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pagina del Carro de espadañas

En 1919  Juan Albarellos, director entonces del Diario de Burgos, recopiló, ordenó e investigó las EFEMÉRIDES BURGALESAS, que durante 1918 habían sido editadas día tras día  por su periódico. Estas EFEMÉRIDES  consistían en un relato de la historia cotidiana del Burgos ciudad, con sus actos heroicos y sus miserias, con crónicas de sucesos extraordinarios y otras sobre la vida sencilla y lugareña de sus habitantes, que no pocas veces resultaba tediosa. Esta falta de sucesos estimulantes daba lugar por contraste, a actos y celebraciones de gran algarabía y duración, en las que era protagonista todo el pueblo con enorme y a veces desmesurado entusiasmo (lo que en ocasiones provocaba sucesos indeseables…). Estas celebraciones, relacionadas casi siempre con solemnidades religiosas o visitas regias, actualmente nos parecerían delirantes e incomprensibles.
Una de estas crónicas habla de “El carro de espadañas” que, por su curiosidad, quiero transcribir palabra por palabra.

EL CARRO DE ESPADAÑAS

grabado de la Catedral de BurgosNo es ningún hecho heroico de la historia burgalesa lo que hoy vamos a recordar, sino sencillamente una antiquísima costumbre que había en nuestra Catedral, costumbre original y pintoresca sostenida durante más de seiscientos años, hasta el siglo XVIII en que desapareció.

Desde tiempo inmemorial viene celebrándose con gran pompa la fiesta de la Asunción, titular de la Catedral, y el Cabildo se ha esmerado siempre para rodearla del máximo esplendor, organizando una solemne procesión que recorre las naves llevando la imagen de la Virgen.

 

 

 

 

puente de MalatosSegún aparece en documentos existentes en el archivo, el año 1165 el obispo don Pedro y el Cabildo cedieron al Hospital de leprosos o “malatos”, que bajo la advocación de San Lázaro existía en el barrio de San Pedro, una tierra junto al puente, estipulándose como precio que todos los años había de traer a la iglesia el día 14 de Agosto un carro de juncos, los cuales servían para alfombrar las naves que recorría la procesión.
Durante muchos años el Hospital cumplió puntualmente su compromiso, pero al finalizar el siglo XVI trató de eximirse de aquella obligación, por lo que el Cabildo le puso pleito, alegando sus antiguos derechos. En sentencia de 21 de Agosto de 1596, fue condenado el Hospital a que reanudara la interrumpida costumbre, trayendo a la Catedral un carro de espadañas y ramos, y estableciendo que los bueyes habían de venir ensabanados y con una almohada en la cabeza. El motivo de esta última disposición era que el carro solía entrar en la catedral con su carga, y recorría las naves esparciendo las espadañas por el pavimento.

La extrañeza que producía el paso de la carreta por el interior de la iglesia atraía a muchos curiosos y originaba algunas bromas  e irreverencias. La gente de buen humor dio en la gracia de aguijar a los bueyes y excitarlos de mil modos para que, espantados los animales, emprendiesen veloz carrera, atropellando al público o introduciéndose en las capillas, con lo que es fácil suponer los alborotos y escándalos que se originaban. Los boyeros se desesperaban ante aquel desorden y hacían grandes esfuerzos para impedirlo, sufriendo con calma los desmanes de los bromistas; pero el año 1780 uno de ellos perdió ya la paciencia, sin duda porque el escándalo tomaba grandes proporciones, y acometiendo a un hombre del pueblo que azuzaba a los bueyes, le hirió gravemente.

En vista de aquel triste suceso, el arzobispo señor Rodríguez Arellano suprimió de raíz la costumbre, y por escritura otorgada algunos meses después, se relevó al Hospicio (en el cual habían recaído los bienes del antiguo Hospital de leprosos) del censo de las espadañas, imponiéndosele en cambio la obligación de contribuir a la fiesta con dos libras de cera blanca.

En lo sucesivo fue el canónigo fabriquero el encargado de esparcir por la nave mayor plantas y flores olorosas para el paso de la procesión.

Alberto Saborido

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