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¡OJO CON LOS PROTOCOLOS!                
Durante estas últimas semanas hemos asistido los españoles a tiras y aflojas de nuestros políticos en lo que se refiere al protocolo a seguir en distintos actos públicos. En estos casos, el conflicto no provenía de ruines egoismos personales (creo yo…), sino que estaban enmarcados en los problemas de poder que actualmente les-nos acongojan.
Seguro que históricamente estos problemas se podrían considerar casi rutinarios y resueltos sin mayores males, pero no nos podemos fiar, pues no ha sido así siempre y en alguna ocasión, equívocos o mala fe, dieron lugar a resultados indeseables como los que tuvieron lugar en Burgos con motivo de una regia visita.                
Estamos en el año 1565, y el Ayuntamiento burgalés recibe la noticia de que los reyes Felipe II y su esposa Isabel de la Paz iban a visitar la ciudad. (La reina era Isabel de Valois, la tercera esposa del rey y llamada “de la Paz” en conmemoración de la paz firmada por España y Francia en Abril del 1559). Nos podemos imaginar la emoción y el entusiasmo de nuestros antepasados. Los burgaleses saben hacer las cosas muy bien cuando se trata de recibir y homenajear a unos personajes de las características como las que poseían los que, dentro de unas horas, serían  sus huéspedes. Edictos, anuncios, recomendaciones, limpieza de canales, etc. pondría en frenético movimiento a unos ciudadanos las más de las veces con poco poder adquisitivo y esperanzados (como siempre) en que la visita regia diera lugar a beneficios para la ciudad y sus habitantes.
Todo a punto. Los reyes a unas pocas leguas de la ciudad. Los últimos retoques y…, como una losa, aparece EL PROTOCOLO.                  
Era costumbre en el Ayuntamiento, que un alto personaje recibiera a los reyes a las puertas de la ciudad y que después, bajo lujosísimo palio, les acompañara en su visita a las numerosas maravillas que la villa encierra. Fue elegido para tal misión  el regidor más antiguo. Inesperadamente, llega la noticia de que los soberanos han decidido pasar de largo y seguir su camino, dejando a los burgaleses confusos, anonadados, apesadumbrados y…temerosos ¿de qué?. Se rumorea y luego se afirma que la fallida visita de los reyes se debe a que éstos han tenido noticia de que en Burgos hay peste, lo que les ha hecho desistir de su deseada visita.
El pánico no tardó en llegar. Unos pudieron marchar despavoridos  sin volver la vista atrás, lejos, a otros lugares. Otros se quedaron en pequeñas poblaciones vecinas en casa de familiares o amigos. Pero los más pobres quedaron deambulando hambrientos en una ciudad deshabitada y fría, en la que los estandartes, banderas y arcos de triunfo aún la hacían  más tenebrosa y sarcástica.
Atrás quedaron las emociones y las deseadas y nunca pronuncidas promesas
regias. Todo era desolación pero…¿dónde estaba la peste?, ¿dónde los enfermos, los cadáveres, los entierros…?. Había hambre pero todavía no había llegado la agonía y la muerte. ¿Qué estaba sucediendo?.  La peste no era tal…¡ERA FALSA! Todo, menos el terror, había sido una odiosa mentira.                 
Como he dicho, el Ayuntamiento había nombrado al regidor más antiguo como el resposable de recibir a los monarcas y mostrales la ciudad. Era el protocolo habitual.Pero el arzobispo de Burgos, cardenal Mendoza Bobadilla, tenía grandes deseos de ser él y no otro quien lo hiciera. Al no lograr sus propósitos, suplicó de mala fe a Felipe II que no entrara en Burgos pues se había declarado la peste. Como es natural los reyes y comitiva pasaron de largo dejando, ignorantes, la gran desolación  descrita.
En la “Epidemiología Española” de el Lic. Joaquín de Villalba (Madrid 1803) y al referirse a los males que conllevaba la peste y entre otros al miedo, al que hace muy responsable, se refiere a esta desgraciada anécdota protocolaria y lo hace en estos términos: “…y como el Cardenal D. Francisco de Bobadilla sobre quien había de ir debaxo del palio con S.M. mostrando las cosas de la ciudad, como se acostumbra hacer: y como el Cardenal no pudiese salir con su intento y pretensión, atento que el Regidor no quiso perder preeminencia de su antigüedad, para el efecto fingió, publicó y escribió à S.M. que no entrase en Burgos porque había peste; y era una enfermedad de tercianas, ordinaria.
“Y esto hizo el dicho Cardenal à efecto de quedar con su honor, sin aquella nota pública por haber él pretendido y pedido al Cabildo; y atento á ser gran personage se dio crédito a lo que representó y se hizo, pues S.M. y la Reyna no entraron, no obstante que todos los cortesanos fueron à la ciudad sin padecer de la fingida peste detrimento alguno”, etc.
Actualmente padecemos también nuestras pestes verdaderas o falsas pero,  por culpa de EL PROTOCOLO, pueden tener funestas consecuencias.                                                                   

¡OJO CON EL PROTOCOLO!    

 Alberto Saborido   

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