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página dedicada a Alfonso VIII

 

ALFONSO VIII Y DOÑA LEONOR, LOS FUNDADORES

El testamento de Alfonso VII el Emperador volvía a separar Castilla de León. Sancho, el primogénito de sus hijos legítimos, heredó Castilla y Fernando, el tercero, también de la rama legítima, León. Como casi todos los testamentos, éste no dejó satisfecha a ninguna de las dos partes, por lo que el enfrentamiento entre ambos reinos y ambos monarcas no tardó en hacerse latente.
Afortunadamente, la buena voluntad de los dos hermanos y la mediación de su tío, el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, hizo posible el acuerdo que ambos suscribieron en mayo de 1158 en la ciudad leonesa de Sahagún.
En este acuerdo, además de sellar una amistad y ayuda mutuas, se establecía el reparto por mitades de los territorios que pudieran conseguir, tanto en Portugal como en los dominios del Islán, así como la ciudad de Sevilla. También se estipulaba que en el caso de que uno de ellos muriese sin heredero legítimo, su reino pasaría al otro automáticamente.
La viabilidad del acuerdo no fue posible, pues en el mes de agosto del mismo año moría Sancho III de Castilla, “El Deseado”, que apenas había reinado un par de años.


estatua de Alfonso VIIISu hijo, el futuro Alfonso VIII, contaba tres años de edad y quedaba huérfano y desamparado, pues su madre, doña Blanca Garcés, falleció cuando le trajo al mundo.

Las disposiciones que el difunto monarca dejó sobre la custodia de su hijo, encomendada a su ayo don Gutierre Fernández de Castro, y la regencia del reino a don Manrique Pérez de Lara, originaron un grave conflicto político, al desatarse una dura lucha por el poder entre las dos poderosas familias, la gallega de los Fernández de Castro, y la castellana de los Lara. El rey de León, Fernando II, que ya empezaba a auto titularse “Rey de España”, con la repentina muerte de su hermano vio acrecentarse sus opciones sobre el reino de Castilla, prestó su apoyo a los Castro, que le eran afines.
Un golpe de mano de los Lara les permite hacerse con el joven rey y trasladarlo al castillo burgalés de Aza, estratégicamente situado sobre el “Pico de la Buitrera”, en   sus dominios del valle del Duero, entre Roa y Aranda.
Pero el acoso de los Castro, apoyados por su tío Fernando que había ocupado la cercana ciudad de Burgos, obligan a ir trasladando al joven rey a las ciudades que seguían siendo fieles defensoras de sus derechos, como San Esteban de Gormaz, Atienza y Avila, hasta que, al cumplir los quince años en el 1170, las Cortes, reunidas en Burgos, le proclamaron rey de Castilla con el nombre de Alfonso VIII, que pasó a la Historia con los apelativos de “El Noble” y el de “Las Navas”, este como homenaje  a la brillante victoria  que los reyes cristianos alcanzaron en las cercanías de dicha localidad jienense contra las tropas almohades de Miramamolin, en el 1212.
En esas mismas cortes se acordó también  el matrimonio del rey con Leonor Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y hermana, por tanto, del rey cruzado Ricardo I de Inglaterra, más conocido como “Ricardo Corazón de León”. La novia aportó como dote el condado francés  de la Gascuña, recibiendo a cambio las ciudades de Burgos, Castrogeriz, Nájera, Carrión, Monzón y Aguilar de Campoo. En realidad el rey castellano nunca llegó a ejercer su soberanía sobre la Gascuña, que quedaba muy lejos y  los asuntos de su reino requerían su constante atención y presencia, por otra parte los gascones tampoco demostraron demasiado entusiasmo por su nuevo señor. Los derechos del rey de Castilla sobre el condado de la Gascuña duraron hasta que en 1254, su biznieto, el rey Alfonso X “El Sabio”, los cediera al príncipe de  Inglaterra, y futuro rey, Eduardo I Plantagenet, que lo recibió como dote por el matrimonio con su hija, doña Leonor. Las bodas se celebraron con gran fasto el día uno de noviembre, en el Monasterio Real de las Huelgas de Burgos.
Durante el tiempo que duró su minoría de edad el reino de Castilla sufrió la depredación sistemática e implacable de sus dos regios tíos, Sancho VI de Navarra, hermano de su madre, y Fernando II de León, hermano de su padre, por lo que, una vez  elevado al trono, buscó la alianza con su primo, el rey Alfonso II de Aragón, para que le ayudara a recuperar los territorios perdidos.
No puede decirse que el recién proclamado rey perdiera el tiempo, pues en  junio del  mismo año de 1170 se celebraba en Sahagún otra reunión de reyes, esta vez entre el de Castilla, Alfonso VIII, el de Aragón, Alfonso II y el de León, Fernando II, firmando un acuerdo de colaboración mutua contra cualquier enemigo externo. En realidad fue una renovación a tres bandas del Tratado de Trudejen, con la ausencia del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, que había fallecido ocho años antes; el principal  perjudicado de este acuerdo fue  el rey navarro Sancho VI, que tuvo que devolver las tierras de La Bureba y La Rioja, que se había apropiado durante la minoría de edad de su sobrino Alfonso. Las relaciones entre tío y sobrino, y consecuentemente entre Navarra y Castilla, mejoraron notablemente en 1191, al concertarse el matrimonio del rey de Inglaterra, Ricardo I, “Corazón de León”, hermano de la esposa de Alfonso VIII, con Blanca, tercera hija de Sancho VI.
Alfonso VIII y su esposa Doña LeonorEl matrimonio de Alfonso y Leonor duró tanto como su reinado, pues ambos murieron en el mismo año de 1214 y en el mismo mes de octubre, tan sólo con tres semanas de diferencia, y puede decirse que resultó muy fecundo, pues engendraron nada menos que catorce hijos; siete varones y siete hembras, de los que tan sólo les sobrevivieron cinco, cuatro hembras y un varón, el último de los catorce, que llegó a ser rey de Castilla con el nombre de Enrique I, aunque su reinado resultó muy breve, pues falleció cuando tan sólo contaba trece años a causa de un fortuito y trágico accidente: parece ser que una teja le cayó en la cabeza, partiéndole el cráneo, mientras jugaba a la pelota en su palacio de Palencia.

 

Tan largo matrimonio se vio alterado, además de por las sucesivas defunciones de sus hijos, por la infidelidad conyugal del monarca, hecho, por cierto, bastante frecuente en todas las monarquías de todos los países y de todas las épocas.
Durante siete largos años el rey Alfonso mantuvo una apasionada relación amorosa con una bella judía toledana, de nombre Raquel o “Fermosa”. Naturalmente la leyenda se ha apoderado de este romance, que presenta a la bella judía como una mujer seductora, que se dedicaba a cultivar extrañas plantas en su pequeño huerto, con las que preparaba misteriosas pócimas capaces de trastornar los sentidos y sorber el seso de los  hombres. Tal vez por haber ingerido uno de aquellos amorosos bebedizos el rey cayó cautivo de sus encantos, hasta el punto de prepararle unos aposentos en el mismo palacio real, custodiados por su guardia personal, a donde la transportó, y se abandonó a los sensuales placeres que la bella Raquel le proporcionaba, olvidándose de todos los asuntos, tanto  de su reino como de su familia.  Tan insólita conducta provocó las iras del pueblo, que empezó a acusarla de hechicera y encantadora,  reclamando que  fuera quemada en la hoguera por bruja y por infiel (o sea, por judía).  La leyenda no aclara muy bien como acabó la vida de la bella judía,  si a manos del populacho, o asesinada por un grupo de nobles, instigados por la reina y dirigidos por Alvar Fañez (descendiente de aquel legendario lugarteniente del Cid),  que  veían  su muerte como la única fórmula válida para desencantar al rey. Consumada ésta, el enamorado monarca tuvo su acceso de furor vengativo, que les costó la cabeza a más de uno, seguido de una larga y lastimera postración por el amor perdido, pero, poco a poco, las aguas fueron volviendo a su cauce, retomando los descuidados asuntos de Estado, y volviendo a embarazar a la reina.
Doña Leonor, mujer piadosa e instruida, no se limitó a quedar embarazada en catorce ocasiones, con sus respectivos partos, sino que desarrolló una importante labor de mecenazgo de las artes y las letras a lo largo de todo el reino, pero principalmente en las ciudades de Toledo, donde estaba asentada la corte, Palencia, a la que dotó de la primera Universidad española, y Burgos, donde el matrimonio pasaba largas temporadas y donde acabó sus días.
En la cercana vega de esta última, sobre el margen izquierdo del Arlanzón, con el apoyo y la ayuda económica de su esposo, mandó construir el  “Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas”, llamado así por haber sido puesto bajo la advocación de la  Virgen María y por estar construido en un lugar, a unos dos kilómetros de la ciudad, conocido como “Huelgas u olgas del Rey”, donde los monarcas descansaban u “olgaban” de los avatares del gobierno y de la guerra.
Esta valiosa joya arquitectónica del arte medieval español empezó a construirse en el 1180 y la Bula de fundación fue otorgada por  Clemente III en el 1187.

monasterio de Las Huelgastumba de Alfonso VIII y Doña Leonor
Ambos fundadores concedieron a este monasterio numerosos predios y privilegios, según consta en la carta fundacional: ”Yo, Alfonso, por la gracia de Dios, rey de Castilla y Toledo, y mi mujer, la reina doña Leonor...... mandamos que todas las haciendas permanezcan perpetuamente libres y exentas de todo otro yugo, gravamen o pago y de toda entrada de Merino u otro Ministro de Justicia......”. También eligieron el monasterio “para sepultura suya y de sus hijos, y que si tuvieran que hacerse religiosos lo serían de la Orden Cisterciense.
A todas las abadesas, que necesariamente habían de tener  sangre real, se les concedía el título a perpetuidad y “Jurisdicción de Abadengo” sobre varios monasterios más y sobre 54 villas con sus tierras y molinos, exentas de pontazgos, portazgos y montazgos.
En este real monasterio, además de su noble construcción y sus bellas capillas, pueden contemplase y admirarse, entre otros muchos, los sarcófagos de los dos monarcas, de su hijo Enrique I y varios de sus hijos, nietos y biznietos.

Paco Blanco

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