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pagina dedicada a Fernán González, Conde de Castilla

FERNÁN GONZÁLEZ: VISIÓN DE ESTADO

Menéndez PidalEl 9 de setiembre de 1943, con motivo del I Milenario de Castilla, D. Ramón Menéndez Pidal pronuncia en Burgos una conferencia con el tema: “Carácter originario de Castilla”. En ella, el ilustre polígrafo gallego trata de definir los caracteres que determinaron la emergente aparición de Castilla y su irresistible irrupción en el mapa que configuraba la España medieval. Aquella línea defensiva de castillos, protegiendo las fronteras cristianas, que habían avanzado hasta las orillas del Duero, iba a ser el origen de un reino que, en muy pocos años, se iba a imponer sobre los restantes que conformaban la península, incluidos los árabes. La figura del conde Fernán González es, sin duda, clave en su rápida consolidación. En ella se conjugan la habilidad política, la tenacidad militar y la astucia diplomática.
Según criterio  del propio Menéndez Pidal: “resulta más afortunado y sagaz que heroico, más hábil para aprovecharse de las discordias de León y Navarra que para ampliar su territorio a costa de los moros”.
Sin embargo, un poeta y cronista medieval, el Infante D. Juan Manuel, en su “Crónica Abreviada”, emite el siguiente testimonio sobre la tenacidad militar del conde: “Amigos, por las feridas non lo dejemos, ca estas feridas que agora nos faran que olvidemos las que nos dieron en la otra batalla”

estatua de Fernán González en El EspolónPero, si bien Fernán González no encarna el prototipo del militar victorioso y brillante, sus empresas militares no son nada desdeñables, teniendo en cuenta, además, que tenia varios frentes abiertos en los que luchar.

Tres enemigos amenazaban el condado de Burgos, los árabes por el sur, el joven reino de Pamplona-Navarra, con ganas de expansión, por el nordeste y el reino de León, del que era vasallo, por el noroeste. Fernán González, no sólo consiguió la autonomía con respecto a éste último, sino que en el año 931 constituye el gran Condado de Castilla, en el que se integran el resto de los condados: Lara, Lontarón, Cerezo y Alava. Además, a la muerte del rey Ramiro II, que siempre se había opuesto a la expansión territorial de Castilla y el aumento del poder de sus condes, Fernán González se convirtió en conde vitalicio, con derecho a sucesión. También supo aprovechar las luchas internas que se desencadenaron por su sucesión,  permitiéndose intervenir en su política, junto con la reina Toda de Navarra, quitando y poniendo reyes según su conveniencia. A partir de aquí el reino de León comienza a debilitarse y en menos de cien años Castilla se convertiría en un reino poderoso e independiente. Este imparable proceso acabó con Fernando I como rey independiente de Castilla y, poco después, la anexión del reino de León.

mapa de reinos de la Península en siglo X

abderramán IIIQueda bien claro que las relaciones del conde castellano con los reyes de León siempre fueron tumultuosas y conflictivas, defendiendo cada uno sus particulares intereses que casi siempre entrechocaban. La manifiesta rebeldía del conde contra el vasallaje que le ligaba a los reyes leoneses, fue causa de que sufriera prisión en más de una ocasión, pero, por otro lado, era un aliado poderoso y necesario para contrarrestar el poder militar que había alcanzado el califa cordobés, Abderramán III. Por esa razón,  cuando las incursiones árabes amenazaban la seguridad de las fronteras alcanzadas por los cristianos en la reconquista, unieron sus fuerzas para luchar contra el enemigo común. Tal ocurrió con motivo de la “Campaña del Supremo Poder”, que el Califa de Córdoba, Abderramán III, organizó con la intención de someter el reino de León; para lo cual formó un formidable ejército de más de 100.000 hombres, que atravesó la sierra del Guadarrama, internándose por las casi despobladas tierras del sur del Duero. Después de saquear y destruir todo lo que encontraron en su camino, a principios de agosto del año 939 acamparon en el castillo de Portillo, en tierras de Valladolid. Al lado del rey leonés, Ramiro II, luchaban las huestes de los condes castellanos, Fernán González y Ansur Fernández, y también las del rey de Navarra, García Sánchez I, junto con algunos voluntarios asturianos y gallegos. Antes de la batalla parece que tuvo lugar un eclipse total de sol, que se prolongó durante muchas horas, dejando el paisaje cubierto de una cárdena oscuridad, que tanto los cristianos como los sarracenos interpretaron como un negro presagio.

San Millán y Santiago en batalla SimancasEl enfrentamiento tuvo lugar a orillas del Pisuerga, muy cerca de la villa de Simancas. La batalla fue dura y encarnizada, prolongándose durante días pero, finalmente, con la aparición del Apóstol Santiago en el bando cristiano (algunos cronistas incluyen también a San Millán, aunque le cogía un poco lejos de sus tierras riojanas), el ejército musulmán, con su califa a la cabeza, tuvo que emprender la huida, dejando en manos de los vencedores un numeroso y valioso botín. Esta derrota obligó a los árabes a retroceder sus fronteras hasta el Tormes, más abajo del Duero, dejando un enorme espacio por repoblar. Las tropas de Abderramán siguieron cruzando el Duero, haciendo incursiones militares de castigo contra los asentamientos cristianos, pero sin intención de conquista ni ocupación.

 


No fue esta la única acción de guerra en la que el conde castellano y el monarca leonés efectuaron conjuntamente contra el califa cordobés; con anterioridad a la batalla de Simancas, en el año 933 levantaron el cerco de San Esteban de Gormaz, derrotándole en la batalla de Osma, y al año siguiente, en el que el caudillo árabe había penetrado en tierras castellanas, asolando Alava y destruyendo Burgos, matando los 200 monjes que habitaban el monasterio de San Pedro de Cardeña, el castellano y el leonés le estaban esperando en Osma, derrotándole nuevamente y, según los “Anales Castellanos Primeros”, “matando a muchos millares de ellos”.
Con sus vecinos los navarros puso de manifiesto, sobre todo, sus habilidades diplomáticas, mediante una política matrimonial que le asegurara una relativa tranquilidad militar, especialmente en las tierras fronterizas que compartían navarros y castellanos, y que ambos querían ensanchar. Doña Sancha Sánchez, su primera esposa, aunque ella anteriormente había estado casada en tres ocasiones, la primera con el rey de León, Ordoño II, era la tercera hija del rey navarro Sancho Garcés I y de la reina Toda Aznárez, tía carnal del califa Abderramán III. De este matrimonio nacieron siete hijos. A la muerte de doña Sancha, el conde contrajo un nuevo matrimonio, esta vez con doña Urraca Díaz, hija del rey navarro García Sánchez I y nieta de la reina Toda y de Sancho Garcés I. De este matrimonio no hubo descendencia, quedando viuda doña Urraca, que volvió a casarse con el duque de Aquitania.
El emparentamiento del conde con la familia navarra de los Jimeno, que acababan de acceder al trono,  seguramente propició algún entendimiento a tres bandas, siempre en detrimento del poder leonés. La acción conjunta con la reina Toda se pone de manifiesto, especialmente, con motivo del caos sucesorio que se originó en el reino leonés tras la muerte de Ramiro II en enero del 951, consiguiendo imponer los derechos de Sancho I el Gordo, que había sido expulsado del trono por su primo Ordoño IV, el Malo. Todo un complicado entretejido de intereses dinásticos y familiares, en el que estaba implicada la hija del conde, Urraca Fernández, casada primero, y repudiada después por Ordoño III, hijo de Ramiro II. Casó después con Ordoño IV el Malo, hijo de Enrique IV el Monje, desposeído del trono por su hermano Ramiro II, aunque, finalmente, con el  apoyo de su padre el conde, que estaba muy presionado por la reina Toda, que a la sazón había quedado viuda y ejercía de regente, el que se sentó en el trono fue Sancho I el Gordo, nieto de la reina Toda. Pero cuando enviudó de Ordoño IV, doña Urraca se volvió a casar con Sancho Garcés II de Navarra, con lo que las aspiraciones de su padre de hacerla reina se vieron cumplidas, al tiempo que se afianzaban los lazos familiares con la dinastía de los Jimeno.
No cabe duda de que a pesar de haber sufrido varios reveses militares contra sarracenos, leoneses y navarros, y haber padecido prisión, como cuenta el poema, el conde Fernán González supo defender, ampliar y consolidar las fronteras de Castilla, dotándola, además, de una estructura militar, jurídica y política que la colocaron en una posición de ventaja sobre sus vecinos. Eso sin contar con el impulso que iba cogiendo el castellano como lengua dominante, en sustitución del latín vulgar.
                                               “Fue luego don Fernando en los fierros metido,
                                                 de gran pesar que hobo cayó amortecido,
                                                 al cabo de una pieza tornó en su sentido;
                                                 dijo: Señor del mundo ¿porqué me has fallido?”
                                                           (Poema de Fernán González)

ruinas del Monasterio de San Pedro de ArlanzaA mediados del siglo XIII, el Arlantino, posiblemente un monje del monasterio de San Pedro de Arlanza, recogió en un manuscrito las canciones que los juglares habían recitado durante los doscientos últimos años exaltando las gestas del conde Fernán González. Se trata del famoso “Poema de Fernán González”.
Según el monje, el legendario conde nació hacia el año 910, en el castillo de Lara, muy cerca de la ermita visigótica de Santa María de las Viñas: “Estonce era Castylla vn pequenno rryncon, era de castellanos Montes d’Oca mojon, e de la otra parte Fitero el fondon, moros tenía Carazo en aquella sazon”.
Con toda probabilidad uno de sus abuelos fue Nuño Rasura, uno de los  legendarios jueces castellanos que pegaron fuego al “Fuero Juzgo Visigótico”, que regía en León, Aragón y Cataluña. Con este acto se implantaba también la independencia jurídica de Castilla con respecto a León.
Era hijo del conde de Burgos, Gonzalo Fernández y de su esposa Muniadona,  según algunos cronistas hija bastarda del rey de Navarra. A partir de aquí, como en tantos héroes medievales, la leyenda y la historia se entremezclan, llegando a ser difícil separar lo real de lo fantástico, el mismo poema está lleno de anacronismos. Lo que sí resulta cierto es que a los cuatro años quedó huérfano de padre. El Poema nos cuenta que fue educado por un carbonero que le enseñó a cazar, a jugar y a pelear. Yendo un día de caza, según sigue contando el monje, fue a parar a una ermita situada en lo alto de la Peña Dura, en la que habitaban tres monjes; uno de ellos, de nombre Pelayo, le pronosticó su destino: “Faras grandes batallas en la gent descreyda, muchas seran las gentes a quien quytaras la vida, cobraras de la tierra una buena partyda, la sangre de los rreyes por ty sera vertyda”.
Toda la trayectoria posterior del “Buen Conde”, como así se le conocía, está íntimamente ligada al monasterio y al monje Pelayo, que se convirtió en su consejero y protector. El agradecido conde promete a aquel santo varón dedicar al monasterio una quinta parte de sus ganancias para la edificación de otro más grande, a orillas del cercano río Arlanza, con cabida para más de cien monjes, expresándole igualmente su deseo de ser enterrado en el nuevo recinto: “Sy Dios aquesta lid me dexa arrancar, quiero tod el mío quinto a este lugar dar, demás cuando muriere, aquí me soterrar”.
tumba de Fernán González en CovarrubiasEfectivamente, el conde cumplió su palabra; en una hoz que hace el Arlanza para rodear Peña Dura, entre las sierras de Mamblas y de Carazo, en un paraje rodeado de chopos, donde crece el chaparro y el enebro, el romero y el tomillo, se construyó el nuevo monasterio dedicado a San Pedro; sin duda el monumento más importante del románico español después de la catedral de Santiago. Allí, a su muerte ocurrida en Burgos el año 970,  recibió sepultura el conde, permaneciendo sus restos hasta principios del siglo XIX, concretamente el 14 de febrero de 1841, en que fueron trasladados, junto con los de su primera esposa doña Sancha, a la colegiata de San Cosme y San Damián, en la cercana Covarrubias. La causa de este traslado está en el ruinoso estado en que fue cayendo el monasterio a partir de la desamortización de los bienes eclesiásticos, aumentado, además, por un pavoroso incendio.
Otro de los hechos memorables del conde, descrito en el poema, pero con muchos visos de ser histórico, al menos en parte, es la batalla de Hacinas, librada contra los moros a los pies del cerro de Carazo, que Fray Prudencio de Sandoval, en “Los cinco obispos”, sitúa en el año 931. Dicha batalla duró tres días, causando una gran mortandad por ambos bandos. Al tercer día los cristianos recibieron la ayuda conjunta de San Millán y de Santiago, que sembraron el pánico entre los sarracenos, obligándoles a retroceder, perseguidos por las huestes del conde hasta más allá del Duero, consiguiendo un gran botín.
Según se deduce del citado poema, por esas fechas el monasterio ya debía de existir, o estaba en construcción, pues parece que el conde mandó enterrar en él los cristianos muertos en la batalla.
Todos estos acontecimientos se mueven entre la historia y la leyenda, pero, en una excavación realizada en 1840, se encontró una fosa con gran cantidad de restos humanos que podían pertenecer a los muertos en la batalla. (Lástima que por aquellas fechas no existiera la prueba del ADN).
Como consecuencia de esta victoria, el condado castellano quedó mucho mejor defendido contra las aceifas cordobesas, que se volvieron mucho más intermitentes.
Otro hecho que se balancea entre lo real y lo fantástico, que aparece en el poema como el origen, nada menos, de la independencia conseguida por el conde del reino leonés, es la venta “al gallarín” de un caballo y un azor, que concertó el conde castellano con su señor, el rey de León.
Este contrato de compra-venta tenía la particularidad de que una vez expirado el plazo del pago, el importe de la venta iba aumentando día a día de forma progresiva (algo parecido a lo que hacen los actuales bancos cuando nuestras cuentas quedan al descubierto). Pues bien, parece ser que al monarca leonés, tal vez debido a sus múltiples obligaciones, se le pasó el día del pago; fueron  pasando los días y, en consecuencia, los intereses de  la deuda se fueron incrementando al capital, progresiva e irremisiblemente, hasta alcanzar una cifra tan astronómica que resultaba imposible de pagar. Reclamada la deuda por el conde, e imposibilitado el rey para pagarla, en compensación éste le concedió la independencia del condado de Castilla.
Vamos a concluir aquí esta pequeña crónica sobre el legendario conde, cuya figura histórica, sin embargo, tanta importancia alcanzó, con los últimos versos del poema:

                                   “Quiso Dios al Buen Conde esta gracia facer,
                                     que moros nin cristianos non pudieron vencer” (Poema F.G.)

Paco Blanco

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