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página dedicada a Berenguela I

DOÑA BERENGUELA I DE CASTILLA, REINA POR UN DIA

estatua de Berenguela INació el 1 de junio de 1180 como consecuencia del cuarto alumbramiento de su madre, la reina de Castilla  doña Leonor de Plantagenet, aunque fue la primera de las siete hijas que tuvo en su real matrimonio con el rey castellano Alfonso VIII.
Tan sólo contaba siete años de edad cuando la casaron con el duque alemán Conrado, quinto hijo del emperador Federico “Barbarroja”, que tenía el ojo puesto en Castilla, y en aquellos momentos doña Berenguela era la presunta heredera del trono castellano.
El matrimonio ni se consumó ni tuvo continuidad; el nacimiento de su hermano, el infante don Fernando, la relegó en la línea de sucesión y en vista de lo cual el emperador alemán, aun a costa de perder los 42.000 ducados de oro de la dote, solicitó la anulación del matrimonio al papa Celestino III, que la concedió (no se sabe atendiendo a qué razones de Estado).

 

 

 


Alfonso IX de LeónA los dieciocho años, edad mucho más adecuada para ser esposa y madre, la casaron de nuevo; esta vez con Alfonso IX, rey de León y nieto de Alfonso VII el “Emperador”, el que repartiera León y Castilla entre sus hijos.
Este matrimonio si que fue consumado, y su fruto fueron tres hembras y dos varones; uno de éstos llegó a ser nuevamente rey de Castilla y León y subió a los altares con el nombre de Fernando III el “Santo”. Pero (a lo que conducen las intrincadas razones de la política matrimonial de aquella época), el nuevo Papa, Inocencio III, a despecho de la autorización concedida por su antecesor, el ya mencionado Celestino III, decidió la anulación del matrimonio por razones de parentesco: Alfonso era tío carnal en segundo grado de Berenguela. También les negó la dispensa para seguir viviendo juntos, aunque reconoció la legitimidad de su descendencia. Doña Berenguela, con tan sólo 23 años, cogió a sus hijos y se refugió en el Real Monasterio de las Huelgas de Burgos, recientemente fundado por sus padres, los reyes de Castilla.

Las crónicas no nos aclaran las causas, pero lo cierto es que su hermano Fernando, el heredero de la corona, murió en el 1211, muy poco antes de la célebre batalla de las Navas de Tolosa,  pasando los derechos de sucesión al infante Enrique, el benjamín de sus catorce hermanos, que había nacido en abril del 1204. Por eso,  cuando el rey Alfonso, su padre, falleció inesperadamente en el 1214, mientras preparaba una nueva campaña contra los almohades, la corona de Castilla recayó sobre un niño de nueve años, incapacitado aun para asumir las pesadas y complejas tareas de gobierno.
Al fallecer la reina Leonor tres semanas después que su esposo, doña Berenguela se convertía en la figura principal del reino por sus derechos a la regencia.

escudo de los LaraPero la poderosa familia de los Lara, tan presente en la historia medieval castellana, no aceptó de buen grado el hecho de que una mujer asumiera la regencia del reino, por lo que se formó un grupo de presión, encabezado por el jefe de la familia D. Alvaro Núñez de Lara, que también era el Alférez General del reino, que obligó a doña Berenguela a cederle la regencia y la tutoría de su hermano Enrique, de cuya persona se apoderó. Este poderoso caballero cometió tantos abusos y tropelías, se excedió tanto en el ejercicio del poder que había acumulado que, además de ganarse la excomunión por parte del  deán de Toledo, aglutinó en su contra al resto de los nobles castellanos, algunos tan poderosos como él. Efectivamente, los Haro, los Tellez y los Girón unieron sus fuerzas para acabar con el predominio de los Lara. Los campos y ciudades de Castilla se vieron, una vez más, asolados por un  enfrentamiento civil. En una de estas correrías don Alvaro y su real pupilo llegaron a Palencia durante la cuaresma del año 1217.

 

 


Enrique IDurante su estancia en la ciudad palentina el Destino, como en tantas otras ocasiones pasadas y venideras, interviene de forma definitiva en el desarrollo de los hechos: jugando el joven rey a la pelota, en compañía de otros muchachos de su edad, naturalmente todos de la nobleza local,  un teja desprendida impacta sobre su cabeza partiéndole el cráneo. A pesar de todos los intentos por salvar su vida, incluido una trepanación efectuada por un médico judío, el joven rey fallecía el día 6 de Junio del 1217. (La muerte es el destino natural de todo bicho viviente,  pero morir a los trece años, como el rey Enrique I, no deja de ser un cruel destino).

 


El problema sucesorio se reabría de nuevo, por una parte estaban los derechos jurídicos de doña Berenguela como heredera, reconocidos por la Curia de Carrión del año 1188, pero también estaban los de su hijo Fernando, que a la sazón vivía en León con su padre el rey Alfonso IX; estas dos opciones estaban defendidas y avaladas por el arzobispo de Toledo, don Rodrigo Ximénez de Rada y por las poderosas familias, ya citadas,  de los Haro, los Téllez y los Girón. Pero el rey leonés, apoyado por los Lara, presentó también su candidatura alegando la ilegitimidad de su propio hijo (no olvidemos que  su matrimonio con doña Berenguela había sido anulado por el Papa). Pero en esta ocasión, aunque resulte difícil de creer, la negociación no se llevó por la vía de las armas, sino por la de las palabras.
La noticia de la muerte de su hermano, a pesar de los intentos del conde don Alvaro Núñez de Lara por ocultarla, llegaron a conocimiento de doña Berenguela, que inmediatamente abandona su retiro de Las Huelgas para reunirse con sus adictos y afrontar la situación.
Efectuada la reunión en la localidad palentina de Autillo de Campos, doña Berenguela, demostrando un amplio sentido de estado y una gran madurez política, presenta  a los nobles del reino y a la alta jerarquía eclesiástica su propuesta para poner fin al conflicto sucesorio: Sin renunciar a sus legítimos derechos a la corona, propone ser coronada como reina para, acto seguido, renunciar a sus derechos en favor de su hijo Fernando, que ya había cumplido dieciséis años y por lo tanto no necesitaba tutor, asignándose únicamente el papel de consejera.
Esta singular propuesta, divulgada y sometida al criterio de las  más importantes ciudades del reino, fue prácticamente aceptada por unanimidad.
El 2 de julio del año 1217, en la ciudad de Valladolid, en la misma solemne ceremonia fue  proclamada reina doña Berenguela I de Castilla que, acto seguido, abdicó a favor de su hijo, el nuevo rey de Castilla Fernando III. El acto finalizó entonando el “Te Deum”  todos los allí congregados.

mosaico en Sevilla con la coronación y renuncia de Doña Berenguela

tumba de Enrique I en Monasterio de Las HuelgasEl siguiente acto de la reina dimisionaria fue recoger los restos de su hermano Enrique y trasladarlos al Monasterio de las Huelgas para darles sepultura junto a los de sus padres y alguno de sus hermanos.
Nuevamente instalada en su apacible residencia de  Las Huelgas, esta singular mujer, seguramente aconsejada por su hermana Constanza, abadesa del Monasterio, no dejó de influir, aunque de forma indirecta, en los asuntos del reino, especialmente en los concernientes a la familia.
Puede afirmarse que fue la artífice de la boda de su hijo Fernando con la princesa doña Beatriz de Suabia, nieta de aquel emperador alemán, Federico Barbarroja, con el que estuvo a punto de emparentar siendo una niña. La boda se celebró con gran fastuosidad en la catedral de Burgos, el 30 de noviembre del 1219, estando presentes en la ceremonia nupcial, por primera vez en la historia de Castilla, gran parte de la nobleza europea.
Anteriormente había actuado como mediadora en el conflicto nuevamente abierto por la familia de los Lara, que seguían alentando los derechos del rey leonés al trono castellano, consiguiendo que padre e hijo firmaran el 26 de agosto de 1218 el Pacto de Toro, por el que ambos se comprometían a poner fin a sus enfrentamientos, respetando el primero los derechos del segundo sobre Castilla.
Tras la muerte de don Alvaro, el cabecilla de los Lara, que había intrigado siempre en su contra, restableció las buenas relaciones con esta familia concertando el casamiento de doña Mafalda de Lara, señora de Molina, con el menor de sus hijos, el  infante don Alfonso.
Pero tal vez su intervención más decisiva en los asuntos del reino se produce en el 1230, con motivo del fallecimiento de su ex esposo, Alfonso IX, que en su testamento dejaba como herederas del reino de León a  sus hijas doña Sancha y doña Dulce, habidas en su primer matrimonio con doña Teresa de Portugal. Evidentemente este testamento conculcaba los derechos al trono leonés de su hijo Fernando, que estaba dispuesto a defenderlos por las armas. Pero doña Berenguela, en una nueva demostración de su habilidad negociadora,  consigue que ambas partes firmen el “Tratado de Tercerías”, también conocido como “Concordia de Benavente”, por haberse firmado en esta ciudad, en el que los derechos de  su hijo al trono de León se imponen a los de sus hermanastras. Como contrapartida, doña Sancha y doña Dulce recibirán una elevada pensión vitalicia, además de otras muchas concesiones. Con este tratado los reinos de Castilla y de León quedan unidos a perpetuidad.
Su actividad política y su labor de gobierno continuaron, especialmente durante las largas campañas militares de su hijo Fernando por las  tierras de Al-Andalus.
monumento a Ximenez de Prada y a Lebrija en Monasterio de Santa María de Huerta de SoriaTambién fue una gran protectora de las artes y las letras, llegando a supervisar las obras de la catedral de Burgos. Bajo sus auspicios el obispo cronista, Lucas de Tuy, escribió su “Chronicon Mundi”, historia de los reyes de Castilla y también mantuvo una productiva relación política y cultural con el arzobispo de Toledo, D. Rodrigo Ximénez de Rada, autor de “De rebus Hispanie”.


En el 1245, tras entrevistarse por última vez con su hijo Fernando por tierras manchegas, regresa definitivamente a su retiro del monasterio de Las Huelgas, donde fallece el 8 de noviembre de 1246. Sus restos reposan en dicho monasterio, junto a los de sus padres y alguno de sus hermanos e hijos.

 

 

Paco Blanco

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