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pagina de apuntes gastronómicos de burgos

 

1.-El Tapeo: una solución para el tráfico

2.-De tapas por Burgos, ruta 1ª: Centro de Ciudad

3.- Restaurante-Colmado Burgalés

4.-La Orden de la Banda

5.-De tapas por Burgos, ruta 2ª. Casa Garilleti

6.-La huelga de hambre del Conde

 

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1.-EL “TAPEO” : UNA SOLUCION PARA EL TRAFICO:

¿Cuál es el origen del “tapeo”?, ¿cuándo empezaron los españoles a irse de “vinos y tapas”?. Según nos cuentan viejos cronistas la cosa pudo empezar más o menos así:

Reinando en Castilla Alfonso X el Sabio, el de “Las Partidas”, allá por el siglo XIII, el correo y el transporte de viajeros se realizaba a través de Postas y en cada una de ellas, además de sustituir las cabalgaduras, a los postillones se les reconfortaba, generalmente, con una jarra de vino fresco y chispeante, para que pudieran paliar la sed y recuperar sus mermadas fuerzas. Ocurría, no obstante, con demasiada frecuencia que, bien porque la sed del postillón fuera mucha o su templanza poca, la jarra que se le ofrecía rebosante la devolvía vacía, con lo que los efluvios etílicos del vino pasaban del estómago a la cabeza del postillón, invadiéndola de tal forma que, a veces, si el destino de la posta era Pinto aparecía en Valdemoro, o si iba hacia Teruel se plantaba en Alcañiz.

Como estos desmanes llegaran a repetirse con demasiada frecuencia, por las trochas y caminos de Castilla se originó lo que hoy podríamos definir como un grave problema de tráfico, a la vista del cual el Rey Sabio cursó una Ordenanza a todos los Corregidores de su reino para que, a partir de aquel momento, a los postillones, además de la consabida jarra de vino, se les ofreciera un refrigerio sólido para que el vino no les cogiera con el estómago vacío y paliar así sus efectos. Este refrigerio consistió, por norma general, en un buen trozo de pan de hogaza cubierto por dos hermosas lonchas de jamón que, posiblemente, por aquellos tiempos debía de ser de bellota, aunque este no es un dato constatado.

Pues bien, en cumplimiento de dicha ordenanza, cuando los postillones llegaban a la posta se les ofrecía la obligada jarra de vino, encima de la cual, a forma de tapa, se colocaba el pan y el jamón. No creo que sea necesario decir que tal medida alcanzó gran popularidad y aceptación y que el problema que la originó prácticamente desapareció, llegando las postas correcta y puntualmente a sus destinos, aunque, como es inevitable, siempre hubo alguna excepción. Tal éxito alcanzó tan prudente medida que el rey sabio decidió hacerla extensiva a todos los figones, tabernas y mesones del reino, de modo que no se sirviera de beber vino a los parroquianos sin el acompañamiento de algún alimento de boca. (No se hacía ninguna mención sobre el agua).

Este es el origen del “Tapeo”, costumbre española tan arraigada, aunque la variedad de “tapas” con la que ahora nos podemos deleitar es prácticamente ilimitada. 

“Peregrino, si vino bebieres,

por mucha sed que tuvieres,

nunca te santiguares

con el vaso en que bebieres”

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2.-DE TAPAS POR BURGOS.- RUTA 1ª: CENTRO CIUDAD

Bocadillos, canapés, tentempiés, montaditos, banderillas, pinchos, etc.  no pueden ser considerados por sí mismos como platos de cocina propiamente dichos, sino que,  si se saben combinar adecuadamente los ingredientes, se convierten en pequeños acontecimientos gastronómicos  de los que  nuestro estómago quedaba muy agradecido si los celebrábamos en el periodo de tiempo comprendido entre el temprano y escaso desayuno y la tardía y copiosa comida, al menos en este país que casi todos llamamos España. Vamos, lo que toda la vida hemos conocido como el almuerzo. Otra cosa era el “chiquiteo”, (conocido tambíen como “chateo” o “poteo”), que se practicaba en Burgos por algunas cuadrillas de amigos antes de comer y de cenar, y que consistía en echarse al coleto unas cuantas rondas de vino, tantas como el número de integrantes de la cuadrilla, que muchas veces iba en crescendo, y que se servían en pequeños vasos de vidrio, algunos cilíndricos y alargados, otros más bajos y anchos, con el culo cóncavo y grueso, que se llamaban “chiquitos”. Normalmente el que estaba en  ronda se encargaba  de pedirla: danos seis “chiquitos”, si la cuadrilla la integraban seis conspicuos bebedores. Al que le apetecía un pincho o una banderilla la pagaba aparte. Me estoy refiriendo a la costumbre que practicaban muchos burgaleses allá por los años sesenta y setenta y que aún perdura, aunque en mucha menor escala. Lo que actualmente se conoce como “tapeo”, o irse de tapas es otra historia de la que hablaré en otra ocasión.

Las rutas por las que discurrían las numerosas cuadrillas que practicaban el popular “chiquiteo” se repartían por, todo el casco urbano de la ciudad y por supuesto los barrios periféricos como Gamonal, Capiscol, Las Huelgas, San Pedro Lafuente, etc. El que suscribe, vecino de la calle  la Puebla, tenía muy fácil el acceso a la ruta que vamos a recorrer a continuación y que  he definido como la número uno no por nada sino por ser la más céntrica y la que más veces recorrí.

Un  buen  punto de arranque para iniciar el “tapeo” y el “chiquiteo” por los innumerables bares, tascas, fondas, mesones y tabernas que jalonan las calles  de Burgos podría ser, por ejemplo, el “Tizona” de la calle de Vitoria, enfrente del cine Avenida, ambos actualmente desaparecidos. Antonio, el maître, que después lo fue de “La Bodeguilla” del Espolón y dos barmans, Esteban y Arturo, quienes posteriormente montaron su propio bar en la plaza de Capitanía, atendían la clientela. Su tapa estrella, al menos para mí, consistía en un huevo relleno, envuelto en bechamel y rebozado. Cuando los sacaban calentitos eran una verdadera delicia, además empezaban a dar consistencia al estómago para lo que pudiera venir a continuación; acto seguido, en lugar de dirigirnos hacia el Espolón, en el que siempre se acababa entrando, se aprovechaba “El Ojeda”, ya reformado, por el que se podía acceder directamente a la plaza de la Libertad, de la que pasábamos, sin demasiadas paradas, el “Polvorilla” y el “Miguel Sanz”, (también conocido como “el manitas”),  a los soportales de Antón, el “Iturriaga”, de donde saltábamos al Hondillo, visita al “Acuarium” y el “Nevada”, y, casi sin darnos cuenta, nos plantábamos en la plaza Mayor, cuya parte central estaba ajardinada y en la que destacaba la estatua ecuestre de Carlos III, el rey-alcalde, como algunos le llamaban, alrededor de la cual se podían ver numerosos niños jugando, bajo la vigilante mirada de sus “chachas” o mamás correspondientes.

Cruzábamos la plaza por la esquina de “Almacenes Campo”, y tras un corto recorrido bajo los soportales, pasando por delante de la librería “Hijos de Santiago Rodriguez”, a la que apenas se dedicaba una distraída mirada nos metíamos por el arco que nos situaba en la calle de los Herreros, cuya magnífica perspectiva alcanzaba hasta  la calle de San Juan y nos ofrecía dos interminables filas  de comercios de todo tipo: Panaderías, fruterías, pescaderías, (al llegar a las pescaderías Vivar el olor a pescado se hacía especialmente penetrante), cacharrerías, hueverías, carnicerías, casquerías......y por la que discurrían en tropel un sin número de compradores, cargados muchos con enormes bolsas de víveres. Evidentemente  la cantidad de bares situados a derecha e izquierda con sus puertas abiertas, esperando a los sedientos bebedores, resultaba verdaderamente tentadora. No los voy a relacionar todos, pues sería tarea imposible, pero como notable referencia y casi parada obligatoria, citaré “La Amarilla”, con sus deliciosos calamares a la romana y el bar del “Orfeón Burgalés”, donde, en grandes bandejas al alcance de la mano, ofrecían unos pinchos de pepinillo, guindilla, aceituna y anchoa, ensartado todo con un palillo, conocidos también como “gildas”,  que resultaban un estimulante perfecto para apurar el vaso. De allí, pasando por delante de la iglesia de San Lorenzo y del Hotel-Restaurante “El Castellano”, en el que seguro estuvimos de boda en alguna ocasión;  tras cruzar la calle de San Juan, en cuya esquina se encontraba “La Riojana”, excelente casa de comidas en la que servían unas suculentas cazuelas, desembocábamos en la plaza de Capitanía , de la que cabe destacar, amén de un buen surtido de abrevaderos, el palacio de Capitanía y, justo enfrente, el por muchos motivos histórico “Hotel Norte y Londres“, propiedad de Luis Mata, un buen amigo mío, gran aficionado a nuestra Fiesta Taurina, con el que compartí muchas tertulias y alguna cosa más.

Normalmente la ruta seguía por la calle Avellanos, con parada en el mesón “El Riojano”, especializado en cazuelitas, (yo recuerdo con fruición las de asadurilla), aunque también se podía continuar por la de Laín Calvo, en la que precisamente se encontraba, por aquellos viejos tiempos, la “Peña Taurina Burgalesa”. En cualquier caso siempre se acababa entrando en la Flora,  plaza con una fuente bastante abandonada, tal vez por aquello de que la estatua que la adornaba representaba a una deidad pagana, la diosa de las flores. Esta plaza ofrecía grandes alternativas a .los que practicábamos la ruta del vino, o báquica, (otro dios pagano). En el arco de la Flora existía una churrería que abría sus puertas en la avanzada madrugada, justo cuando las terciadas huestes báquicas, deambulaban derrotadas en busca del crujiente consuelo de los churros empapados en chocolate bien caliente. También servían copitas de anís, cazalla, sol y sombra, orujo y otros estimulantes similares, que les permitían recuperar los menguados ánimos. En el bar “Cantábrico”, que formaba esquina con el arco, también desaparecido, los ruteros con buena cartera podían degustar exquisitos aperitivos a base de percebes, gambas, camarones, bígaros, nécoras, quisquillas, ostras y otras delicatesses procedentes del vecino mar Cantábrico. Si pedías, por ejemplo, una de bígaros, pequeños pero sabrosísimos caracolillos de mar de color negro, ponían a tu alcance un grueso tapón de corcho con varios alfileres clavados, para facilitarte su completa degustación. (El que suscribe solía hacerlo algún domingo que otro, especialmente cuando coincidía con los principios del mes). Muchos más alicientes se podían encontrar en esta plaza de la Flora, voy a volver a recordar el bar “La Encarna”, extraordinaria casa de comidas, en la que algunas tardes, desde luego siempre a principios de mes, solía merendarme alguna que otra codorniz escabechada.. Casi en la esquina que daba entrada a la “Llana de afuera” estaba “Carcedo”, típica tasca un tanto cochambrosa, cuyas especialidades eran el bonito del norte en conserva y los arenques, que se saboreaban con la inestimable ayuda de sendas  jarras de rico y chispeante clarete de la ribera. Y ya se entraba en la Llana, la de afuera, que era la más grande, con numerosos figones, tabernas y restaurantes y alguna que otra “Peña”, si no recuerdo mal la de San Esteban y la de “Los Gigantillos”, cada una con su respectivo bar. Tampoco puedo pasar por la Llana sin otro recuerdo entrañable para “Casa Arribas”, a cuyo dueño, con el que me llevaba muy bien, aunque prudentemente fuera del alcance de sus enormes manos, (le llamaban el “Manitas”), le mataron de un tiro. Sus hijos continuaron con el negocio, transformando completamente el interior del local, del que desaparecieron el viejo mostrador de zinc, las largas mesas de madera, impregnadas de vino y  de lejía, en las que se comía, se bebía y se jugaba a las cartas, sentados en los bancos corridos o en  pequeños taburetes redondos. El nuevo local, moderno y confortable, pronto se convirtió en uno de los preferidos por los burgaleses aficionados al  “chateo” y al  “tapeo”, eran especialmente apreciados los tacos de bonito en escabeche, acompañados de anchoa y aceituna. Para entrar en la Llana de dentro, (la más pequeña), tan sólo había que atravesar un pequeño pasadizo, pero antes de hacerlo quiero hacer mención de un restaurante que durante unos cuantos años fue uno de los más afamados de Burgos por su calidad y servicio, se llamaba “Los Gigantillos” y estaba situado en el fondo de la explanada que existe enfrente de la puerta del Sacramental de la catedral, justo debajo de la calle San Esteban., en un caserón que, si no me falla la memoria, en algún tiempo fue también sede del “Orfeón Burgalés”. El comedor estaba situado en la primera planta y  la planta baja disponía de una amplia barra bien provista de sugestivas cazuelas y tapas, también presumía, y con razón, de poseer  una bien surtida bodega. Su propietario, Miguel Pinillos, excelente amigo, ha sido uno de los pioneros de la moderna restauración burgalesa. Actualmente pertenece a la cadena  “Mesón de Aranda”

En  la Llana de dentro abrían sus puertas tres o cuatro mesones, muy frecuentados por la “clase de tropa”, tan numerosa en el Burgos de aquella época,  en los cuales, por módico precio, uno se podía meter entre pecho y espalda una buena ración de morcilla frita, acompañada con pan y regada con vino. También la servían en pinchos, con dos rodajas, una de pan y otra de morcilla, enganchadas con un palillo. Se abandonaban las dos Llanas por el pasaje de la Llana, que daba a la calle de la Paloma, a la sombra de la Catedral. En este punto la ruta  ofrecía varias alternativas, aunque el elegir una de ellas no implicaba el abandono de las restantes, todas se podían retomar con suma facilidad. Yo voy a elegir la que más utilizaba, que consistía en cruzar la calle Paloma y entrar en la de Sombrerería, auténtico centro neurálgico de la “senda de los elefantes”. Inevitable resultaba la visita al “Rimbonbín”, regentado por la señora Isabel, verdadera institución en Burgos,  a la que flanqueaban dos fieles escuderos y excelentes barmans, Carlos y Nicolás, (Nico). Este  santuario de la ruta, que merecería un capítulo aparte,  era punto de encuentro y despedida, de arranque y remate de la vinosa andadura, aunque siempre surgía alguien con ganas de hacer la espuela, pero......por hoy vamos a dar por finalizado el recorrido. ¿Cómo os ha quedado el cuerpo?.

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3.- Restaurante-Colmado Burgalés

Los viajeros más insignes que visitaban nuestra ciudad acostumbraban a hospedarse en el renombrado “Hotel París”, el más céntrico y confortable de la ciudad, situado en la calle de Vitoria, muy cerca de la plaza de La Libertad, y desaparecido, creo, en la pasada década de los cincuenta, posiblemente absorbido por la cercana competencia del Hotel Condestable, teniendo en cuenta, además, que ambos estaban regentados por la misma persona, la famosa doña Anita. Su cocina, según cuentan, era equiparable a su confort, por lo que su atractivo se incrementaba aún más. Supongo que para ampliar su oferta gastronómica, no sólo para sus huéspedes, sino para los ciudadanos burgaleses aficionados a la buena mesa, que siempre fueron muchos, en el año 1885 se inauguraba en sus bajos “El Restaurante-Colmado Burgalés”, precedente ochocentista, pienso yo, de la actual “Casa Ojeda”. El lema de la casa decía: En este establecimiento encontrarán buen surtido de fiambres, como el jamón dulce, hueso de cerdo, pastel de liebre, lenguas a la escarlata, pavo en gelatina y otros muchos. Además se reciben toda clase de encargos concernientes a la cocina y la repostería a precios muy económicos”. Su carta era de gran variedad y se cambiaba diariamente, siendo alguno de sus platos más frecuentes:

-Ternera con guisantes                                 1,00 pts.

-Callos a la burgalesa                                   0,50 pts.

-Liebre a la campesina                                 1,00 pts.

-Salmón en escabeche                                  1,00 pts.

-Ragut a la española                                     0,75 pts.

-Bacalao a la vizcaína                                   0,75 pts.

-Besugo al gratén                                          0,75 pts.

-Salmón a la tártara                                      1,25 pts.

-Ostras de Arcachón frescas                         1,50 pts./docena

También se admitían comensales con abono, al precio de 2,50 pts./día, el más económico.

Como se puede observar los platos estrella eran el salmón a la tártara y las ostras de Arcachón, que me imagino debían de llegar diariamente por ferrocarril  desde Irún. A  ninguno de los dos se le puede considerar como plato típico burgalés, de lo que se deduce que daban más importancia a los gustos de nuestros visitantes, aunque hay que admitir que la cocina autóctona también estaba bien representada.

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4.-La Orden de la Banda

 rey alfonso XIFue fundada en Burgos  por  el rey Alfonso XI, llamado el Justiciero, en el año de 1.332, con motivo de las fiestas de su coronación como monarca de Castilla. La ceremonia fundacional se llevó a cabo con gran fasto en la Capilla de Santiago del Real Monasterio de las Huelgas, recibiendo el espaldarazo de la articulada mano armada de una talla del siglo XIII, en madera policromada del Apóstol Santiago, que aún se conserva.  Sólo podían pertenecer a ella los hijos segundones de familias nobles que hubiesen servido durante diez años en la corte o en el ejército. Sus miembros vestían de blanco con banda negra, a excepción del propio rey que la lucia roja. En dicho acto fundacional el monarca, haciendo uso de su prerrogativa real, se armó caballero a sí mismo e hizo lo mismo con más de un centenar de caballeros, pertenecientes en su mayoría a la nobleza burgalesa. En total fueron armados caballeros de la Orden veinte ricos-homes y ochenta y tres hijosdalgo.  (Curiosamente, por aquellos gloriosos tiempos de la cabeza de Castilla, más del cincuenta por ciento del censo de la ciudad burgalesa pertenecía a esta clase social, por lo que resulta sencillo deducir que no faltaban aspirantes). Muchos de estos  insignes caballeros fueron enterrados a su muerte, en el mismo Monasterio. Sus sepulcros, junto con el de  otros  de la Orden de Calatrava,  se encuentran en la Nave de los Caballeros que da acceso al atrio del Monasterio, siendo algunos de gran belleza y notable valor artístico. 

El Estatuto de esta nueva Orden de Caballería venía a ser algo así como un código de buenas maneras y modales. Uno de sus estatutos rezaba de la siguiente forma: “No comer manjares sucios, nin los coman sin mantel, salvo si fuere letuario o fruta. Que en el beber guardaren estas tres cosas : Que nunca beban de pie, salvo el agua, que nunca bebieren vino en cosas de barro o de madera y que, cuando bebieren vino, por mucha sed que tuvieren, nunca se santiguaren con el vaso o taza en que bebieren.” Ni que decir tiene que las reuniones de la Orden se solían realizar en torno a una mesa bien surtida de cosas de comer y de beber.

Los Reyes Católicos la abolieron y, posteriormente,  fue restaurada por Felipe V hasta que se deshizo en 1836.

Uno de los grandes dramaturgos de nuestro Siglo de Oro, Francisco de Rojas Zorrilla, en su obra dramática “Del rey abajo ninguno, o el labrador más honrado”, relata como D. Mendo, un caballero aspirante a ser miembro de la Orden, recomendado por el conde de Orgaz, luciendo una banda roja en su atavío usurpa la personalidad del monarca para intentar seducir a Teresa, la bella y joven esposa del honrado labrador García del Castañar, a cuya casa acudió invitado

 

5.-DE TAPAS POR BURGOS, RUTA 2ª.-CASA GARILLETI

.Cinco motivos para beber vino:

1/ La visita de un amigo

2/ La sed presente

3/ La sed futura

4/ La presencia de un buen vino

5/ Cualquier otro motivo

“El Arte de beber” ( Wikram, 1.537)

Como se puede deducir de lo arriba expuesto, dicho, además, por un sabio en un arte tan difícil como el del “Bien Beber”, cualquier motivo es bueno para irse con los amigos a tomar unos vinos. Y no digamos si nos encontramos en Burgos, un mes de enero cualquiera de la década de los sesenta, caminando por la calle de San Lesmes. ¿No será obligado, digo yo, entrar en “Casa Garilleti” a reconfortar el cuerpo y elevar el espíritu?. ¡Naturalmente!.

En “Casa Garilleti”, desde los años cuarenta, (posiblemente antes), cualquier honrado burgalés a cualquier hora del día y a alguna de la noche, de lunes a domingo y de enero a diciembre, podía traspasar sus puertas, acercarse a su mostrador de mármol blanco, muy pulido por el agua, el vino y la lejía, o, si iba con tiempo, sentarse a una mesa igualmente de mármol, recrear la vista ante la gran cantidad de comida y bebida que siempre se hallaba expuesta para estimular la sed y el apetito de la clientela y pedir lo que el cuerpo le reclamara y el bolsillo le permitiera, pues para todos había.

Allí estaban casi todos los miembros de la familia dispuestos a dar cumplida cuenta de sus deseos. El Sr. Garilleti al frente, (creo recordar que se llamaba Ricardo, aunque no estoy seguro), secundado por la Aurora, su señora esposa, que a partir de quedarse viuda se convirtió en la cabeza del negocio y se la empezó a conocer como la “Garilleta”, José, el hermano mayor, cortando jamón y embutidos y despachando vasos o jarras de vino, Ricardo, que acostumbraba a hacerse cargo del servicio de las mesas, y la “Moña”, única hermana, que desplegaba una incesante actividad calentando cazuelas, llevándolas de la cocina al mostrador, a las mesas o a donde hiciera falta, también servía vino, lavaba la vajilla y se peleaba con los clientes, pues era dueña de un genio de mil demonios. Había otro hermano, Pedro, el más pequeño, ojo derecho de su madre, quien debió  pensar que su presencia detrás del mostrador podía entorpecer la actividad de sus laboriosos hermanos por lo que, llegado el momento, se dedicó a frecuentarlos, pero por fuera, convirtiéndose en uno de los más habituales y conocidos “chiquiteadores” de la ciudad.

La oferta de cosas de comer y de beber resultaba prácticamente infinita. El mostrador estaba completamente atiborrado de cazuelas, pinchos, tortillas grandes y pequeñas, apiladas unas encima de las otras, o bocadillos de todo tipo, fríos y calientes, fuentes de sardinas, besugos, merluzas, gambas, corderos, pollos; latas de conservas de todo tipo, en aceite y  en escabeche; arenques ahumados en cajas redondas de madera, semejantes a pequeños toneles......y, por encima, de una barra metálica con ganchos, que iba de pared a pared, colgaban, apelotonados, lomos, jamones, tocinos, cecinas, chorizos y toda clase de embutidos. Se podían degustar cazuelas de chorizo o cecina cocidos, callos, morcilla, asadurilla, mollejas, hígado, riñones pimientos rellenos, raciones de cordero y cabecillas de cordero al horno, (¡qué ricas!), bacalao, codornices, merluza rebozada, sardinas asadas, gambas a la plancha, al ajillo, y una profusión tan larga como queramos imaginar. Imposible salir de aquel lugar con el estómago defraudado o el gaznate seco, porque las cosas de beber no se quedaban a la zaga. La pared del fondo, detrás del mostrador, estaba forrada de estanterías que bajaban desde el techo completamente repletas de botellas de toda clase de vinos y licores de la más diversa procedencia. Sobre las etiquetas de muchas de ellas, en especial las de la parte alta, el tiempo y el humo habían depositado una pátina de color pardo oscuro que las confería un aspecto metálico cobrizo. Mas o menos a la altura del mostrador, descansando sobre soportes de madera, varias barricas de madera y algún pellejo suministraban el vino a las jarras, que pasaban directamente al mostrador, o se utilizaban para llenar los vasos de los bebedores de la barra. Como también vendían el vino a granel, al lado de las jarras de barro se encontraban las de latón, que servían de medidas, las había de un cuartillo, dos cuartillos o de litro, es decir cuatro cuartillos. El vino que se servía, todo procedente de la alhóndiga que por entonces existía en Burgos, podía ser blanco, tinto o clarete, y no seré yo quien se arriesgue a pronosticar cual de los tres era el que más se bebía. Por las mañanas, hasta la hora de la comida,  se consumían más el blanco y el clarete y por las tardes se le pegaba al tinto, tal vez por el hecho de haber comido, pero los tres tenían bebedores fieles que siempre lo trasegaban del mismo color. Ya se sabe que sobre gustos..........(aunque haya algunos que merezcan palos). El que suscribe, que era capaz de disfrutar de los tres sin ningún favoritismo, recuerda con especial deleite un vino tinto del Priorato, dulce, grueso, goloso y cabezón,  servido en unos vasos altos y cilíndricos, conocidos como “lisos”, (de los que ahora se utilizan para los cubatas), que mi amigo Quintana y yo nos metíamos entre pecho y espalda las tardes de los domingos que decidíamos aventurarnos por la “Sala de Fiestas”, (situada nada más cruzar la calle de Vitoria), en busca de algún ligue. Desde luego el vino producía sus efectos y nos ponía los ánimos a tope, pero las calabazas que cosechábamos podían llenar una finca de al menos dos fanegas.

Otro aspecto que vale la pena resaltar y que confería carácter al local era la concurrencia. Desde que por la mañana abría sus dos puertas, de doble hoja, muy altas y encristaladas, hasta que los últimos y remisos bebedores nocturnos “echaban la espuela” y la “Moña” les largaba con la música a otra parte, el local permanecía atestado de toda clase de parroquianos. En las horas punta especialmente, hasta dos o tres filas de clientes esperaban su turno. Pero la avalancha se producía, de forma regular e invariable, cuando en los cuarteles de la calle de Vitoria y en el de Caballería, a las seis en punto de la tarde, sonaba “el toque de paseo” y todos los “sorches” de su guarnición se lanzaban ansiosos a la conquista de las tascas, figones, tabernas y casas de comidas de la ciudad, dispuestos a desquitarse del rancho cuartelero. Eran tantos que lo llenaban todo. ¡Bueno!, tal vez los jueves, por aquello de que las “chachas” también tenían su tarde de paseo, el nivel de ocupación bajaba algo.   

Esta famosa y peculiar Casa de Comidas, como tantas otras de nuestra ciudad, no se salvó de los avatares del tiempo ni de la voracidad inmobiliaria. A finales de los cincuenta, concretamente en el año 1.957, fecha que ya podemos considerar como histórica por diferentes motivos, uno de los hermanos, Ricardo, montó su propio negocio justo enfrente, al otro lado de la calle de San Lesmes, separado tan sólo por la barrera del río Vena antes de desaparecer bajo la calle de Vitoria y unirse mansamente con el Arlanzón. “Bar Ricardo” era su nombre, aunque con el tiempo se convirtió en una especie de “pub” inglés a la burgalesa, que estuvo muy de moda durante bastantes años, a pesar del extraño nombre, “Rice”, que sustituyó al anterior. Ninguno de los dos, a mi modesto entender, sugería en absoluto la imagen de un típico “pub” británico, pero.........

Por cierto que parte de los que acudimos a festejar las Bodas de Plata, después de la celebración en el Colegio, en la noche del sábado, como colofón, tomamos unas copas en la cafetería de al lado, inaugurada recientemente, de cuyo nombre en estos momentos no puedo acordarme; sí recuerdo, sin embargo, que yo tuve el placer de encontrarme entre los presentes, aunque no voy a señalar a nadie.

Ricardo y su mujer, que era en realidad la que cortaba el “bacalao”, montaron además un hotel con el mismo nombre, “Rice”, ubicado por las nuevas zonas urbanas que se crearon en Burgos a raíz de la total cobertura del río Pico, minusválido arroyo que acababa en el Vena. No acabó ahí la versatilidad hostelera de la pareja, pues algunos años más tarde, entrados los setenta, en el paseo de la Isla esquina con el de los Cubos, compraron o alquilaron, (no estoy seguro), una finca con bosque y palacio señorial incluido, propiedad, creo, de algún título nobiliario, en cuyo recinto, a la sombra de viejos chopos, montaron una especie de carpa veraniega que se abría con el atardecer y se cerraba con la proximidad de la aurora. ¡Romántico!, ¿no?. Ni que decir tiene que el que suscribe, en sus agosteras y vacacionales estancias en Burgos pasó allí más de una agradable velada. Siempre, eso sí, con un buen jersey a mano. Supongo que adivináis el motivo.

Cuando la casa primigenia fue devorada por las despiadadas excavadoras, la “Moña” y su hermano José, que habían permanecido solteros y fieles al negocio familiar, montaron un bar en la calle de San Juan, casi donde se une con la de la Puebla, (mi calle), muy cerquita del arco de San Juan. Tenía otra entrada por la plaza del Mercado Nuevo, por lo que, según se montara la ruta, se le podía hacer un par de visitas. Desconozco las causas, pero al cabo de algunos años, no muchos, traspasaron el negocio.

Pedro Garilleti, el benjamín de la saga, que por cierto estudió en el Liceo Castilla, estando incluso de interno, como ya apunté al principio, sentía más afición por ir de copas que por servirlas. Estuvo varios años fuera de Burgos, creo que en Madrid, pero su vida fue corta, una de esas enfermedades crueles e implacables la segó cuando aun no había cumplido los cincuenta. (d.e.p.).

Personalmente, a pesar de ser varios años mayor que yo, mantuvimos una buena relación de amigos y vecinos.

Bien, creo que ha llegado el momento de abandonar “Casa Garilleti” y seguir oreándonos un poco más por Burgos y sus rutas vinateras, pero.......¿qué camino tomamos?.

Paco Blanco

 

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