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PEDRO I.- ¿CRUEL O JUSTICIERO?

Pedro I el CruelPedro I de Castilla nació en la ciudad de Burgos el 30 de agosto de 1334. Era hijo legítimo de Alfonso XI el Justiciero y su segunda esposa, doña María de Portugal, llegando a ser, a la postre, heredero del trono de Castilla y el último monarca reinante de la casa de Borgoña. Todo ello por culpa de su hermanastro, Enrique de Trastamara, quien, en lucha fraticida, le arrebató la vida y el trono, implantando en Castilla una nueva dinastía.

Hasta diez hermanastros le dio al infante Pedro la concubina de su padre, doña Leonor de Guzmán, bella y aristocrática dama andaluza, sevillana por más señas, que le tenía sorbido el seso y le proporcionaba un vástago ilegítimo más o menos cada doce meses. A la muerte del rey Alfonso su legítima, la portuguesa, se tomó cumplida venganza sobre su rival, teniéndola encerrada en varias cárceles, hasta que, por orden suya, fue asesinada en el castillo de Talavera, allá por el año 1351. Evidentemente, las relaciones entre los herederos de ambas ramas, la legítima y la ilegítima, no eran lo que se dice fraternales. Una feroz lucha de intereses les separaba, pues la de Guzmán se dio muy buena maña para dotar a los hijos que le daba al rey, que con ella se mostraba muy pródigo,  con numerosas prebendas y territorios, en detrimento, como es lógico, del propio patrimonio real y, en consecuencia, de sus legítimos herederos.

 

La alta tasa de mortalidad infantil de la época, de la que no estaban exentos ni siquiera los niños de la realeza, se encargó de eliminar de la escena a varios de los actores, aunque parece ser que la descendencia de doña Leonor era más resistente, pues en el año 1350, es decir un poco antes de la muerte de su amante, aun quedaban vivos ocho de sus hijos. D. Pedro, una vez coronado rey, hizo todo lo posible por eliminar a los que quedaban, acabando en 1358 con la vida de D. Fadrique, que le había jurado vasallaje, pero no le sirvió de nada; D. Juan y D. Pedro, fueron asesinados en Carmona al año siguiente. Pero D. Enrique, el futuro rey, D. Sancho y D. Tello, consiguieron ponerse a salvo de su furia fraticida, refugiándose en el reino de Aragón, desde donde, con la ayuda del propio rey aragonés, comenzaron a conspirar contra su hermanastro, hasta que consiguieron destronarle y asesinarle.

Tampoco resultó muy edificante que digamos la vida familiar del nuevo monarca, tal vez como consecuencia del mal ejemplo recibido de su progenitor. El caso es que, por esas razones que se llaman “de estado”, en el año 1353 casó con la Infanta doña Blanca de Borbón, sobrina del rey de Francia, cuando ya había tomado por amante y concubina a doña María de Padilla, dama perteneciente a una ilustre familia burgalesa de Padilla de Yuso, en la merindad de Castrojeriz, aunque la dama había nacido en la localidad palentina de Astudillo. Este real matrimonio resultó un fracaso trágico y lamentable, pues el monarca sentía verdadera aversión por doña Blanca, a la que acusaba de haber mantenido relaciones demasiado íntimas con su hermanastro, D. Fadrique, cuando éste la acompañaba en su viaje desde Francia hacia Valladolid,  donde se habrían de celebrar los esponsales. En realidad, a los tres días de la boda la envió a Medina del Campo, con la reina madre, para, de esta forma, quedarse tranquilamente al lado de su favorita. Finalmente, en el año 1361, decidió eliminar definitivamente aquel obstáculo conyugal, mandándola asesinar. Su muerte, al igual que su matrimonio, también puede ser achacada a “razones de estado”. Efectivamente, en ese mismo año la Padilla alumbró su cuarto vástago que, para gran alegría de D. Pedro, quien deseaba un sucesor, resultó ser un varón. (Los tres anteriores habían sido hembras). Al monarca se le despejó el horizonte, muerta la francesa, podía casarse con la castellana y nombrar a D. Alonso, así fue bautizado el recién nacido, su legítimo heredero. Pero el Destino, que tantos extraños designios nos depara, se encargó de frustrar sus planes. Al poco tiempo de dar a luz al que parecía que iba a ser futuro rey de Castilla, falleció en Astudillo víctima de una rápida y terrible enfermedad.  Al no poder casarse con ella para convertirla en reina, el recién nacido siguió siendo un hijo ilegal. Pero el amor que parece ser sintió el rey por su amante y su personal obstinación, consiguieron que en unas Cortes celebradas en Sevilla, se la reconociera como su única y legítima esposa, declarándola reina después de muerta y legitimando los derechos al trono de su hijo D. Alonso, quien no pudo ejercerlos debido a su muerte  prematura. Los  restos de doña María fueron trasladados a la Capilla Real de la catedral de Sevilla, junto a los de su padre  D. Alfonso.

escudo de castilla y leónComo puede apreciarse fácilmente, el rey de Castilla no tenía demasiados escrúpulos, ni paraba mucho en los medios, para acabar con sus enemigos, fueran estos su esposa, sus hermanastros o quienquiera que les ayudase, lo que contribuyó a que se  crease en el reino un auténtico régimen de terror que, inevitablemente, acabó en tragedia. El novelista francés, Próspero Merimé, nos la cuenta así:

 

 

 

En 1369 por los campos de la Mancha:

Pedro el Cruel, sitiado por Du Guesclin en el castillo de Montiel, había hecho espléndidas ofertas al célebre aventurero francés para que le condujera a lugar seguro. Siendo engañado, Pedro acudió al campo del francés, donde encontró a Du Guesclin y le dijo en voz baja: “A caballo, monsieur Bertrand, ya es tiempo de partir!” Los franceses le rodearon y sin responder le hicieron entrar en una tienda. Después de un instante de silencio apareció un hombre cubierto con su armadura. Era D. Enrique de Trastamara, hermano del rey de Castilla, a quien no había visto desde hacía quince años.

D. Enrique, paseando la mirada por los caballeros salidos de Montiel:

-“¿Donde está ese bastardo, ese judío que pretende ser rey de Castilla?”

Un escudero francés le señala a D. Pedro:

-¡Aquí está vuestro enemigo” -dijo.

D. Enrique, todavía dudoso, le mira fijamente.

-“Si, soy yo -exclama D. Pedro-. Yo soy el rey de Castilla. Todo el mundo sabe que soy hijo legítimo del buen rey don Alfonso. ¡El bastardo eres tú!.

Entonces D. Enrique, satisfecho por el insulto que había provocado sacó su daga y le arañó ligeramente en la cara. Los dos hermanos estaban demasiado próximos el uno del otro para poder sacar las espadas. Lucharon algún tiempo a brazo partido con rabia, sin que nadie intentara separarlos. Sin soltarse, cayeron ambos sobre un lecho  de campaña que estaba en un rincón de la tienda. Pero D. Pedro, más grande y vigoroso, tenía  a su hermano debajo de él. Buscaba un arma para hundírsela, cuando un caballero aragonés, el vizconde de Rocaberti, agarrando a don Pedro por un pie le dio una vuelta hacia un lado, de manera que D. Enrique, que no dejaba de abrazarle, se encontró encima. Este recoge un puñal, levanta la cota de mallas del rey y se lo hunde en el costado. Los brazos de D. Pedro dejan de abrazar a su enemigo y D. Enrique se deshace de él mientras algunos de los suyos rematan al moribundo.

Este monarca burgalés asesinado ha pasado a la Historia para unos como “El Cruel”, para otros como “El Justiciero”, ¿cuál de los dos sobrenombres le cuadra mejor?. No seré yo quien responda, pero se me ocurre la siguiente reflexión: “Con demasiada frecuencia en la Historia, incluida la nuestra, nos encontramos con la justicia y la crueldad caminando de la mano, lo cual, se mire por donde se mire, resulta poco reconfortante”.

Lo que sí resulta evidente es que la vida de este monarca no fue muy larga, pero estuvo llena de aventuras y sobresaltos de todo tipo, propiciados, muchos de ellos, por su carácter impetuoso y violento. Lo que se cuenta a continuación roza la línea que separa  la ficción de la historia:

“El rey don Pedro sentía una especial predilección por la ciudad de Sevilla, en cuya catedral descansan los restos de su padre y  los de su amante y gran amor, doña María de Padilla, esposa et regna post mortem, y a la que viajaba con frecuencia, pasando en ella largas temporadas, huyendo, tal vez, de los crudos inviernos castellanos. Gustaba el monarca de pasear de noche por sus calles, siempre ocultando su real condición, en busca de aventuras amorosas, a las que parece ser era también muy aficionado, aunque tampoco rehusaba las reyertas si éstas venían al caso. Pues el caso es que, en una de sus correrías nocturnas, tuvo una pendencia con un sevillano enamorado, que estaba dando una serenata a su dama, a la amorosa luz de la luna sevillana. Salieron a relucir las espadas y el rey, experto espadachín, mató al galanteador de una certera estocada. Una buena mujer, alumbrada por un candil, contempló la escena desde su ventana y pudo reconocer al rey mientras se alejaba del lugar del crimen. (Parece ser que, además, al rey le crujían los huesos cuando corría, emitiendo un ruido muy peculiar)

A la mañana siguiente, como de costumbre, el Veinticuatro, (nombre que por aquella época se le daba al jefe de la policía), presentó su informe al rey:

-Majestad, esta noche, en una calle próxima al Alcázar se ha celebrado un duelo, resultando muerto uno de los contendientes.

-¿Habéis descubierto al asesino?.

-Sí, Majestad.

-¿Ha recibido ya su castigo?.

-Espero vuestras órdenes, Majestad.

-Pues cumplid la ley.

Resulta que el rey, haciendo honor a su faceta de justiciero, (o tal vez a las dos), acababa de hacer público un decreto por el cual, todo aquél que se batiese en duelo sería decapitado y su cabeza expuesta públicamente en el lugar donde se hubiera celebrado. El Veinticuatro salió de la entrevista con el ceño fruncido y la cabeza dándole muchas vueltas, buscando la forma de salir airoso de aquel difícil trance. Por fin su ingenio le salvó. Buscó una talla del rey, la hizo aserrar la cabeza, la metió en una hornacina y la tuvo expuesta  durante dos días en el lugar de los hechos, al que acudió un gran número de curiosos.

Toda Sevilla, incluido el rey, (a excepción, es de suponer, de la desconsolada amante del galanteador atravesado),  celebró el singular suceso,  y la calle donde ocurrió pasó  llamarse “Calle del Candilejo”.

Paco Blanco

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