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página sobre el asesinato del Gobernador de Burgos a la entrada de la Catedral

 

El asesinato del gobernador de Burgos, Isidoro Gutiérrez de Castro. 25 de enero de 1869.

¡Tremenda historia (por desgracia no es  leyenda esta vez),  la vivida en Burgos en enero de 1869!.
Un asesinato que nos puede recordar pasajes cinematográficos de linchamientos en el más oscuro y sangriento “far West” .


decreto de incautaciónEste año de 1869, el ministro de Fomento de España, Manuel Ruiz Zorrilla, decretó la incautación de bibliotecas, objetos de arte, archivos, etc., de  catedrales, iglesias, monasterios, órdenes militares y similares…
En el siglo XIX, la Iglesia española había perdido gran cantidad de propiedades. No nos podemos olvidar de las fechorías de las tropas napoleónicas a lo que hay que añadir  desamortizaciones varias ( Mendizábal, Espartero, Madoz). Tampoco los que debieran custodiar los “tesoros”, fueron especialmente honestos en su labor.
Isabel II, había sido expulsada de España y el general Serrano ( del que se sospecha fue su amante ) era regente de la Corona. ¡Vaya época!. Y aún nos quejamos de los tiempos que corren.

 

 

 

 

 

 

 

Gutiérrez de Castro, Gobernador de BurgosEl día 25 de enero del año 1869, el gobernador de Burgos, Isidoro Gutiérrez de Castro,  decide cumplir la orden del ministro y, acompañado del inspector de Seguridad y de un comisionado de Madrid, se dirige a la catedral desde el palacio de la Diputación. Son las diez de la mañana. El paso es firme y la preocupación enorme por la situación a que se deben enfrentar.Me los imagino serios y muy bien abrigados dada la fecha ¡y en Burgos!. El pobre gobernador era gaditano de nacimiento, y debemos pensar que nada acostumbrado a las gélidas temperaturas de la Cabeza de Castilla. No faltarían las botas, los guantes, la chistera…
Existen dudas sobre la presencia o no de la Guardia Civil aunque, al parecer sí que es cierto que el gobernador requirió su presencia.
Un gentío malhumorado les espera ansioso. La angustia de don Isidoro Gutiérrez y de sus acompañantes, iría en aumento a medida que se veían rodeados de aquellos amenazantes burgaleses que vociferaban: “¡Viva la religión!” “¡Muera el gobernador!”
“¡Nos quieren robar!” “¡Viva Carlos VII!”. Son zarandeados y empujados hacia la puerta del Sacramental. En el templo esperan al gobernador el deán, el provisor (especie de abogado eclesiástico) y otros canónigos y se establece una gran discusión. Al parecer, un canónigo boceó: “¡Buenos estamos para dar limosnas y nos están robando!”.
Vamos… se huele que el cabildo no estaba precisamente por la labor de calmar las iras y, algún mal pensado malicia que, al dirigirse la comitiva al archivo, el gobernador dió la orden de cerrar las puertas y la orden no se cumplió. La multitud pudo entrar en el templo y llegar hasta el mandatario. Ahora es ya maltratado con gran saña. Desnudado y apuñalado, le atan una faja a los pies y es arrastrado fuera de la catredal, a la plaza, donde sigue el linchamiento y le cortas las orejas.

asesinato del gobernador de burgos entrada catedral

noticias del asesinatoA todo esto se presentan los guardias, pero no reaccionan. Debe intervenir el Regimiento de Caballería de Bailén que, por casualidad, estaba de guarnición en Burgos. Dispersan a la multitud y recuperan el cadáver destrozado de Dn. Isidoro Gutiérrez de Castro al que se le practica la autopsia y se entierra.

Creo que fue el alcalde de Jerez quien, en los ochenta, dijo: “La justicia en España es un cachondeo”. Y en el siglo XIX más si cabe, añado yo.


Tras el criminal suceso, fueron detenidas 140 personas, con el deán, el provisor, el magistral y tres canónigos más. Los representantes de la catedral, tras el correspodiente proceso, fueron absueltos por falta de pruebas y puestos en libertad. Los demás fueron  puestos en libertad o bien condenados a penas menores. Sólo un indivíduo que blandía un hacha con la que el gobernador recibió las peores lesiones, fue condenado a morir en el garrote, pero se le conmutó la pena por cadena perpétua y a los tres años estaba en libertad.

¡Para olvidar…!

Alberto Saborido

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