miró la cara de su padre, tampoco le dijo nada. Se fijó de nuevo en el muchacho empujando el carrito y le pareció un autómata realizando su trabajo. Sintió los latidos de su corazón, le parecía el sonido de un motorcito funcionando con completa regularidad.

Tuvo una sensación rara, como de vacío, como cayendo en un pozo profundo y negro, como de ausencia, como si lo que le rodeaba no perteneciera a su mundo; se sentía ajeno, extraño. Siguió caminando al lado de su padre, en silencio, sin decir nada. NADA.

Antonio Pérez

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MILAGRO  EN LA CATEDRAL.

Los fieles que habían asistido a  la Misa del Gallo, se retiraban animosamente por la puerta del Sarmental, Cuando ya parecía que los asistentes habían abandonado la Catedral, el sacristán y doña Fabri la campanera, recorrieron las diversas capillas gritando “¡¡se  va a  cerrar!!”, “¡¡se va a cerrar!!”, a  la vez que hacían pasar grandes llaves por las verjas de las capillas, produciendo enorme ruido.

El  portón de la Puerta de la Pellejería se cerró con un fuerte golpe y dejó el interior de la catedral en un completo silencio.

Eran las tres de la madrugada, cuando el Papamoscas dio las campanadas correspondientes, después de los toques del  Martinillo.

De  los muros de la Catedral  empezó a emanar un brillante fulgor que inundó con  su luz toda la basílica.   

Un  leve ruido de piedras del suelo de la capilla de Santa Tecla se empezó a percibir, así como el de desplazamiento de las losas que cubrían los sepulcros. Tanto de la cripta de Santa Tecla como de los sepulcros adosados a  los muros empezaron a  salir personajes vestidos de hermosos trajes talares que después de estirar las piernas se saludaban unos a  otros felicitándose las Pascuas con gran cordialidad y alegría.

La chapa metálica que cubría la tumba que se encontraba debajo del crucero, se levantó bruscamente  saliendo al trote don Rodrigo Díaz de Vivar seguido de Jimena que le increpaba diciéndole lo haragán que era y  lo desaliñado que iba siempre, y al tiempo que  le recordaba lo que decía en el Cantar sobre el polvo y el sudor, Doña Jimena le palmeaba todo el cuerpo provocando grandes nubes de polvo. Nunca los moros  le habían dado semejante paliza.

Doña Mencía de Mendoza, esposa del Condestable de Castilla, que estaba viendo la escena, se llevó a un aparte a Doña Jimena y la calmó un poco llevándole a su capilla para que viera cómo había quedado, contándole las trifulcas que había tenido con el cabildo, ya que para su construcción se tuvo que derribar la antigua Capilla de San Pedro.

El  Beato Lesmes, abogado del dolor de riñones, que ya tenía experiencia en servir a  obispos, iba a trotecillo corto tras el arzobispo Castro a quien por ser el arzobispo más joven, le correspondía celebrar la ceremonia de Navidad.

Inés, hija única de Don Fadrique, rico comerciante en lana, charlaba animadamente con el joven Froilán, alférez de las tropas de Don Juan.

Don Pedro Rodríguez de Velasco, condestable de Castilla, le decía al obispo Mauricio el cabreo  que tenía por el hecho de que en  la Casa del Cordón, su antigua morada, hubieran puesto una Caja de Ahorros, y de que allí hubiera morado el chuleta de Felipe el Hermoso, que tanto había hecho padecer a  nuestra buena reina Juana, a  la vez que le felicitaba por lo bien que le había quedado la Catedral.

 Mudarra le estaba comentando a Don Rodrigo Díaz de Vivar el tema de los Siete Infantes de Lara y  cómo, por el hecho del mosqueo de la novia de su tío el día de su boda, éste se los hubiera cepillado, razón por la cual tuvo que vengar  la muerte de sus hermanastros “ultimando” a su tío. Don Rodrigo le felicitó por su noble conducta.

El  sinnúmero de arzobispos que habían emergido de sus sepulcros comentaban en corrillos la situación en la que quedarían sus tumbas, si se aprobaba el proyecto de instalar el suelo radiante.

Cuando el Papamoscas dio las tres y media de la madrugada todos los asistentes que se encontraban en la Catedral se congregaron en el Altar Mayor.

El Arzobispo Castro celebró la misa del Gallo entonando al final el villancico de “cantan y  bailan los peces en el río” ,que fue seguido por todos los presentes.

Al  final de todo, los ilustres personajes se fundieron en largos abrazos y se despidieron hasta el año siguiente a la vez que se dirigían a sus sepulcros respectivos con una sonrisa en los labios, mientras se apagaba lentamente el fulgor que despedían los muros y  la Catedral volvía a su nocturno silencio.

Felix Puche

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LA MENDIGA

Aquel 24 de diciembre, Mirna Spencer que no se había llevado nada a la boca durante todo el día, se encontraba en una húmeda tarde neoyorquina en la que la oscuridad de la noche se cernía sobre el cielo, frente al enorme árbol de Navidad que se erguía en la proximidad  del Rockefeler Center.

Los desnudos pies de Mirna se encajaban en unas viejas y roídas deportivas. Sus entumecidas piernas, llenas de moratones, sostenían un escuálido cuerpo que se enfundaba en una vieja manta que le cubría desde la cabeza.

La cara emergía entre unos ralos mechones de pelo, alguno de los cuales quedaban prendidos de las comisuras de sus amoratados labios. Sus manos que al principio de la jornada avanzaban implorantes de limosna hacia los viandantes, ya estaban extenuadas, y colgaban de sus brazos cono ramas secas de un árbol. El villancico de Navidad, que se repetía constantemente en el aire, ya no era percibido por sus oídos.

Carlo Masera, guardia urbano de aquella demarcación, le indicó a Mirna mientras hacía girar la porra alrededor de su muñeca, que se quitase de allí, al mismo tiempo que le indicaba un lugar al que ya no pertenecía su demarcación.

Mirna, muy despacio, asintió con la cabeza y se situó en el lugar indicado por Masera.

Normalmente los viandantes, que iban envueltos en confortables abrigos, no reparaban en Mirna; no ocurría así con los niños que disminuían la marcha al pasar frente a ella y la miraban con curiosidad, y a los que los adultos que les acompañaban les propinaban un tirón que les hacía reanudar la marcha normal.

Mirna, que era hija de un predicador presbiteriano, recordaba el confortable salón de su casa en Tennessee, con el árbol de Navidad plagado de lucecitas intermitentes y con el aroma de pavo asado que provenía de la cocina.

Algo le decía que se había convertido en un ser invisible, ya que nadie reparaba en ella. Tal vez si se derrumbara sobre la acera e impidiera la circulación de los peatones alguien repararía en ella. Dicho y hecho: Mirna se tumbó en la acera con la cabeza hacia el suelo. Pronto notó que unas manos  la asían de los hombros y la colocaban pegada a un edificio de forma que no representase un obstáculo para la circulación.

Una viejecita se acercó a Mirna reprendiéndola por haber llegado a aquél estado, sin duda por el alcohol o la droga.

Mirna se incorporó de nuevo, y apoyada en la pared tendió de nuevo la mano solicitando limosna, mientras el villancico sonaba implacablemente.

Un magnífico coche aparcó frente a Mirna a la vez que hacía sonar el claxon. Mirna se dirigió al coche y acomodándose en el asiento trasero, le indicó al chofer le llevase a su casa.

La casa de Mirna era una magnífica mansión situada en uno de los barrios mas exclusivos de Nueva York.

Tan pronto hubo tomado un agradable baño y cambiado de ropa, se puso frente al ordenador para redactar los estatutos de la Fundación Mirna Spencer  para la asistencia a los sin techo. Esta fundación estaría dotada inicialmente con  20 millones de dólares.

Mirna Spencer, propietaria del primer grupo editorial de E.E.U.U. tenía como lema: antes de invertir en cualquier negocio, experimentar personalmente las necesidades de sus potenciales clientes, destinatarios de sus servicios.

Felix Puche

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CUENTO BURGALÉS EROTICO NAVIDEÑO.

Desde la calle subía el estruendo de los petardos que arrojaban los niños mezclado con los villancicos que cantaba un coro de voces blancas, todo ello orlado por el sonido de la campana de La  Meced que anunciaba la buena nueva.........................................

Sobre el lecho los dos amantes desnudos se acariciaban iniciando el juego amoroso. El  tocaba suavemente la rodilla de ella con su mano que se deslizaba después por el turgente muslo. Mientras ella le atusaba su varonil pecho acercó sus  labios al oído de su amante y con voz  sensual le musitó:

-¡Pepe, vamos a Pryca¡, a  lo que contestó el

-¡pues vale, y compramos el turrón¡.

NOTAS DEL AUTOR.

Con efecto de que este cuento pase  la férrea  censura que ejerce el administrador de esta página me veo obligado a  efectuar las siguientes aclaraciones:

Primera.-Los amantes  estaban casados por la Iglesia, y con los papeles en regla.

Segunda.- Los amantes eran padres de cinco hijos el menor de los cuales de 45 años que se llamaba Bonifacio, era consumero en el fielato de la Quinta.

Tercera.- La  campana de la Merced estuvo tocando 15 horas anunciando la Buena Nueva, porque al bueno del padre Ibero se le olvidó cerrar el interruptor del motor de la campana.

Cuarta.- Fue el tema del turrón  el que  despertó  de su sueño al amante.

Felix Puche

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INDIA: INESTINGUIBLE NAVIDAD

Primera página del periódico:  “INDIA ENTRA EN LA ÉLITE ESPACIAL”.     Y sigue…

“ El Chandrayaan-1 fue lanzado ayer con éxito a las 6,22 h. de la mañana, a lomos de un cohete de 44 metros de longitud. El PSLV, se produjo en Sriharikota, una pequeña isla en la bahía de Bengala utilizada por ISRO desde 1971. Su éxito fue recibido con entusiasmo por los más de mil científicos implicados, muchos de los cuales habían rogado antes en el templo que la lluvia de los últimos días cesara, como efectivamente ocurrió. Dentro de dos semanas el Shandrayaan-1, que actualmente se encuentra en órbita alrededor de la Tierra,  se estacionará en la órbita lunar, a cien kilómetros del satélite. Desde allí enviará información a la Tierra durante un mínimo de dos años”.

La noticia me  llamó mucho la atención. Tengo entendido que, de cada tres pobres que hay en el mundo, uno de ellos es indio...

Comenté la noticia con mi mujer. Estábamos de acuerdo en que el asunto de los pobres en India no es un problema sólo de dinero. Que el país avanza en todos los sentidos es irrefutable y que la existencia de una clase media ya es claro indicio de progreso económico y social. Pero la pobreza (¡la miseria!) y el sistema de castas, está en su Cultura y decididamente opinamos que no es un asunto de dinero o de mejor o peor gestión económica. El problema es mucho más importante y profundo. Quizás incomprensible en nuestra cultura.

 No sé por qué, me vino a la memoria un cuento que alguien me relató en mi infancia. Aunque niño, me hizo reflexionar. Más tarde pensé que era absurdo. Y alguna vez he reconocido, que contenía algo de verdad. Os lo quiero relatar.

Hace muchos, ¡muchos años!, en una ciudad lejana y durante la noche de Navidad, ocurría una cosa verdaderamente extraordinaria.

La ciudad, aunque pequeña, era rica. Edificada en lo alto de una montaña, la poblaban gentes trabajadoras, serviciales y honradas. La vida era blanda y fácil.Como pasa casi siempre, los más pobres trabajaban y los ricos pagaban a los que hacían trabajar.

Una noche de Navidad las calles de la ciudad estaban desiertas. Todos sus moradores se hallaban en la misa del Gallo. El tiempo presagiaba nieve. Se aguardaba la nieve con impaciencia, los jóvenes para hacer con ella muñecos y bolas, los mayores porque cuando nieva hace menos frío.

Casi al terminar la misa, empezó a nevar.¡Qué sorpresa!. Los primeros copos, al dar en el suelo, producían un sonido metálico. Qué extraño.¡Tin! ¡Tin!. La nieve caía y caía, cada vez más espesa, oyéndose por todos lados el son argentino de miles de partículas blancas.

¡No era nieve lo que caía!. Bastaba con mirarlo. ¡Eran monedas de plata!. Cuando los primeros fieles salían de la iglesia, andaban ya sobre una densa capa de plata.

Nadie podía creer lo que sus ojos veían y sin embargo era cierto. El chubasco caía sin cesar, regularmente y sin interrumpirse. Había cubierto los techados y la luna hacía centellear el blanco manto en que se hallaban envueltos.

Los ciudadanos no tardaron en aprovecharse de la ganga y, con toda clase de utensilios,metieron en sus viviendas montañas de plata.

La ciudad estaba enloquecida. ¡Qué fiebre!. ¡Qué ardor en recoger la inesperada cosecha!.

Tres horas después cesó el temporal. Todos tuvieron sueños maravillosos!. ¡Qué espléndida noche!.

Al día siguiente, nadie trabajaba y nadie obedecía. Todas las tiendas estaban cerradas. Todos los negocios se consideraron retirados. A las escuelas no acudieron los estudiantes. Pero hombres y mujeres buscaban dónde comprar para comer… El panadero, el frutero, el carnicero…todos, al sentirse ricos, habían resuelto cerrar sus negocios.

La situación se puso grave. El hambre empezó a hacer su aparición… y no es buena consejera. La gente se sublevó, pero la policía, también sintiéndose rica, se unió a los que se amotinaron. Se saquearon los almacenes, pero sus dueños no hicieron nada por impedirlo: se sentían ricos con su trastienda repleta de dinero.

Los “nuevos ricos” tuvieron que alimentarse de conservas de todo tipo (de muy poca calidad comparadas con las actuales) y hasta de variedad de golosinas. Con semejante régimen enfermaron y quisieron acudir al médico, pero éste había huido dejando la consulta vacía. ¡Los males del cuerpo no se curan con monedas!.

En esta ciudad donde todo el mundo era rico, la vida llegó a ser imposible. La gente del campo, enriquecida también, tampoco trajo nada al mercado. En la ciudad se moría de hambre.

A todos les asaltó la misma idea: huir y llevarse la fortuna a otra parte. Pero ¿cómo?. No había carretas ni cocheros: también eran ricos y ya no trabajaban.

Empezaron a comprobar los inconvenientes de la opulencia. Pero el hambre les obligó a huir.

El camino fue otro desastre. Todos, hombres, mujeres y niños, sucumbían bajo el peso de las monedas de plata. Los caballos tan cargados, se hundían aplastados al andar unos pocos metros y fueron abandonados. Muchas personas murieron en los bordes del camino y otros tuvieron que arrojar una buena parte de su riqueza.

La ciudad quedó vacía. Sus habitantes esparcidos por aldeas vecinas donde se gastaron el poco dinero que pudieron llevar consigo. Los que sabían trabajar volvieron a sus profesiones. Los demás, arrastraron una existencia miserable y murieron mendigando con los ojos vueltos hacia su ciudad, donde tenían las habitaciones llenas de dinero…FIN.

Y es que el dinero no lo es todo en esta vida. Ni tampoco la crisis económica  ni la recesión, nos pueden quitar la felicidad que el Espíritu de la Navidad siempre nos ha proporcionado. Este espíritu tan sentido, quiero compararlo con el que trasmiten  esas gentes de India que, aun abrumados por la miseria, sonríen siempre en los reportajes que muchas veces observamos. ¿Qué tendrá India para ser tan misteriosa para nosotros?. ¿Qué nos falta (o qué nos sobra) para que la Navidad a veces hasta nos hastíe?.

Alberto Saborido                                                                   Navidad-09

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LA NAVIDAD DE BASILIO.

Se llamaba Basilio y toda su vida, desde niño, la había vivido caminando delante de las ovejas, toda su vida pastoreando por los fríos páramos de Burgos. Nunca había tenido vacaciones ni días de fiesta, sólo los días que nevaba, entonces las ovejas se quedaban en la tenada y Basilio también se quedaba en casa. Siendo más precisos, sí que había un día  que era fiesta para Basilio, era el día de Navidad; ese día no se soltaba a las ovejas y los pastores, un día al año, iban a Misa, a la Misa del Gallo, la Misa de los Pastores; allí entonaban villancicos y coplillas que se cantaban desde siempre, algunas no muy del agrado del señor Cura, pero había que aguantar, era la Misa de los pastores.

Todo lo recordaba ahora, en la vejez, en el hogar de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, donde residía hacía ya algún tiempo, y lo recuerdos se hacían más vívidos, ahora que llegaban las Navidades. Basilio ayudaba a hacer más solemnes estas fiestas colaborando en todo lo que le mandaba sor Elvira y sobre todo a la hora de “poner” el Belén.

Pero este año se cernían algunos nubarrones; sor Elvira era mayor y el interés por el nacimiento había decaído entre los visitantes y los residentes y se comentaba que este año no habría Nacimiento. Estaba Basilio dando vuelta a estos augurios cuando tuvo una idea;  propuso a sor Elvira montar el Nacimiento con el compromiso por su parte de atender a los posibles visitantes, hacerles amena su visita con sus bien conocidas dotes de contador de chistes, historias y sobre todo con sus bien contrastadas condiciones de cantor; Basilio cantaba muy bien, imitaba a Antonio Molina con mucha propiedad y tenía un amplio repertorio de canción española. A sor Elvira no la convenció mucho el proyecto pero por no desilusionar a Basilio  aceptó a “poner” un año más el Belén.

Efectivamente,  la experiencia iba camino de ser un fracaso total, sobre todo sus canciones que parecían el plato fuerte de la convocatoria no encontraron eco y sus chistes parecían demasiado viejos. Pero un día, no se sabe por qué razón aparecieron por la Residencia un grupo de gitanos, ya maduros, que vivían en las proximidades de la Residencia, y entonces sí que se armó el belén. Organizaron entre Basilio y los gitanos un sarao que todos los abuelos y abuelas acudieron a oírles, subió el entusiasmo y abundaron los gritos de ánimo y los aplausos de forma que fue una tarde memorable en la rutinaria y anodina vida de una residencia de ancianos.

Aquello había que repetirlo, la cosa no se podía quedar así, pensó Basilio, e invitó, con el acuerdo de sor Elvira, a los gitanos para que acudieran a la Misa del Gallo, y efectivamente, allí se presentaron con todos sus familiares a participar en la Misa. Fue una celebración preciosa; cantaron (que es rezar dos veces), rezaron, con su actitud fundamentalmente, y veneraron la imagen del niño Jesús. Fueron a adorar al Niño, como ellos decían, y como lo habían hecho hace dos mil años unas gentes sencillas, unos pastores de Belen. Fue  una gran fiesta. Al final unas pastas y una copita de vino rancio, o más de una, pues sor Elvira fue espléndida. Y alegre por la emoción vivida, por los sentimientos compartidos, por el sensación profunda de una vida que estaba llegando a su término, por el recuerdo de aquellas Navidades cuando él era pastor en los páramos castellanos. Basilio se dejó dominar por la emoción y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Era Navidad, su fiesta , la única fiesta que él había celebrado y que le hacía sentirse acogido por los hombres y hasta por el mismo Dios. La fiesta en la que unos ángeles anuncian a unos pastores que Dios nace de una mujer, que camina con los hombres, que un niño se nos ha dado  que es nuestro Salvador. Basilio se sintió muy feliz y felizmente, lleno de paz y serenidad se durmió.    

Antonio Pérez    

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LA CARTA DE REYES.
Paco y Andrés se habían hecho muy buenos amigos desde  que compartían la misma habitación en el gran hospital. Ambos tenían seis años y  ambos padecían  enfermedades muy graves. Andrés padecía una grave malformación del corazón, mientras Paco tenía el hígado muy atrofiado.
Las enfermeras habían decorado la habitación de los niños con motivos navideños ya que las fiestas estaban próximas.
Un día en que Paco estaba sumido en una de sus crisis, en que la medicación le producía un profundo sopor, Andrés se dispuso a escribir la carta a los reyes magos. Una vez acabada esta, la metió en un sobre y la guardó en una pequeña caja de madera donde guardaba los cromos de la liga.
El día en que Andrés sufrió una grave crisis de circulación, hubo de ser trasladado inmediatamente al quirófano y operado de urgencia, desgraciadamente con un resultado fatal.
Cuando Paco supo lo que había pasado a su amigo, rompió a llorar de forma inconsolable a pesar de las muestras de cariño de sus padres y enfermeras.
La madre de Andrés, entre sollozos, leyó la carta de este  a los Reyes Magos que decía así.
“Queridos Reyes Magos: ya sabéis que estoy muy malito y es posible que no llegue al día de Reyes. Por eso os pido que deis a mi amigo Paco la colección de la liga de fútbol que tanto le gusta, el libro de cuentos y mi hígado que tanto necesita. Hasta pronto.  Andrés”.
Al día siguiente de la muerte de Andrés, le fue trasplantado con éxito el hígado de Andrés a Paco, quien pudo llevar a partir de entonces una vida normal.

Felix Puche

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U237.
Una ventisca de nieve  barre  el centro de Siberia. Era finales de diciembre, en plena Guerra Fía.  Allí, a  80 metros  de profundidad,  se  encuentra el acelerador de partículas mas grande del mundo. Los científicos que lo atienden se encuentran en una actividad febril, el  motivo  no es otro que el reciente  descubrimiento del Mortadelino, que es una  partícula subatómica obtenida por el choque de un neutrino alfa contra los restos de un bocadillo de mortadela que accidentalmente había dejado la señora de la limpieza, Ana Plasiescaya Curie, biznieta de Madame CURIE, de casta le viene al galgo,  mientras barría el acelerador.
La  propiedad mas terrible del mortadelino,  es la facultad que tiene de liberar en presencia de una rodaja de morcilla de Burgos una energía calorífica tan potente que reduce a  cenizas una  superficie de un círculo que tiene por radio en su extremo del centro la ciudad de NuevaYork y  por el otro extremo Tordueles.

El  espía A111 que operaba en el centro de investigación al  servicio de USA ya se había puesto en contacto con U237 para enviarle toda la documentación del proyecto .
U237era veterano de todas las guerras de Africa y del sudeste asiático como mercenario, y había tallado su  cuerpo de 2  metros de altura y su mente, como un hombre sin piedad; tenía unos 45 años de edad, su aspecto fiero con una terrible mirada que se abría paso entre unas pobladas cejas, una gran nariz aplastada entre dos mejillas tersas y bajo la cual se dibujaba el fino trazo de la boca.
Cuando a  las 2  de la mañana el timbre sonó en su puerta, U237 dobló rápidamente el escrito que acababa de firmar y lo metió en un sobre. Al  abrir  la puerta se encontró ante él, un individuo que dijo iba a  inspeccionar el gas. El espía le franqueó la puerta, acto seguido el visitante le entregó un sobre que le  enviaba A111. Al  despedirse del correo el espía le dijo: “majete, entérate para otra vez que aquí no tengo gas y que estas no son horas”.
El  espía metió en un portafolios amarillo chillón con grandes circulos verdes los dos sobres y  salió de su casa. Al  pasar por un buzón depositó en él uno de los sobres que llevaba en el portafolio  y  se encaminó a  la estación de Leningrado donde le esperaba en un banco un hombre con un maletín de similares caracteristicas.Después de darse la mano intercambiaron ambos maletines con un gesto imperceptible.
Eran las 4 de la mañana cuando en el dormitorio del presidente de USA, Marcus, sonó una potente sirena, ya que éste tenía el sueño a  pruebas de timbres. El  dignatario se levantó entre protestas de su esposa y  después de vestirse informalmente se dirigió a  la sala supersecreta que se encontraba a  30 metros de profundidad. Esta sala tenía una gran mesa en el centro, tres sillas y un árbol de navidad  con muchas bolitas brillantes. Cuando entró Marcus en la sala vió a  Morris, que estaba haciendo que arreglaba la puerta de la estancia. Morris  era un espía de la la URSS de toda confianza y del que todos  conocían sus mañas, pero que por ser muy simpático, todos en la Casa Blanca le habían tomado cariño. El presidente le mandó a hacer puñetas, oído lo cual Morris le dijo al árbol de Navidad, vámonos, y  ambos se retiraron por el pasillos. Ni que decir tiene que las bolitas del árbol eran micrófonos de alta sensibilidad. Al  penetrar en la sala el presidente fue saludado por el jefe de la CIA y por el secretario de Defensa  que ya se encontraban al fondo de la sala. Sin mas preámbulos el Presidente dio orden al jefe de la CIA para que procediese a  la lectura del documento que portaba el sobre que enviaba U237. El  escrito decía “Queridos Reyes Magos: este año he sido un agente muy bueno, por lo que quiero me echéis un tren eléctrico y  lo que sus majestades quieran.Besitos U237”.
Después de destituir al  jefe de la CIA y  al Secretario de Defensa, Marcus se tomó un lexatín y se volvió a  la cama. Su  esposa le dijo con voz susurrante: “Marcus, debes mirarte  la próstata”.
En  Oriente, los Reyes Magos cuando recibieron la carta del espía llena de sartas de integrales, derivadas alfas y omegas, rápidamente se dieron cuenta de lo que se trataba. Razón por la cual provocaron con un efecto mágico, una fuga de agua en la cisterna del inodoro que se encontraba encima del los archivos secretos del acelerador y de éste mismo, lo que produjo una gran inundación que arruinó todos los documentos del archivo y  el propio acelerador.
Hoy es el día que los rusos siguen intentando reparar el acelerador con tornillos rosca- hapa, cinta aislante y parches Sor Virginia, pero  el acelerador no marcha ni para atrás.

U237 que había sido suspendido de empleo y sueldo por la CIA, se estaba divirtiendo como un enano con el tren eléctrico que le habían echado los Reyes, que aunque no les había llegado su carta sabían sus preferencias, ya que eran magos y se enteraban de todo.

Felix Puche

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VILLANCICO "24 DE DICIEMBRE".

¡Cómo cantan los pastores

que van llegando al pesebre

desde los cercanos cerros,

recién entrado el invierno!.

 

Con la aijada abren camino,

y a la bota dan un tiento

para combatir el frio

que en sus rostros deja el cierzo.

 

El buey y la mula sueñan

a la luz de las estrellas,

mientras  el recién nacido

exhala un aroma a heno

en el establo sin techo.

 

¡Cómo cantan los pastores

que vienen del monte a verlo,

recién entrado el invierno!

 

Paco Blanco

 

EL CARRILLÓN
Un cuento de Navidad suele hablarnos de ternura, transportanos a países exóticos, recordar nuestra infancia…Pero “mi” cuento esta vez trata de sensaciones, sugerencias, vivencias auténticas…no es fantasioso.
Mi parroquia, cuyo edificio tengo ante mi ventana, ha estrenado un carillón. Esta es, para mi y muchos de mis vecinos, toda una noticia. Ante la Navidad inminente y, con lo recaudado durante el año, se ha logrado estrenar un carillón.
La habitación en donde trabajo tiene un apreciable ventanal desde donde puedo contemplar un amplio patio rodeado de edificios variados: oficinas de “alto standing”, un colegio profesional, dos hoteles, un restaurante y casas de vecinos. Todos edificios altos. Colocada entre todo ello, la parroquia, de tejado rojo y lineas verdaderamente austeras. Yo tengo ante mi la parte posterior del edificio y, si no fuera por la fachada que asoma brevemente y la cruz que la remata, podría confundirse con un almacen. Erguido a la derecha, se muestra el nuevo carillón.
Quizás “me pase” al querer describir el instrumento, pero lo considero ya tan mío, que os lo quiero presentar tal como es. Tiene sus campanas montadas sobre un soporte vertical en forma de ventana ojival y dividido en cinco departamentos, como peldaños de una escalera. Cada peldaño soporta las campanas, que son de unas dimensiones decrecientes de abajo a arriba: las de abajo (dos) son las de mayor tamaño y le siguen tres espacios más con tres campanas cada uno. El superior sólo tiene una campana, la más pequeña. Remata el carillón una cruz.
Toca las horas y los cuartos. A las doce del mediodía, después de las correspondientes campanadas, entona el Ave María. Ocho minutos antes de la hora, llama a misa. Para no molestar al vecindario, calla de nueve de la noche a las nueve de la mañana del día siguiente. Los días festivos se entretiene con alguna melodía amable. De madrugada queda iluminado sobriamente; no canta, pero no nos deja.
Desde su inauguración el patio ha cambiado. Sus vagos sonidos aunados, que nos recuerdan una actividad diaria predecible, quedan ahogados, cada cuarto de hora, por el tiin-taan  seguro y entrañable de los badajos. El patio ahora no es anónimo, tiene carácter.
Pienso: Al escuchar el carillón, habrá quien se acuerde de su infancia, de su familia, de su pueblo, de su trascendencia… Habrá quien recapacite y no se vengue. Quien se sienta menos confuso. Quien confíe más en sí mismo. Quien decida volver a casa.
El carillón puede ser el último sonido amable de un agonizante, el que recuerde que ha llegado la hora de encontrarse con un amigo o con el ser querido que le acompañará toda su vida… O bien, llame la atención al estudiante que espera ir a la facultad…
¿Ilusiones de un sentimental advenedizo? Los años no perdonan: o te vas convirtiendo en un personaje entrado en años y nada más, o afloran en ti nuevos sensores que te hacen estar alerta a los principios de la vida, como son la ternura, la amistad, el amor, la familia…
El nuevo carillón de la parroquia, mi patio, que ahora tiene alma, y estas pocas líneas en donde he querido verter algo de mi lado amable suponen, en mi caso,  unos buenos mimbres para una esperanzadora Navidad.
¡FELIZ NAVIDAD!

Alberto Saborido

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EL MUÑECO DE NIEVE

Era una noche en la que la luna estaba en cuarto creciente  recién salido, por eso la luna todavía no alumbraba mucho,  pero como había nevado, el tenue resplandor sobre la nieve hacía posible, simultáneamente, que se pudiera andar, correr, jugar en el campo y contemplar el cielo cuajado de estrellas. Estaban Francisco, Cecilia y Benito en un pueblo prácticamente deshabitado del norte de Burgos. Era una noche perfecta para la ensoñación, el embrujo, la fantasía, la magia; salieron de casa, dejaron atrás el bulto de las cuatro casas que parecían cuatro mogotes acurrucados unos junto a otros. Se alejaron un poco, hasta la campa donde en verano los cuatro chavales que iban a pasar unos días a casa de los abuelos se reunían para jugar.
                    
 “Vamos a hacer un muñeco de nieve”, dijo Benito, un chaval inquieto y vivaracho. Dicho y hecho: hicieron rodar una tira de nieve que se fue engrosando hasta formar un cilindro que levantaron con no poco esfuerzo y ya tenían hecho el tronco del muñeco; lo demás, cabeza, ojos, narices, boca, una boca grande y sonriente, fue fácil.

Estaban los tres niños contemplando su obra, cuando Cecilia, sensible, soñadora, hizo una proposición: “Vamos a pensar en un deseo, algo que quisiéramos que se realizase”. Los tres se quedaron en silencio, cerraron los ojos, Cecilia y Francisco serios, Benito, con una risa traviesa, también parecía metido dentro de sí mismo. Cuando abrieron los ojos se miraron, se echaron a reir y... con una grandísima sorpresa...¡el muñeco de nieve también reía con ellos!. Se quedaron sorprendidos, entre asustados y encandilados. De repente Benito echó a reir a grandes carcajadas, su deseo se había cumplido: el muñeco jugaba con ellos. Todos rieron desahogando su tensión y su asombro.

Era maravilloso, ahora todos, los cuatro, reían a carcajadas; se dieron la mano, jugaban al corro, saltaban al burro, se tiraron bolas de nieve, se dejaron caer por una cuesta resbalando por la nieve, se acercaron al arroyo donde las hierbas de la orilla estaban llenas de gotitas de agua helada que resplandecían como brillantes, y hasta una liebre que estaba acurrucada debajo de una aulaga parcialmente cubierta por la nieve, salió disparada, casi pisada por los niños.

El tiempo se pasó volando, había que volver a casa, pero, y ¿qué hacer con Tino?, que era el nombre que habían puesto al muñeco de nieve. No podían dejarlo sólo, abandonado; ¿ qué hacer?. Ya está, lo llevarían a casa, le subirían al desván hasta ver qué se les ocurría para solucionar el problema.

Llegaron a la puerta de casa, todo bien, los mayores estaban muy ocupados con los preparativos de la Noche Buena y de la Navidad. No se darían cuenta de nada.

 Primero entró Francisco, comprobó que no había nadie en el zaguán, despejado, tampoco había nadie por el pasillo. Entraron Cecilia Benito y Tino. Ahora la avanzadilla la hizo Cecilia, había que pasar por el salón para evitar la cocina y sus aledaños; abrió la puerta del salón, no había nadie; hizo señal a los otros y todos entraron en el salón. Para ellos que venían de la calle,  aquello fue una explosión de luz que casi les ciega, todo estaba iluminado, hasta el último rincón. Había paquetes, muchos paquetes al pie del árbol. El salón estaba lleno de objetos, infinitos objetos por todas partes. La televisión estaba funcionando aunque no había nadie mirándola, y hacía ruido, mucho ruido. Y calor, un calor  que sintieron  fuertemente en sus mejillas frías. Aquello fue excesivo para Tino, se sintió mal, sus ojos se abrieron desmesuradamente, no podía respirar. ¿ Qué era aquello?. La bufanda que llevaba parecía asfixiarle. Se mareaba, no podía con aquello tan extraño. Y de repente empezó a derretirse, ¡se estaba derritiendo!, ¡se estaba deshaciendo rápidamente¡. Aquello no era para él.

 “¡Rápido!” dijo Benito, “¡ a la calle!, ¡fuera!, ¡fuera!.”
Salieron todos. Tino se recuperó. ¿ Qué hacer?. Cavilaron unos momentos. No sabían qué hacer. Pasaron unos momentos que les parecieron eternos, no encontraban ningún camino. Al final Tino propuso.

 “Dejadme sólo, bajo el cielo. Dejadme donde pueda ver la luna, las estrellas, oir el silencio de la noche, el correr del agua por el arroyo, contemplar alguna nube que aparezca de vez en cuando y que me ayude a soñar en la nube de la que he bajado. Vosotros id a vuestra casa, a vuestra confortable casa, y yo os esperaré aquí, hasta que me vaya con la nieve. Y así fué.

Antonio Pérez

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LA HIPOTECA
Antonio, albañil en paro de 40 años de edad, vivía con su mujer Luisa y sus cuatro hijos, en un modesto piso de dos habitaciones a las afueras de la gran ciudad. Sus hijos Pepín de dos años, Luisita de cuatro años, Pedrito de seis años y Toñín de ocho años estaban muy tristes aquella mañana del 24 Diciembre. La razón no era otra que el cumplimiento del plazo en el que debían abandonar la vivienda por impago de la hipoteca. Esa misma noche dormirían entre sus escasos muebles en unos soportales próximos a  su vivienda.
Alberto Santamaría, director de la agencia donde Antonio tenía la hipoteca, conocía muy bien la precaria vida de sus clientes y de forma muy especial la de la familia de Antonio. Alberto tenía dos aficiones que le llenaban el tiempo libre: el canto en el coro de la parroquia y la magia; respecto a esto último, quienes le conocían decían de él que era un buen prestidigitador. Cuando Alberto notificó a Antonio que debía llevarle las llaves de su piso el día veinticuatro de Diciembre por la mañana se le hizo un nudo en el estómago.
Toñín, había hecho un portal de Belén con una caja de zapatos y  unas figuras de plastilina. Con la caja de  zapatos bajo el brazo, Toñín se retiró a una habitación llena de envoltorios y paquetes, puso la caja encima de un bulto, como hacía todos los días, y  dirigiéndose al Niño Jesús le pidió con lágrimas en los ojos que les dejase su vivienda. A Toñín le pareció percibir en la boca del Niño Jesús una ligera sonrisa.
El  23 de Diciembre por la noche, cuando el coro parroquial se reunió a ensayar la Misa del Gallo, apareció un joven de una extraordinaria belleza y sonrisa angelical que se situó  al lado de Alberto musitándole al oído unas palabras que dejaron a este totalmente asombrado. Cuando el director del coro se disponía a iniciar la ejecución de “Noche de Paz”, el desconocido visitante inició un sólo, de una extraordinaria belleza que dejó a  todos los asistentes totalmente transpuestos; acto seguido el joven desapareció.
Antonio cogió del portallaves que estaba detrás de la puerta un juego de llaves que junto con el suyo entregaría a Alberto. Se despidió de Luisa que gemía y que le dió un adiós entrecortado entre sollozos. A Antonio la ciudad le parecía enormemente triste a  pesar de los adornos navideños y de la alegría de las gentes que pasaban a su lado. Cuando se aproximaba al banco percibió que este tenía toda la fachada llena de luces intermitentes y  que desde dentro salía una melodía navideña. Cuando abrió la puerta de la sucursal bancaria, vió desde el vestíbulo, que esta estaba totalmente decorada con guirnaldas de luces y adornos navideños, que los empleados del banco estaban vestidos de pastorcillos y  que Alberto estaba vestido de rey Baltasar, el subdirector de rey Gaspar y el poderado de rey Melchor. Cuando Antonio entró en la sala de ventanillas se hizo un silencio sepulcral, ya que todos sabían a  lo que venía Antonio. Alberto le hizo pasar a  su despacho, y una vez dentro, Antonio le hizo entrega de sus llaves.
Alberto, con un gesto muy triste, le pasó a  Antonio un escrito para que lo firmase. Cuando Antonio acabó de leerlo, se quedo mirando fijamente a Alberto con lágrimas en los ojos, y se levantó para dirigirse donde estaba Antonio y darle un fuerte abrazo, mientras todos los empleados prorrumpían en fuertes aplausos y gritos de alegría. El  extraño joven del coro, que estaba allí presente observándolo todo, guiñó un ojo a  Alberto y desapareció de la sala.
En  el escrito se le notificaba a Antonio que en la reunión, que como todos los años por esas fechas, se había celebrado en la sede central el día 24 de Diciembre a las 8 de la mañana, se había realizado el sorteo cuyo premio, que consistía en regalar el importe total de una hipoteca, le había correspondido a él. Asimismo se comentaban los detalles del sorteo entre los que se decía que la extracción del número agraciado había sido realizada por el prestidigitador Don Alberto Santamaría que fue designado al "azar" entre todos  los directores de sucursal presentes.

NOTA.-  Teodoro, que es como se llamaba el bello joven que cantaba como los ángeles, era uno de ellos. Los procedimientos nada ortodoxos y un tanto chapuceros que utilizaba en sus milagros, hacían que la Santísima Trinidad estuviese que trinaba, pues mientras el Padre y el Espíritu Santo no estaban de acuerdo con la praxis de Teodoro, el Hijo en su versión Niño Jesús, veía su proceder muy divertido. No obstante, estas disensiones dentro de la Trinidad nunca salieron al exterior, por los problemas teológicos que pudieran traer consigo en la Corte Celestial y Curia Romana.

Felix Puche

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