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EL DESPEÑO DE TOROS   (LERMA, SIGLO XVII)

Tras la prohibición de las corridas de toros en Barcelona, hemos podido ver en reportajes televisivos, fiestas populares de España donde los animales son los protagonistas inocentes de juegos y chanzas de una crueldad evidente.
Se nos han ofrecido imágenes de “El toro de la Vega” de Tordesillas, toros “enmaromados”,  lanzamiento de cabras y pavos desde campanarios, peleas de carneros y gallos, caballos cruzando hogueras, etc., etc., etc.

Juan Albarellos Berroeta, fundador de Diario de Burgos (1891) y en su obra “Efemérides Burgalesas”,  nos describe minuciosamente lo que fueron las fiestas en Lerma en Octubre de 1617 con ocasión de trasladar el Santísimo Sacramento  a la iglesia colegial,  todo ello enmarcado en la inauguración de dos conventos (el de Santo Domingo y el de San Blas) que, junto a la colegiata y el palacio, mandó construir a la vez, el Duque de Lerma. Aparte de la procesión solemnísima, octavario de misas, sermones a cargo de los mejores predicadores, hubo también fiestas profanas, fuegos artificiales, comedias al aire libre, danzas populares, etc. El rey Felipe III, su familia y la nobleza, participaron activa o presencialmente en tan variado “jolgorio”…

Y, ¡ahora viene! lo de… EL DESPEÑO DE LOS TOROS DE LERMA. (Transcribo lo narrado por Juan Albarellos en su libro):

“Entre todo aquel variadísimo programa de festejos sobresalió el despeño de toros , caprichosa variación de la fiesta nacional española, que había ideado el duque de Lerma, incansable siempre en urdir nuevas diversiones para alucinar al Rey y entretener la superficialidad de la Corte.

La plaza de Lerma, frecuente teatro de lucidos festivales, y en la que el mismo Felipe III, según nos dice Cabrera, se había dignado torear el año 1605, era el lugar elegido para el despeño. Un numerosísimo concurso se apiñaba en balcones y ventanas, que ostentaban vistosas colgaduras. El Rey, con sus hijos y los magnates de la Corte, presenciaba el espectáculo desde el palco especial del voladizo, encima precisamente de la puerta que daba al parque.”   (NOTA: Uno de los laterales del palacio donde se encontraba el voladizo, se hallaba a gran altura sobre un soto, parque de recreo, bañado por el río Arlanza).

“Hízose con suntuosidad acostumbrada el desfile de los caballeros y lacayos, y se rejonearon varios toros. Algunos de éstos murieron a manos de los lidiadores; otros fueron víctimas de la nueva invención.
Consistía ésta en que cuando el animal estaba desangrándose, acosado por todas partes, y buscando salida para huir, abríase de pronto la puerta que había en el pasadizo, debajo del palco regio, y el animal, ávido de libertad, se precipitaba por ella ciegamente. Un sencillo mecanismo le impedía retroceder si se daba cuenta del peligro, y el toro caía rodando por la cuesta, que en aquel sitio ofrece pronunciadísima pendiente. Varios balcones de que, a la parte del campo, estaba provisto el pasadizo, permitían a sus ocupantes contemplar la caída del noble animal que, rodando por el precipicio, iba a parar al Arlanza, Algunos toros llegaban ya muertos, desnucados por los violentos golpes de la caída; otros quedaban moribundos, con los miembros rotos, revolcándose en dolorosa agonía. Y aquel público, en que figuraba lo más granado de España, con su Rey a la cabeza, aplaudía frenéticamente la novedad del espectáculo y celebraba el ingenio del favorito que lo había ideado…

 Pero por brutal y antiartística que nos parezca tal fiesta, es lo cierto que se puso de moda y se repitió varias veces en aquel reinado, siempre con éxito lisonjero.”

¿Alguien da más?.

Alberto Saborido

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