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pagina de España medieval en siglo VIII

EL ENTORNO MEDIEVAL ESPAÑOL DEL SIGLO VIII

En el año 705 el califa omeya al-Walid nombró a Müsá ben Nuasyr gobernador de Ifrïqiya (actualmente República  Tunecina), como paso previo a la invasión de la  Península Ibérica, conocida como Hispania desde tiempos de los romanos. El segundo paso fue negociar la neutralidad con el conde godo don Julián, señor de Ceuta, la cual no fue difícil de conseguir a cambio de asegurarle la permanencia al frente de sus dominios. 
Al otro lado del estrecho el reino visigodo de Toledo seguía sumido en la crisis abierta el 589, durante el III Concilio de Toledo, que dejó sin cerrar el sistema de acceso al trono, enfrentando desde entonces a las dos corrientes existentes. Por una parte la germánico-militar, partidaria de la fórmula electiva, y por la otra la del derecho romano, que defendía el derecho sucesorio. En el IV Concilio de Toledo, convocado por el rey Sisenando en el 633, se buscó una fórmula de compromiso entre ambas tendencias en la que se daba carácter electivo a la monarquía visigoda, pero encomendando la elección del monarca a los dos grupos de presión más fuertes del reino, o sea, la poderosa nobleza y la alta jerarquía eclesiástica que, por añadidura, acostumbraban a estar emparentadas entre sí. Esta fórmula llevaba implícita la total debilitación de la autoridad real a costa del incremento del poder de dichos grupos.

La descomposición política originada por la constante lucha por el poder, que cambiaba de manos con suma facilidad, y la corrupción, hicieron acto de presencia en la vida pública, llegando hasta el mismo reinado de don Rodrigo, sin que nadie fuera capaz de controlar la situación.


Don RodrigoEn junio del 711, con la complicidad del conde don Julián, que era también señor de Algeciras, en los alrededores de Cádiz se congregó un ejército de doce mil hombres al mando de Müsá ben Nuasyr y del bereber Täriq ben Ziyäd, sin que en la corte de Toledo se apercibiesen de su presencia.
Cuando, finalmente, el rey don Rodrigo fue informado de la presencia musulmana en su reino, concentró en Córdoba sus huestes, formadas por unos treinta mil hombres.



 

El enfrentamiento se produjo en la célebre batalla de Guadalete, el 19 de julio del 711, pero la supuesta superioridad numérica visigoda quedó anulada con la deserción de los hijos de Witiza, que habían pactado con el  jefe bereber, Täriq ben Ziyäd, la conservación de las extensas propiedades que su padre poseía por toda Hispania, consistentes en más de tres mil aldeas, que fueron denominadas como “feudo de reyes”. Las tropas visigodas que permanecieron al lado del rey fueron diezmadas por las de Täriq y el mismo don Rodrigo tuvo que huir para ponerse a salvo, aunque las noticias sobre su persona y paradero posteriores a la batalla pertenecen exclusivamente al ámbito de la leyenda, siendo numerosas las que se ocuparon de sus venturas y desventuras finales.
tropas morasEsta triste derrota visigoda dejó las puertas abiertas de la península a las diferentes tribus norte africanas, que entraron en oleadas, en principio atraídas por un rico y fácil botín. En menos de tres años la casi totalidad del territorio de la península cae en poder del Islam. Hace su aparición una nueva nación: al-Andalus, que permanecerá en Hispania casi ochocientos años, bastante ajetreados, por cierto.
Esta inusitada rapidez de la expansión islámica fue posible gracias a la actitud pasiva que gran parte de la población tomó ante los invasores, posiblemente hastiada y desencantada de la opresión social, religiosa y fiscal a que estaban sometidos por parte de las clases dominantes godas. Los nuevos gobernantes de al-Andalus  establecieron dos tipos de territorios: Por una parte los conquistados por las armas, y por otra los sometidos mediante pacto. A los primeros se les exigió un sometimiento total al Islam y a los segundos se les concedió una cierta autonomía política. En ambos casos, sin embargo, se garantizó la vida y creencias de los cristianos, a cambio de pagar un impuesto o “capitulación”.
Asturias y Galicia fueron ocupadas por tropas mixtas de árabes y bereberes sin que encontraran grandes resistencias, pero en el año 721, con la llegada del wälï Anbasa ben Suhaym al-Kalbï, que incrementa de forma notable la presión tributaria sobre bereberes e hispano-godos, da lugar a la aparición, entre éstos últimos,  de los núcleos iniciales de oposición y resistencia, que originaron   los primeros enfrentamientos armados. En el 722 el citado wälï, Anbasa ben Suhaym al-Kalbï, organizó una expedición de castigo contra un grupo de insurgentes que  habían buscado refugio en las montañas cercanas a Cangas de Onís, encabezado por el noble visigodo don Pelayo, que había luchado al lado de don Rodrigo en Guadalete, y era enemigo declarado de Witiza y su familia, de cuya persecución había venido a refugiarse en las montañas de Asturias.
La expedición de castigo resultó un fracaso para el wälï, que sufrió una severa derrota en la batalla de Covadonga, abrupto paraje situado en los Picos de Europa.
Esta victoria de los visigodos asturianos puede considerarse como el punto de partida de la que posteriormente se ha conocido como “Reconquista”, y también  de la aparición del reino de Asturias en la península, aunque algunos cronistas establecen el nombramiento de don Pelayo como rey de Asturias en el 718.

CovadongaMonumento a Don Pelayo


Alfonso I, conocido como “El Católico”, había nacido en el 693,  era hijo del duque Pedro de Cantabria y estaba casado con Ermesinda, hija de don Pelayo, por lo que cuando su cuñado, el rey Favila I, murió a consecuencia de un terrible encontronazo con un oso (o una osa, ese detalle no se ha podido aclarar), se convirtió en el tercer rey del recién inaugurado reino astur. Esto ocurría en el 739 y permaneció en el trono hasta su muerte, en el 757. Durante su reinado se fijan las primeras líneas fronterizas entre “moros y cristianos”, separadas por una ancha franja desierta, conocida como “los Campos Góticos”.

Peña AmayaLos puntos más adelantados fueron Saldaña,  al norte de la actual provincia de Palencia, cuyo primer conde fue Diego Muñoz; Mava, a los pies del Monte Cildá, en la montaña cántabro-palentina, defendida por el inexpugnable Cañón de la Horodada; Amaya, asentada sobre la fortaleza natural de Peña Amaya, a 1344 metros de altitud, estratégico enclave situado al noroeste de la actual provincia de Burgos, desde donde se controlaba perfectamente el acceso a Cantabria, que había sido arrasada en el 714 por las tropas de Müsá ben Nuasyr en su camino hacia Asturias; Oca, en los burgaleses Montes de Oca, al sur de la Sierra de la Demanda, que pasaría a los dominios de la familia de los Ansúrez , y Miranda (actual Miranda de Ebro), defendida por el desfiladero de Pancorbo y que marcaba la frontera por el Ebro del condado de Lantaron.
Durante el largo reinado de Alfonso II (791-842), a pesar de haber sido depuesto y nuevamente entronizado durante el undécimo año de su reinado, se reafirman las bases sobre las que se van a asentar en el futuro los reinos de Asturias y León. Por una parte, en el plano político, se produce la aparición del “neogoticismo”, que no es otra cosa que la  restauración del anterior régimen godo. La capital es trasladada a la recién fundada Oviedo, donde se estableció la “Sede Regia” del reino de Asturias y se construyó la iglesia de San Salvador, convertida posteriormente en catedral.
Pero tal vez el hecho más importante sea la ruptura que la conocida como “Querella del Adopcionismo”, provoca entre  la iglesia ortodoxa asturiana, encabezada por el Beato de Liébana, y la sede metropolitana de Toledo, más proclive a introducir innovaciones pro islámicas.
Otro hecho destacable, especialmente por la enorme trascendencia cultural que posteriormente alcanzó, fue el descubrimiento, tal vez por el mismo Beato de Liébana, del supuesto sepulcro del apóstol Santiago, que originó la aparición  del “culto jacobeo”, con  la peregrinación masiva a su tumba desde todos los puntos de la cristiandad. 
La fundación de numerosos monasterios para reforzar el poder eclesiástico, cada vez más ligado al político, es uno de los factores clave para el posterior desarrollo socio económico del reino, el otro se produce en el año 814, según nos cuentan los “Anales Castellanos Primeros”, en que “salieron de Malacoria los foramontanos y llegaron a Castilla”.
En el 824 el conde castellano Munio Núñez, vasallo de Alfonso II, otorga carta de población a un grupo de familias en la localidad palentina de Brañosera: "Yo, Munio Núñez, con mi mujer Argilo, buscando el paraíso y esperando el premio, hago una puebla en estos parajes de osos y caza". 
De este singular monarca, también llamado “El Casto” y “El Magno”, la “Crónica Albeldense” destaca: “Llevó a cabo una vida castísima, sin mujer, y así pasó del reino de la tierra al del cielo. El, que todo lo llevó en paz, descansó en paz”.
Entre el reinado de Alfonso II, y los posteriores de Ramiro I, Ordoño I y Alfonso III, se emitieron 16 documentos de repoblación relativos a Castilla: Eran las actas de nacimiento de una nueva nación.

Paco Blanco

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