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página dedicada a "Burgos en los umbrales del Imperio"

BURGOS EN LOS UMBRALES DEL IMPERIO

cuadro de "El compromiso de Calpe" de Teófilo de la Puebla El 28 de marzo de 1412, después de tres meses de deliberaciones, los nueve compromisarios reunidos en Caspe, representando a Aragón, Cataluña y Valencia, dictaron por unanimidad su sentencia, que San Vicente Ferrer, uno de los tres que representaban a Valencia, se encargó de hacer pública: Por ella, D. Fernando de Antequera, tío  del rey Juan II de Castilla y sobrino del fallecido Martín I de Aragón, se convertía en el nuevo monarca aragonés con el nombre de Fernando I. Con este nombramiento la Dinastía de los Trastamara, iniciada con el fraticidio de Montiel, extendía su poder al otro reino más poderoso de la Península Ibérica. A partir de aquí, todo el resto del siglo XV está marcado por la impronta de esta Dinastía. Finalizando el siglo, otros dos Trastamara, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (que después se convertiría además en Fernando V de Castilla), conocidos históricamente como los Reyes Católicos, al rematar la conquista del reino de Granada y su incorporación al de Castilla, acabaron con otra dinastía, la nazarí, encarnada en la triste figura de Boabdil, “el rey chico”, y con la estancia árabe en España, que se prolongaba desde principios del siglo octavo. Finalmente, siendo regente de Castilla D. Fernando el Católico, se consiguió la unidad geográfica de España cuando, el 7 de Junio del 1515, las Cortes de Burgos sancionaron la incorporación a Castilla del Reino de Navarra.   
Unos pocos años antes, en la Navidad de  1406, había fallecido D. Enrique III el Doliente. Este rey burgalés había asentado definitivamente las bases de un fuerte poder monárquico, sostenido sobre tres instituciones fundamentales: Las Cortes, El Consejo Real y La Audiencia Real. La alta nobleza (también conocida como Primera Nobleza), dueña de enormes privilegios y grandes posesiones territoriales, fue desplazada del poder por la llamada “nobleza de servicio” (Segunda Nobleza), que actuaba en la Corte, siempre bajo las órdenes del monarca. De esta forma, durante el primer cuarto de siglo, en Castilla se aprecian claros síntomas de recuperación económica y de expansión demográfica, con especial desarrollo en los principales núcleos urbanos.
La ciudad de Burgos, una de las más importantes del reino, llamada por Alfonso XI “Caput Castellae” en el año 1345, por ser cuna de reyes, “donde estos residían, administraban justicia e acuñaban moneda”, inicia por esas fechas una de sus etapas de máximo esplendor y brillantez. Su estratégica situación geográfica y el gran incremento de la cabaña ganadera, tanto la trashumante de la Mesta como la estabulada, la convierten en el centro por excelencia del comercio de la lana, que se exporta a Flandes, al norte de Europa y hasta a Inglaterra, especialmente a partir del año 1443, en el que se firma con las ciudades europeas asociadas a la Hansa un tratado de libre comercio  entre éstas y las más importantes ciudades españolas, entre las que se encuentra Burgos.

edificio del "Consulado del Mar" de BurgosMás adelante, con la creación del Consulado del Mar por parte de los Reyes Católicos, pasa a controlar también las exportaciones a Europa de todos los productos de León y Castilla, entre los que destacan los cereales, el aceite, el vino, los minerales de hierro y el alumbre, que era muy apreciado por aquella época. Otro motor de su desarrollo, tanto económico como demográfico y cultural, lo constituye su enclave privilegiado dentro del Camino de Santiago, especialmente desde que, en el siglo XI, Santo Domingo de la Calzada, con la ayuda de su discípulo San Juan de Ortega, burgalés de Quintanaortuño,  lo desvió por Belorado y Burgos, convirtiendo ambas poblaciones en paso obligado de todos los peregrinos procedentes de Navarra, Aragón y Cataluña. Por esa arteria central del reino castellano, según Menéndez Pidal, “corrió la vida europea, traída por continuas turbas de devotos y mercaderes”
Prácticamente todos los monarcas de la casa Trastamara mostraron su afición por la ciudad burgalesa o sus cercanías, contribuyendo a su crecimiento y embellecimiento. El ya citado Enrique III, por ejemplo, que era burgalés de nacimiento, en el año 1401 decidió hacerse construir en el apacible y recoleto bosque de Miraflores, situado sobre el margen izquierdo del Arlanzón, un palacio donde pasar temporadas dedicado al descanso y a la caza. (Algo semejante hizo su antepasado Alfonso VIII unos cuantos siglos atrás cuando, más o menos para el mismo uso, mandó construir en la amplia vega burgalesa que se extiende sobre el mismo margen del río, pero en el lado opuesto de la ciudad, el Real Monasterio de las Huelgas). Muchas fueron las temporadas que D. Enrique pasó en su palacio de recreo antes de su fallecimiento, ocurrido en el 1406. En su testamento, el “Rey Doliente”, como se le conoció por su escasa salud, manifestó su expreso deseo de que sobre aquellos reales sitios se levantara un monasterio.

Cartuja de MirafloresEl palacio fue destruido años después por un incendio, pero su hijo y heredero, el rey D. Juan II, cumpliendo su voluntad, en el año 1440 ordenó que en aquellos mismos terrenos se empezara a construir un monasterio, en principio dedicado a la Orden de San Francisco, que acabó convirtiéndose en la Cartuja de Santa María de Miraflores, habitada por los monjes de la Orden que fundara San Bruno, más conocidos como cartujos, dedicados a la oración y la meditación. Las obras fueron continuadas por su hijo, el infante D. Alfonso y finalizadas, en el 1484, por la hermana de éste, cuando ya era reina de Castilla con el nombre de Isabel I.


No sólo fueron los reyes los que contribuyeron al engrandecimiento de la ciudad, la nutrida e importante nobleza burgalesa también colaboró a impulsar la arquitectura civil, con la construcción de sus señoriales palacios.
Merece mención aparte la familia de los Velasco y Manrique de Lara, encumbrada durante el reinado de D. Enrique II el de “Las Mercedes”, como recompensa a la fidelidad que mantuvieron a su causa durante el enfrentamiento que mantuvo con su hermanastro, el rey D. Pedro I; desde entonces permanecieron al servicio de los Trastamara hasta alcanzar su máximo poderío durante el largo y azaroso  reinado de D. Enrique IV, también llamado “El Impotente”, que nombró a D. Pedro Fernández de Velasco y Manrique de Lara VI Condestable de Castilla, con carácter vitalicio y sucesorio. De hecho, este título elevaba a los Velasco al máximo nivel de la nobleza castellana, al conllevar el mando supremo sobre el Ejército y la representación real en ausencia del monarca. Era, como quien dice, el segundo de a bordo. Además, a este título hay que añadirle el de Camarero Mayor de Enrique IV, Virrey y Gobernador de Castilla, II Conde de Haro y Señor de Briviesca, Villadiego, Belorado, Medina de Pomar, Salas y los valles de Soba y Ruesga. Estaba casado con doña Mencía de Mendoza y Figueroa, hija del Marqués de Santillana, otro de los nobles más poderosos del reino. 
Este noble burgalés tuvo que abandonar su viejo palacio de la calle Cantarranas, poco apropiado para su nuevo cargo, para lo cual ordenó la construcción, en la Plaza del Mercado Mayor, también conocida como el Corral de las Vacas, el palacio de los Condestables de Castilla, singular edificio, entre gótico y renacentista, más conocido como la Casa del Cordón, por el estilizado cordón franciscano que enmarca su fachada principal.

"Casa del Cordón" de Burgosplaca conmemorativa del recibimiento a Colón

Este edificio, además de ser una de la más notable joya arquitectónica del siglo XV, y de servir de residencia a los sucesivos Condestables, fue también alojamiento de regios visitantes y el marco en el que se desarrollaron numerosos acontecimientos históricos, que afectaron, por su trascendencia, tanto a la propia ciudad como a la nación entera.
Los Reyes Católicos recibieron en ella a Colón, en su regreso de su primer viaje a las Américas, y cuando, fallecida la reina doña Isabel, su esposo D. Fernando asumió la regencia del reino de Castilla, estableció en ella su corte, convocando en más de una ocasión las Cortes del Reino. Una de ellas, como ya se dijo anteriormente, celebrada en el 1515, sirvió para incorporar Navarra al reino de Castilla. Unos años antes, en el 1512, se reunieron allí un grupo de eminentes juristas y teólogos, presididos por el obispo de Palencia, Fonseca, para dictar una serie de leyes concernientes a los derechos de los indios de las nuevas tierras conquistadas, conocidas como “Las Leyes de Burgos” (ver detalle).  
Anteriormente, el 17 de setiembre de 1506, se habían hospedado en ella los nuevos reyes de España, D. Felipe I “El Hermoso” y doña Juana I, más conocida poco después como “La Loca”. Locura que se desencadena por el triste desenlace de su estancia, que acabó con la repentina muerte de D. Felipe una semana después de haber llegado.
Su hijo, el nuevo rey Carlos I, la utilizó en varias ocasiones, siendo la primera en febrero de 1520 con ocasión de su viaje a Alemania para ser coronado Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. La última tuvo lugar en octubre de 1556, cuando, curiosamente, se encaminaba, viejo y enfermo, hacia su postrer retiro de Yuste, después de haber abdicado de la corona imperial. En ambas ocasiones llegó acompañado de un  numeroso y selecto séquito, integrado por flamencos en su mayoría.
El arte sacro también recibió un fuerte impulso por parte de los reyes, la nobleza, el alto clero y alguno de los ricos mercaderes de la ciudad; el mismo Condestable D. Pedro de Velasco y su esposa doña Mencía, decidieron inmortalizar su memoria costeando de su particular peculio la construcción de la espléndida capilla de la Purificación, más conocida como capilla de los Condestables, por albergar los suntuosos sepulcros de los fundadores; impresionante conjunto de las dos esculturas yacentes de los Condestables, talladas en mármol de Carrara, sostenidas sobre una artística base de jaspe. La Capilla, que externamente es una prolongación del ábside de la catedral, se comenzó a construir en el 1484, prolongándose hasta el 1494, en que se completa toda la estructura exterior e interior; el sepulcro se comienza en el 1525, dándose por finalizado en el 1532.

Capilla del Condestable de Catedral de Burgossepulcro de los Condestables de Castilla


No se puede pasar por alto la preclara figura  del burgalés D. Alonso de Cartagena, miembro de una importante familia burgalesa de judíos conversos. Su padre fue el rabino mayor de los judíos de Burgos  hasta que, después de oír predicar a S. Vicente Ferrer cuando éste recorría Castilla intentando cristianizar a los judíos, abjuró de la religión hebrea abrazando el cristianismo con el nombre de Pablo de Santa María, más tarde conocido como “El Burguense”. Dedicado a los estudios teológicos y a la política, en 1401 Enrique III le nombró obispo de Cartagena y también su consejero personal y ayo de su hijo, el futuro rey de Castilla Juan II. En el 1415, después de haber sido Canciller de Castilla, fue elevado al obispado de Burgos. Este ilustre burgalés, además de un enorme legado teológico y literario, fue el impulsor de la reconstrucción y repoblación del Monasterio de S. Juan de Ortega, uno de los puntos clave de la ruta jacobea burgalesa; también potenció la construcción del de San Miguel del Monte, cercano a Miranda de Ebro y consiguió la bula fundacional del monasterio de monjas clarisas de Noreña, dedicado a la advocación de Nuestra Señora de Rivas, situado en el valle de Tobalina, dentro de la merindad de Cuesta-Urría.

Monasterio San Juan de Ortegaruinas de San Miguel del Monte

Del matrimonio anterior a su abjuración había tenido dos hijos que también se convirtieron a la fe cristiana, llegando ambos a ser eminentes personalidades de la Iglesia; el primogénito, Gonzalo de Santa María, fue obispo de Astorga, de Plasencia y de Sigüenza. El menor fue el ya citado Alonso de Santa María, más conocido como Alonso de Cartagena, nacido en la misma ciudad de Burgos, el año 1384. El cronista Hernando del Pulgar en su obra “Claros Varones de Castilla”, nos dice de él: “fue gran letrado en derecho canónico e cevil e un gran filósofo natural”. Su obra como teólogo, jurista, político, humanista, pedagogo y escritor fue trascendental en el desarrollo cultural español y europeo de la primera mitad del siglo XV. Su preocupación por el acceso a la enseñanza de las clases populares se ve atendida en las Cortes celebradas en Burgos  el 1430, en las que se declaran exentos de ir a la guerra los “maestros de gramática e escribanos que muestran a los moços leer e escribir”.  Tras la muerte de su padre, ocurrida en 1435, el Papa Eugenio IV le nombra su sucesor en el solio episcopal de la capital burgalesa. Hecho insólito, pero no único, en la historia del obispado español.
Como mecenas colaboró en la edificación del Monasterio de San Pablo de Burgos, contribuyendo también a la restauración y mejora de muchas otras iglesias y monasterios. Impulsó la reanudación de las obras de la catedral, paralizadas por falta de fondos, dando fin a la construcción del majestuoso cimborrio, que se eleva sobre la parte central del crucero. También fue iniciativa suya, en el año 1440, la construcción, dentro del recinto catedralicio, de la Capilla de la Visitación, donde se encuentra su propio sepulcro, con su estatua yacente realizada en alabastro . En la misma capilla se encuentra también los sepulcros de algunos de sus parientes y allegados, correspondiendo dos de ellos a miembros de la noble familia burgalesa de los Marluenda.
cimborrio de la Catedral de BurgosCapilla de La Visitación de la Catedral de Burgos

D. Luis de Osorio y Acuña, sucesor de D. Alonso en la sede episcopal burgalesa en el año 1446, en la que se mantuvo nada menos que hasta 1495, fue otro de los mecenas que con su generosidad contribuyó al engrandecimiento de la catedral. Al se debe la construcción  de la Capilla de la Concepción y de Santa Ana, según consta en su concesión: “El 17 de abril de 1477 se cedió al señor obispo D. Luis de Acuña, el sitio que estaba detrás de las capillas de Santa Ana y San Antolín, para que el edificase como deseaba una capilla para su enterramiento”. En ella destaca, en mármol blanco, la figura yacente del obispo revestido de sus ropajes episcopales; en la misma capilla se encuentra el sepulcro de su fiel colaborador, el arcediano D. Fernando Díaz de Fuentepelayo.

Capilla de Santa Ana de Catedral de Burgossepulcro del Obispo Acuña

Su episcopado estuvo lleno de dificultades, pues al ser fiel defensor, junto con sus parientes los Pacheco, de los derechos sucesorios de doña Juana “La Beltraneja”, la hija de D. Enrique IV, la ciudad de Burgos, acérrima defensora de las aspiraciones al trono de Castilla de su hermanastra doña Isabel, no le acogió con ningún entusiasmo. Cuando murió Enrique IV en el 1474 los partidarios de su hija doña Juana se apoderaron del castillo de Burgos, pero los refuerzos que venían en su ayuda, al mando del rey Alfonso V de Portugal, fueron derrotados y obligados a retroceder, por lo que en setiembre de 1475 tuvieron que rendirse a los partidarios de Isabel. Su enfrentamiento con la futura reina llegó a costarle el destierro a sus posesiones en Rabé de las Calzadas, localidad del Alfoz de Burgos, situada a unos diez kilómetros de la capital. Finalmente, una vez sentada en el trono, la reina católica le concedió el perdón, pudiendo regresar a su sede, a cuyo frente permaneció durante largos años.
Todo este generoso mecenazgo por parte de los altos magnates de la ciudad dio origen a una intensa actividad artística, que tuvo como consecuencia la llegada  de los más notables artistas de la época, artífices de numerosas obras maestras de la pintura, la escultura y la arquitectura. Destacan los nombres de Juan y Alonso de Colonia, Francisco y Simón de Colonia,  Gil de Siloé y su hijo Diego, nacido en Burgos, Pedro y Alonso Berruguete, Felipe y Gregorio Vigarny,  Juan de Flandes, y otros muchos más. El impulso y el magisterio de estos grandes maestros hace que vayan apareciendo importantes artistas locales que integran la llamada “Escuela Burgalesa”, en la que sobresalen los arquitectos y escultores Juan y Nicolás de Vallejo, o los  pintores de la talla de Alonso de Sedano, Fray Alonso de Zamora, Diego de la Cruz, amigo y colaborador de Gil de Siloé, y los famosos Maestros de Los Balbases, Presencio, Villasandino y La Ventosilla.
En otro orden cultural cabe destacar la importancia que adquirió la imprenta  en Burgos, que se convirtió en un centro de impresión y difusión de libros, llegándose a editar en los últimos años del siglo XV cerca de un centenar de obras. El principal promotor de esta actividad fue el flamenco D. Fadrique Alemán, más conocido como D. Fadrique de Basilea, que llegó a Burgos en el año 1474, montando su taller en la cuesta del Azogue, justo enfrente de la puerta principal de la Catedral, poco antes de la iglesia de San Nicolás, en él  ejerció su profesión durante más de treinta años. El propio cabildo, propietario de todas las casas de la cuesta, cuyo conjunto era conocido como “La Emplenta”, “dio a escribir al maestro Fadrique, vecino de dicha ciudad, dos mil papeles que le obiese de escribir en letra de molde”. De su imprenta salió, en el año 1499, la edición príncipe de “La Celestina”, de la que tan sólo se conserva un ejemplar, propiedad del hispanista y multimillonario americano Archer Huncington. En la actualidad, sobre la fachada del viejo caserón que albergó la imprenta, una placa conmemorativa nos recuerda dicho acontecimiento. Continuaron su obra sus discípulos Alonso de Melgar, casado con su hija; Juan de Burgos y Juan y Felipe de Junta.

placa conmemorativa de la imprenta de "la Celestina"  portada libro "La Celestina"

Cuando el rey Carlos I, en el 1520 fue coronado como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con el nombre de Carlos V de Alemania, España se convierte en el más poderoso  imperio del mundo y Burgos pasa a ser una de las ciudades más importantes de Europa. Este periodo de expansión y prosperidad se prolonga durante todo el siglo XVI, coincidiendo también con los años de mayor esplendor de los Austria. Cuando Felipe II traslada su corte de Valladolid a Madrid, desde donde estableció un férreo centralismo burocrático, ejercido personalmente desde el Palacio Real y El Escorial, muchas ciudades castellanas, Burgos entre ellas, inician una lenta pero irreversible decadencia.

Paco Blanco

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